NOMBRE EN CLAVE: TOB√ćAS - LIBRO COMPLETO

 





NOMBRE EN CLAVE: TOB√ćAS


CAP√ćTULO I - EL ALEM√ĀN


1.

La temperatura en el interior del edificio era más que agradable, de modo que se desabrochó el abrigo sin prisa y se lo colgó en el antebrazo. Se levantó el sombrero de fieltro, se acercó a la ventanilla del vigilante y tocó el cristal con los nudillos. El cristal era demasiado grueso como para producir el sonido que esperaba, aunque el funcionario sacó su nariz de la novela de igual modo. Eso sí, colocó el marcapáginas en su sitio antes de cerrarla.

—Buenos d√≠as. Soy Thomas Bernhard.

El acento del hombre era claramente alem√°n, lo que no le result√≥ extra√Īo al funcionario. Quiz√° un poco exagerado, pero √©l solo hablaba espa√Īol y chapurreaba algo de ingl√©s, as√≠ que no era nadie para juzgarlo y, lo que es m√°s, por all√≠ pasaban toda clase de personajes de diferentes pa√≠ses, cada cual m√°s peculiar. Un t√≠o con pinta de nazi, que hablaba raro y demasiado repeinado, no era nada fuera de lo normal en aquellas instalaciones.

—Un momentito, caballero. —Dijo Jaime, el vigilante, mientras beb√≠a un poco de agua.

Hab√≠a obtenido la plaza hace bastantes a√Īos, algo as√≠ como veinte, de modo que las aventuras para √©l hab√≠an terminado. Se limitaba a pasar lista, como le dec√≠a su mujer en tono ir√≥nico, y a poner el cazo a final de mes. Tom√≥ la carpetilla de control de accesos de la bandeja que descansaba sobre el escritorio y busc√≥ el nombre del tipejo en el listado.

—Por supuesto. Esperrarr√© un momentito. Espa√Īa est√° llena de momentitos —aleg√≥ el alem√°n forzando tanto el acento que casi resultaba c√≥mico. Jaime lo mir√≥ por encima de las gafas, aunque no le dio m√°s importancia al comentario. Rarito e imb√©cil.

—Bernhard, Thomas. Aqu√≠ est√°. Llega usted un poco temprano. ¿Es la primera vez que viene? Su cara me es familiar —pregunt√≥ mir√°ndole a los ojos, pero Bernhard ni siquiera parpade√≥. Tom√≥ el bol√≠grafo que estaba sujeto a la tablilla con un cordel e hizo una peque√Īa equis en la casilla en blanco al lado del nombre. Rarito, imb√©cil y rancio. El paquete pr√©mium—. Firme aqu√≠, por favor.

—S√≠, s√≠, s√≠. Por favor, tengo bastante prisa.

—Claro. No hay problema. ¿Cu√°l es su n√ļmero de acceso?

El funcionario levant√≥ la hoja de firmas y una cartulina opaca que ten√≠a debajo, dobl√°ndolas por la pinza, y comprob√≥ otro listado. Bernhard entrecerr√≥ los p√°rpados y recit√≥ el n√ļmero de memoria.

—071909301216.

—¿Nombre en clave del sujeto?

—Tango.

Recordaba a los sujetos Bravo, Bel√©n seg√ļn la llamaban los cient√≠ficos, ya que sonaba m√°s amable, y a Foxtrot, o como todos lo conoc√≠an, Francisco. Los dos hab√≠an desaparecido de las instalaciones desde hac√≠a semanas, y no parec√≠a que fueran a volver. Francisco sobre todo porque, antes de desaparecer, arranc√≥ media oreja del supervisor de un solo mordisco.

—Est√° bien. Voy a avisar al supervisor.

Levant√≥ el tel√©fono y, tras dialogar durante unos segundos, colg√≥ y volvi√≥ a llamar a otro n√ļmero. «Est√° aqu√≠», fue todo lo que dijo. Rebusc√≥ en los cajones y extrajo un grueso sobre color crudo sin ninguna inscripci√≥n. En √©l, sujeta con un clip, la mitad de una cuartilla de papel con solo tres palabras escritas indicaba el destino del sobre: «Para el alem√°n». Debajo de la frase, un amplio garabato del supervisor cubr√≠a gran parte de las palabras de la nota, lo que denotaba una soberbia infinita. La firma t√≠pica de alguien que se considera por encima de los dem√°s, aunque realmente fuera un soplapollas. Bernhard estaba empezando a sudar, a pesar de que ya no llevaba la chaqueta, y su pulso se estaba acelerando. Sent√≠a que algo no iba bien.

—¿Lleva usted su identificaci√≥n?

—Por supuesto. —Sac√≥ la cartera del bolsillo y mostr√≥ su carn√©.

El funcionario lo sujet√≥, comprob√≥ la foto de Bernhard y le dio un vistazo a los datos personales. El tal Bernhard se le acerc√≥, y pudo oler su perfume, un empalagoso olor a palomitas que le golpe√≥ como un mazo. De pronto, record√≥ que el s√°bado ten√≠a una fiesta de cumplea√Īos y no hab√≠a comprado ning√ļn regalo. El cumple de su amiga Andrea. ¿O tal vez la fiesta hab√≠a sido la semana pasada? ¿O hace veinte a√Īos?

—Vaya, creo que estoy teniendo un «d√©j√† vu» de esos.

—¿Disculpe? —dijo Bernhard, pero no obtuvo respuesta.

A Jaime le sobrevino la imagen de una larga mesa que Andrea sol√≠a colocar en el jard√≠n. Bandejas de s√°ndwiches, refrescos y galletitas saladas por doquier. Andrea ten√≠a doce a√Īos y √©l por lo menos trece, o treinta y tres. Daba igual, ese olor a palomitas dulces era realmente maravilloso. Devolvi√≥ el carnet a Bernhard mientras el pegajoso aroma continuaba inundando su cerebro.

Todav√≠a no hab√≠a guardado el documento cuando el funcionario se dio cuenta de que lo hab√≠a mirado por inercia, como de manera autom√°tica, y no recordaba haber le√≠do el nombre del tal Bernhard. Su mirada hab√≠a pasado por encima del carnet como el que ojea un peri√≥dico y tiene a alguien ladr√°ndole en la oreja, escupiendo palabras a las que no prestas atenci√≥n, pero que igualmente no dejan que te concentres. La √ļnica soluci√≥n era volver a leer el mismo p√°rrafo una y otra vez hasta que la persona se cansaba de hablar, sin embargo, no estaba dispuesto a pedirle a aquel alem√°n estirado que le devolviera el documento con la pobre excusa de que no lo hab√≠a comprobado correctamente. Eso era poco profesional, y adem√°s la foto coincid√≠a, as√≠ que no le dio mayor importancia.

—Tenga esta tarjeta identificativa. Debe coloc√°rsela en el bolsillo de la camisa y… —Se detuvo en la explicaci√≥n—. Bueno, qu√© tonter√≠a. Usted ya sabr√° de sobra c√≥mo funciona esto.

—S√≠. Nosotros, en Berl√≠n, tambi√©n solemos llevar colgada nuestra identificaci√≥n y entregamos esos rid√≠culos pases para visitantes.

—Entiendo. Nunca he estado en las instalaciones de Alemania, pero veo que sus jefes son igual de tocapelotas que los nuestros.

—¿Toca pelotas?

El funcionario hizo una pausa. No se sentía con ánimos de explicar lo que era un tocapelotas a aquel pedazo de tocapelotas. Además, cabía la posibilidad de que el alemán fuera contando por ahí que el vigilante de la entrada iba insultando a sus jefes, así que no le pareció buena idea comentar la definición del insulto.

—Da igual. Solo tenga en cuenta que debe llevarla en todo momento y, lo que es m√°s importante, devu√©lvala al salir.

La tarjeta era bastante sencilla, una gran letra uve sobre fondo gris√°ceo con la leyenda «VISITANTE» escrita debajo. El alem√°n sujet√≥ la pinza de la tarjeta al bolsillo de su camisa y esper√≥ a que el funcionario saliera de su garita. Jaime gir√≥ la llave, dio un golpecito a la puerta de madera maciza, y baj√≥ la manivela para comprobar que estaba cerrada.

—Por favor, s√≠game se√Īor Bernhard.

El alem√°n asinti√≥ y respir√≥ aliviado. El pasillo era lo suficientemente largo como para perder la cuenta de las puertas que iban pasando. Estas eran de acero, un acero tan robusto que se asemejaban a las de las cajas fuertes de los bancos, y las luces, blancas como las de los quir√≥fanos, no dejaban un solo rinc√≥n sin iluminar. De hecho, hab√≠a tanta luz que sus sombras se estiraban y se encog√≠an con timidez mientras caminaban. El sonido hueco de sus pasos era el √ļnico sonido que se escuchaba, lo que le hac√≠a pensar que estaban solos en esa ala, o bien... El funcionario se detuvo ante la puerta n√ļmero 81-B, se gir√≥ y pos√≥ el √≠ndice sobre sus labios. Un letrero que colgaba sobre el tirador advert√≠a que hab√≠a un ensayo en marcha y que no se pod√≠a molestar. Estaba tan cerca. Solo ten√≠a que introducir el c√≥digo para abrir la puerta y…

—Pase aqu√≠ —dijo abriendo la sala 81-A, justo al lado de la anterior—. El supervisor vendr√° en unos minutos. Me ha dicho que le entregue este sobre.

—Gracias —Entr√≥ en la sala, donde no encontr√≥ m√°s que una mesa con una silla a cada lado y un armario de aproximadamente su misma altura. Iba a hacer un comentario sobre el mueble en el momento que, detr√°s de √©l, se escuch√≥ un golpe met√°lico y el funcionario cerr√≥ la puerta con doble vuelta de llave.




—Me cago en mi suerte —dijo el supuesto alem√°n, cuyo acento hab√≠a desaparecido por completo en un abrir y cerrar de ojos. La habitaci√≥n ol√≠a a tabaco y a sudor rancio, al igual que en las otras ocasiones, y el armario estaba cerrado como de costumbre. Solo el supervisor ten√≠a la llave, de modo que no le qued√≥ m√°s remedio que tomar asiento, dejar su sombrero en una esquina de la mesa y retirar el hilo sellado con cera para leer el contenido del informe.







CAP√ćTULO II - EL INFORME


1.

Extrajo la carpetilla del sobre y la abrió sobre la mesa. Cuando leyó el asunto del informe en la portada no le sorprendió ni lo más mínimo.

—Evaluaci√≥n final de sujetos —dijo para s√≠ mismo—. Era de esperar. Se acab√≥ el tiempo.

El supervisor hab√≠a cambiado a mano el nivel de seguridad del documento de cuatro a cinco, algo que no constitu√≠a una pr√°ctica habitual, pero una r√ļbrica en la parte inferior derecha de la hoja as√≠ lo corroboraba. Bernhard gir√≥ la portada con suavidad y procedi√≥ a su lectura.
 

 
“CONSIDERACIONES PREVIAS:

Este documento ha sido redactado como conclusión a los informes 00-sp-189, 00-sp-197 y 00-sp-230, incluyendo la presente evaluación final.

El centro colaborador CSIC - √Ārea de alto rendimiento, ha demostrado su total lealtad al proyecto, manteniendo en secreto todas las informaciones obtenidas del presente estudio, colaborando en los aspectos m√°s controvertidos, y silenciando cualquier intento de insurrecci√≥n por parte de los familiares de los sometidos al an√°lisis, utilizando siempre los m√©todos recomendados por los diferentes Servicios de Informaci√≥n y Contrainteligencia. Es por ello, que debemos eximir de cualquier tipo de responsabilidad a dicho ente p√ļblico, as√≠ como a las otras oficinas nacionales e internacionales, las cuales no deben constar, ni en este ni en ning√ļn otro documento.

Las penas por descubrimiento de secretos serán las establecidas en el código penal vigente en el momento de la revelación de los mismos y conllevarán, necesaria e ineludiblemente, la destrucción de todo documento relacionado o, en su caso, la incomunicación y extradición de la persona o personas ligadas a dicha filtración, para su posterior procesamiento con el agravante de traición, no siendo posible el indulto del individuo en ninguno de los casos.

INFORME:

El sujeto con nombre en clave Tango, err√≥neamente denominado Tob√≠as entre el personal de las instalaciones, ser√° tratado en adelante del presente informe simplemente como «el sujeto».

Desde que el sujeto fue objeto de estudio, los protocolos de seguridad han sufrido diferentes variaciones (en gran parte fueron precipitadas por el incidente acaecido con el sujeto Foxtrot; ver informe 00-sp-212), pero en ning√ļn caso se ha apreciado un comportamiento inadecuado del sujeto ni alteraciones en la conducta o evoluci√≥n an√≥mala de su PES (percepci√≥n extrasensorial). Tampoco se ha detectado ninguna experiencia extracorporal, o EEC. Mediante una EEC, el individuo siente que su conciencia se ha desprendido f√≠sicamente de su cuerpo. S√≠ se ha comprobado esa capacidad de evolucionar fuera de sus cuerpos en otros sujetos y atravesar paredes y otros objetos f√≠sicos (informes de evaluaci√≥n final 00-sp-080 y 00-sp-097). Aunque, en estos √ļltimos casos, no han sido capaces de viajar grandes distancias, ni desplazarse mucho m√°s all√° de la habitaci√≥n de pruebas. Tambi√©n, tal y como consta en los informes, se detectaron sucesos en los que generaron otros psiquismos como la psicoquinesis. El sujeto no ha mostrado dichas habilidades y, a pesar de que presenta una PES bastante notable, resulta insuficiente para ser efectiva en tareas que le pudieran ser asignadas como agente de campo, adem√°s de una EEC nula”.



2.


Bernhard, que se había reclinado sobre la silla mientras leía, dejó caer los papeles sobre la mesa y soltó un par de carcajadas.

—Y un huevo —afirm√≥—. No tienen ni puta idea de qu√© va todo esto.

Pasó la página negando con la cabeza sin apagar la sonrisa burlona de su rostro. El sonido del papel le pareció un estruendo ante el silencio de la sala. Su nariz se había acostumbrado al rancio aroma de la habitación, pero cuando inhaló con viveza volvió a sentir cómo la pestilencia se adhería con fuerza a su tabique nasal. Centró el documento en la mesa y continuó leyendo el informe.



"El motivo de haber prolongado el periodo de pruebas con el sujeto, viene justificado por su aptitud para desarrollar uno de los aspectos de la PES menos comunes entre los individuos sujetos a estudio. Un tipo de psiquismo que bien podría entenderse como intuición. Es fundamental referirse a dicha habilidad como intuición, y alejarse del término clarividencia, el cual nos aboca a pensar en videntes y charlatanes sin habilidades empíricamente demostradas.

El sujeto fue conducido a un estado de ultra relajaci√≥n, seg√ļn el procedimiento est√°ndar, en todas las pruebas elaboradas en el edificio de alto rendimiento (AR). Los aparatos registradores detectaron picos de actividad cerebral que, junto con los resultados de los test realizados en los ensayos, denotaron una PES elevada. En concreto, de los cinco dibujos impresos en tarjetas que se expon√≠an de manera aleatoria en la sala anexa, fue capaz de reconocer tres de ellos. Ante la facilidad con la que los individuos pronosticaban las cartas Zener, se cre√≥ un modelo propio con m√ļltiples variaciones. Seg√ļn consta en el informe 00-sp-189, detect√≥ sin ayuda externa un semic√≠rculo, un caballo y una puerta. Lo singular y remarcable de la prueba fue cuando atestigu√≥, y citamos textualmente: «el caballo ha sido capturado; el caballo est√° en el suelo». El comentario en s√≠ no fue concluyente, pero cuando el operador de la sala retir√≥ las tarjetas, se sinti√≥ mareado, seg√ļn declar√≥ con posterioridad, y dej√≥ caer al suelo la tarjeta que mostraba una ficha de ajedrez, concretamente la del caballo.

Se descarta que el sujeto haya utilizado una posible psicoquinesis, as√≠ como una EEC mediante la que pudiera influir en las decisiones del operador, ya que en ning√ļn momento el operador perdi√≥ la consciencia, ni recuerda haber sido manipulado mentalmente para que arrojase la tarjeta al suelo".

—C√≥mo me gusta que se equivoquen —asever√≥ Bernhard en voz alta.

"Es por ello, que se valora la posibilidad de una posible PES basada en la intuici√≥n como causa de tal suceso. Asimismo, durante el proceso de estudio que concluy√≥ con el informe 00-sp-197, el sujeto demostr√≥ una intuici√≥n similar. El sujeto se anticip√≥ a un peque√Īo apag√≥n, y cito textualmente: «Yo, la luz, he venido al mundo, para que todo el que cree en m√≠ no permanezca en tinieblas». Minutos despu√©s, la iluminaci√≥n de todo el edificio de AR se apag√≥ por unos segundos y volvi√≥ a funcionar sin necesidad de realizar acci√≥n alguna, posiblemente por una sobrecarga en la red el√©ctrica. Por este motivo creemos que el sujeto es capaz de sentir los hechos que est√°n inmediatamente a punto de suceder como si ya los hubiera vivido.

De m√°s de doscientas pruebas, √ļnicamente en dos ha demostrado controlar esa PES, por lo que resolvemos que no ser√≠a capaz de utilizarla en nuestro favor llegado el caso. Por lo tanto, no se recomienda su participaci√≥n en los eventos b√©licos en el contexto de la batalla de Leningrado ante una posible expulsi√≥n del Ej√©rcito Rojo.

Si bien, y llegados a este punto, cabe remitir al sujeto a las oficinas centrales de Berlín, para su más exhaustivo estudio, integración en los mecanismos de contrainteligencia, o su borrado y reinserción".



Las √ļltimas dos palabras dejaron a Bernhard fr√≠o como un t√©mpano de hielo, casi vibrando y a punto de quebrarse.

—¿Borrado? ¿Reinserci√≥n? —pronunci√≥ Tob√≠as desde la sala anexa.

Sus ojos se abrieron y, por un momento, perdi√≥ el control de Bernhard. Sinti√≥ c√≥mo el supuesto alem√°n se zafaba de sus ataduras mentales, con dificultad, pero hab√≠a conseguido librarse de √©l como alguien que se quita unos pantalones demasiado apretados. Bernhard miraba a su alrededor, at√≥nito. No sab√≠a c√≥mo hab√≠a llegado hasta all√≠, ni por qu√© iba trajeado. Le costaba hasta recordar su nombre. ¿Andr√©s? S√≠, se llamaba Andr√©s. Arrug√≥ el gesto y ech√≥ de nuevo un vistazo a los pantalones de pinzas y al sombrero sobre la mesa met√°lica. √Čl nunca iba trajeado. Mientras trataba de descubrir lo que estaba pasando, su coraz√≥n lo √ļnico que quer√≠a era salirse de su pecho, y aquellos segundos le parecieron una eternidad.

Por suerte para Tob√≠as fue tan solo un instante, tan solo ten√≠a que cruzar a la habitaci√≥n de al lado. Volvi√≥ a cerrar los ojos y, con los brazos cruzados a modo de almohada, dej√≥ que su cabeza reposara de nuevo en la mesa. Cuando la puerta de la habitaci√≥n se abri√≥, Andr√©s, que a su vez era el supuesto alem√°n, falso Bernhard, sent√≠a c√≥mo su coraz√≥n bombeaba con la misma presi√≥n del v√≥mito que sube por el es√≥fago buscando salida. Pens√≥ en ello y cerr√≥ la epiglotis. Pero el v√≥mito de palomitas dulces siempre encontraba su camino. Palomitas dulces a medio digerir, saliendo disparadas a toda presi√≥n por su nariz. El pensamiento le oblig√≥ a sentarse, mareado, y le arranc√≥ una peque√Īa sonrisa nerviosa, nerviosa y relajante. Relajante y placentera. Placentera y…

Como un titiritero que desliza su mano huesuda por detrás de sus marionetas, Tobías consiguió que Andrés se levantara para saludar al supervisor y habló por su boca forzando ese odioso acento que tanto le costaba imitar. Tobías había recuperado el control de Bernhard justo en el momento preciso, aunque el supervisor advirtió en su cara que algo no iba bien.

 


CAP√ćTULO III - S√ĀNCHEZ

1.

Las esposas estaban tan apretadas que solo cuando el inspector S√°nchez se las quit√≥, pudo volver a sentir las manos. Dos bonitas pulseras moradas con sus correspondientes heridas carmes√≠ adornar√≠an sus mu√Īecas las pr√≥ximas semanas, como recordatorio de que no estaba nada bien darle un empuj√≥n a un poli.


—Muchas gracias, Ferm√≠n. Ten√≠a las mu√Īecas a punto de explotar.

—No me llames por mi nombre, aqu√≠ soy el inspector S√°nchez.

—Ferm√≠n, hombre... —rezong√≥ Andr√©s mientras segu√≠a frot√°ndose las heridas—. Si nos conocemos desde el parvulario. Todav√≠a me acuerdo de la canci√≥n que nos inventamos en tu honor…

—Hasta los huevos de la cancioncita —asever√≥ Ferm√≠n casi elevando un grito—. Y luego siempre estabais con las mismas tonter√≠as. Que si cornudo, que cu√°ndo terminaban los encierros, que me ibais a cortar las dos orejas y el rabo... No me toques los cojones Andresito, que a√ļn te quedas durmiendo en el calabozo esta noche.

—Perdona… Perdone, inspector S√°nchez.

—Ya s√© que Exp√≥sito es un imb√©cil pretencioso y, probablemente, se estaba pasando contigo. Me hago cargo de que vivir en la calle no es f√°cil, pero ya sabes que est√° prohibido por la Gandula.

—La jodida Ley de vagos y maleantes. Vaya invento de ricos.

—Compr√©ndelo, Andr√©s. No podemos pasar de largo y hacer como que no te hemos visto. Exp√≥sito solo hac√≠a su trabajo.

—Es un madero, lo s√©. Y los maderos hac√©is cosas de maderos. Zurrar a la gente y eso.
—Polic√≠a Nacional, Andr√©s. Nada de maderos.

Andrés bajó la cabeza y se estiró las mangas de la camisa hasta la mitad de las manos.

—¿Tienes dinero para comer?

—No, hoy me lo he gastado todo en una manta. Hace fr√≠o en la calle, ¿sabe usted, se√Īor inspector?

—Pero qu√© marrullero eres. Venga, vamos a la fonda. All√≠ por lo menos dormir√°s caliente un par de d√≠as.

—Joder. —El ofrecimiento le pill√≥ por sorpresa y no tard√≥ en que los ojos se le pusieran vidriosos, llenos de l√°grimas—. Gracias Ferm√≠n…, inspector S√°nchez. Lo estoy pasando mal, pero es solo un bache.

—Anda, tira. Que si no fuera porque la Mar√≠a tiene miedo de que meta gente en casa, por los cr√≠os y eso, ya sabes, te ven√≠as a Lavapi√©s conmigo.


2.

Andr√©s encaraba la puerta de la fonda cuando el recepcionista le tir√≥ un silbido. Durante los dos d√≠as que pas√≥ en el establecimiento, Andr√©s no hab√≠a causado ninguna molestia. Ferm√≠n le hab√≠a entregado seis pesetas, suficiente para comer y no llamar mucho la atenci√≥n, y adem√°s le hab√≠a dicho: «Ya que est√°s de prestado, por lo menos no molestes al personal». Y eso es lo que hizo. Se hab√≠a portado mejor que los ni√Īos de la Matilde en la misa de domingo, as√≠ que crey√≥ que el silbido no iba con √©l. Hizo o√≠dos sordos y empuj√≥ el port√≥n.

—¡Eh, t√ļ! ¡Espera! —Andr√©s se gir√≥ esperando el rapapolvos. Siempre hab√≠a una excusa para echar la culpa al vagabundo—. ¿Est√°s buscando trabajo?

—Eh… —Se lo pens√≥ antes de contestar—. S√≠. Claro que s√≠ —contest√≥ finalmente sin demasiada confianza.

—Pues vuelve esta noche y hablamos. A las once y media.


3.

—¿Est√°s seguro de que este t√≠o no tiene a nadie? —pregunt√≥ el vigilante de la garita. No era el mismo funcionario que trabajaba en el turno de ma√Īana, Jaime, pero todos los vigilantes parec√≠an estar cortados por el mismo patr√≥n. Rostro serio, parco en palabras y con cierta mirada de superioridad.

—Y tan seguro. Lo trajo un madero a la fonda por pura pena. Si hasta le pag√≥ la habitaci√≥n y todo. El pobre no tiene d√≥nde caerse muerto.

—Y huele como si lo estuviera, ¿no? ¿Sabr√° limpiar?

—Preg√ļntale a √©l. Yo ya te lo he tra√≠do. ¿Os lo qued√°is o no?

—Llevo tres d√≠as que no entro en el cagadero del asco que da. ¿T√ļ qu√© crees?

—Pues dame mis diez pesetas que yo me marcho.

El vigilante abrió la caja de caudales y entregó las diez pesetas al recepcionista, quien se marchó sin ni siquiera despedirse. Estuvo tentado de decirle que, en la nota, decía que tenía que pagarle quince pesetas para que no se fuera de la lengua, pero decidió guardarse las otras cinco. Por las molestias.

—¿C√≥mo te llamas? —dijo saliendo de la garita.

—Me llamo Andr√©s, se√Īor.

—Andr√©s. Esc√ļchame bien, Andr√©s. Aqu√≠ la gente no aguanta mucho tiempo, as√≠ que si no te lo vas a tomar en serio, lo mejor es que salgas por esa puerta. —Silencio—. Est√° bien, si realmente quieres el trabajo es tuyo. Empezar√°s a las doce de la noche. Trabajar√°s solo dos horas y tendr√°s que limpiar todo lo que se te diga. Y sin rechistar. ¿Estamos?

—Estamos.

—Aqu√≠ est√°n tus herramientas —dijo abriendo la puerta del peque√Īo armario de la limpieza—. A las doce tocas al timbre, entras y vienes a la garita. Yo te entregar√© una tarjeta como esta y t√ļ te la pondr√°s y te vendr√°s directo aqu√≠, al cuarto de limpieza. Si estoy escuchando la radio, no me hables. Si estoy leyendo, no me hables. Si no te hablo, no me hables. ¿Estamos? —Andr√©s asinti√≥—. Yo te dejar√© abiertas todas las puertas de los sitios donde tienes que limpiar. Nada m√°s —dijo elevando el tono—. Entras, limpias, y te vas. Si hay polvo, pues limpias polvo. Si hay sangre, pues limpias sangre. Y si hay mierda, pues limpias mierda. El sueldo es de cuatro pesetas al d√≠a, es lo que hay, y se trabaja todos los d√≠as —volvi√≥ a elevar el tono hasta un chillido—. Tienes dos horas para limpiarlo todo. No hagas preguntas, no hables con nadie y, si puedes, no hagas mucho ruido. ¿Alguna duda?

—¿Me vais a dar ropa? La m√≠a est√°… —dijo estir√°ndose la camiseta ra√≠da.

—La tienes en el cuarto. —Se√Īal√≥ la estanter√≠a donde estaban los trapos—. En la leja de arriba. Si quieres puedes empezar ahora mismo, y si no pues ma√Īana.

—Claro, me pongo en marcha ya. ¿D√≥nde puedo cambiarme de ropa?

—¿Qu√© pasa? ¿Te da verg√ľenza que te vea en calzoncillos? Tranquilo, que no soy maric√≥n. —Se qued√≥ mirando a Andr√©s, pero este no movi√≥ un solo m√ļsculo—. ¡Bah! Entra a cambiarte donde quieras. ¡Ah! Por cierto, acu√©rdate por qu√© has venido aqu√≠. Te han tra√≠do porque eres un desecho de la sociedad, ¿eh? No tienes familia ni a nadie que te espere. No s√© si me entiendes.

—Que te den por culo —pens√≥, pero se dedic√≥ a seguir asintiendo—. Que te den por culo maldito gilipollas.

—As√≠ que, si ves algo, o escuchas algo que crees que puede resultar interesante en tus charlas de vagabundo, recuerda que nadie te echar√° de menos si no vuelves a tu casa, puente, esquina, o donde quiera que vivas. ¿Estamos o no estamos?

—Estamos, estamos.

—Pues venga. Empieza a limpiar ya que me has quitado un cuarto de hora de sue√Īo.


4.

Las puertas de los cuartos de ba√Īo siempre estaban abiertas y adem√°s, por mucho que limpiara los retretes, a la jornada siguiente aparec√≠an horriblemente sucios. Por suerte, los despachos y las salas gemelas, como √©l las llamaba, solo necesitaban una ligera mano de plumero y escoba. Las puertas abiertas, estaban cerradas al d√≠a siguiente y viceversa, por lo que pens√≥ que la gente que ten√≠an dentro de las habitaciones la iban cambiando de sitio. Todas menos la √ļltima puerta, esa permanec√≠a siempre cerrada. Las celdas, porque para √©l eso es lo que eran m√°s que habitaciones, sol√≠an presentar excrementos humanos, y en alguna que otra ocasi√≥n sangre. Aunque ya se hab√≠a acostumbrado. No sab√≠a si aquello era una prisi√≥n, pero si no lo era se le parec√≠a bastante. Nunca hab√≠a estado en una c√°rcel de verdad, tal vez fuera un manicomio, una sala de torturas o un laboratorio de pruebas. Tras mucho cavilar, y mientras arrancaba la costra de una de las paredes, apost√≥ por lo √ļltimo.

Solo un par de veces se hab√≠a encontrado con alguien que no fuera el vigilante, y era porque los trabajadores de all√≠ no sol√≠an quedarse m√°s tarde de lo habitual, funcionarios ya se sabe. Sin embargo, durante las √ļltimas semanas se rumoreaba que iba a haber cambios. No hab√≠a le√≠do nada en los peri√≥dicos del ABC sobre los que dorm√≠a, eso era pura propaganda franquista, en cambio, en la calle se comentaba que el falangista radical Gerardo Salvador Merino hab√≠a sido destituido, y todos los funcionarios andaban con un palo metido en el culo. Al par de estirados con los que se cruz√≥ les brind√≥ uno de sus mejores «Buenas noches», con reverencia y todo, joder, pero aquellos jamelgos no le contestaron. Ni siquiera le miraron a la cara. No era que le importase demasiado, pero su madre siempre le dec√≠a que el saludo no se le negaba ni a los perros, y eso hac√≠a.

Así que cumplía con su trabajo, recogía sus cuatro pesetas y volvía al día siguiente. Nada más.

Lo malo era que aquella puerta siempre cerrada despertaba su curiosidad. La curiosidad mató al gato, decían. Y aquel gato era un angora de seis kilos y con una curiosidad más grande que su cabeza.


5.

El vigilante entreg√≥ la tarjeta a Andr√©s sin contestarle ni las buenas noches, algo que era ya como una tradici√≥n. Lo √ļnico que hizo fue estirar las piernas sobre la mesa y bajarse la gorra para taparse los ojos.

Como siempre, empez√≥ por los despachos y las salas de pruebas. Despu√©s fue ganando en intensidad con los ba√Īos y termin√≥ la corta jornada saneando las celdas como buenamente pudo. Pr√°cticamente hab√≠a acabado cuando escuch√≥ un golpe en la sala que nunca se abr√≠a.

—¿Hola? —inquiri√≥ Andres asustado. No hubo respuesta—. ¿Hay alguien ah√≠?

Otro golpe se escuchó en el interior. Andrés se acercó a la portezuela por donde pensó que introducían la comida y levantó la chapa para mirar adentro. Oscuridad, solo eso. Oscuridad y un hedor insoportable.

—¿Hola? —volvi√≥ a preguntar m√°s fuerte.

—Vete —dijo la voz sin m√°s explicaciones. Andr√©s cerr√≥ la portezuela, pero tras unos segundos volvi√≥ a abrirla.

—¿Est√°s bien? Puedo ayudarte. ¿Necesitas comida o agua?

—Estoy bien. M√°rchate.

—Me llamo Andr√©s. Puedo darte jab√≥n si quieres, o un poco de detergente para aliviar ese olor repugnante.

—¿Por qu√© me has dicho tu nombre? —mascull√≥ entre dientes.

—No te oigo. ¿Puedes acercarte un poco? No tengo mucho tiempo. —Mir√≥ el reloj—. Diez minutos, doce como mucho, pero puedo ayudarte. De verdad.

—No. No puedes. Es demasiado tarde. Ma√Īana vienen a por m√≠, y detr√°s de m√≠ van los otros.

—¿Qu√© otros? Ah, vale —dijo mirando las puertas cerradas—. ¿Qu√© os van a hacer? ¿Os van a… —pausa—, a matar?

—No lo s√©, pero pueden venir a por m√≠ si es lo que quieren. Estoy preparado.

El palo de la fregona se deslizó y cayó al suelo en la otra punta del pasillo dando un fuerte golpe. El eco resonó como si alguien hubiese pegado un tiro con una carabina. Andrés dio un respingo, aunque los ronquidos del vigilante no se vieron interrumpidos.

—¿C√≥mo te llamas?

—¿Si te lo digo te ir√°s?

—S√≠ —dijo cruzando los dedos.

—Mi nombre es Tob√≠as, y ahora vete.

—Tob√≠as, puedo ayudarte. Quiero ayudarte —dijo con una emoci√≥n que se concentraba en lo alto de su garganta.

—Ya lo intent√© con los otros que estuvieron antes que t√ļ, y tuve que obligarles a marcharse.

—Mira, Tob√≠as. Llevo a√Īos viviendo en la miseria, y gracias a la ayuda de un buen hombre pude encontrar este trabajo.

Tob√≠as estuvo tentado de decirle que ya lo sab√≠a. Sab√≠a lo de aquel polic√≠a, Exp√≥sito, que lo hab√≠a detenido y le hab√≠a dado una buena ensalada de hostias de las que no dejan huella, que S√°nchez lo hab√≠a llevado a la fonda y le hab√≠a entregado dinero. Sab√≠a que Andr√©s lloraba todas las noches pensando en que hab√≠a perdido a su familia en la guerra, puta guerra civil, y sab√≠a que no pod√≠a quitarse esos pensamientos ni cuando desincrustaba la mierda de las celdas. Y lo sab√≠a porque lo hab√≠a le√≠do en su cabeza, igual que sab√≠a que era una buena persona. No hac√≠a falta que lo demostrara, y Tob√≠as pens√≥ que no ten√≠a derecho a meterle de lleno en todo aquello. Tambi√©n sab√≠a que al d√≠a siguiente vendr√≠a Thomas Bernhard, y que el supervisor ten√≠a preparado un informe que necesitaba leer para averiguar todo lo que sab√≠an de √©l. «Ese hombre me sac√≥ de la c√°rcel», ley√≥ de la mente de Andr√©s antes de que abriera la boca.

—Ese hombre me sac√≥ de la c√°rcel —prosigui√≥—, me dio un techo donde poder pasar la noche y no morirme de fr√≠o, y hasta me dio algo de dinero. Eso me hizo pensar, y descubr√≠ que yo nunca podr√≠a ayudar a nadie como √©l lo hizo, y ahora… Ahora siento que puedo hacerlo. D√©jame ayudarte, Tob√≠as. Deja que te ayude a escapar de aqu√≠.

Las fuertes carcajadas de Tob√≠as hicieron que Andr√©s se pusiera nervioso. Temi√≥ por si el vigilante les hab√≠a escuchado y mand√≥ callar a Tob√≠as chistando como un aspersor con el dedo sobre los labios. Asom√≥ la cabeza hacia la garita y comprob√≥ que el vigilante segu√≠a interpretando la Sinfon√≠a n√ļmero 5 en do menor de ronquidos y cuescos sincopados.

—¿Escapar? No es ninguna proeza escapar de aqu√≠. Podr√≠a haberme marchado hace tiempo.

Andrés se rascó la cabeza sin saber muy bien lo que estaba pasando.

—Pero si insistes en ayudarme creo que puedes hacer algo por m√≠. Puede que no te guste, y muchas veces produce arcadas, pero te prometo que no te har√© da√Īo.

—Arcadas dice. Despu√©s de lo que he visto aqu√≠ me he dado cuenta de que tengo un est√≥mago de acero. ¿Qu√© tengo que hacer?

—Dime algo que te guste. —Andr√©s pens√≥ unos segundos y, por sorprendente que le pareciera, no se le ocurr√≠a nada—. Bueno, no pasa nada. S√© algo que nunca falla. ¿Te gustan las palomitas dulces?

—Me encantan —dijo con un tono alegre.

—Pues tan solo imagina que comes un gran cartucho de palomitas dulces y d√©jate llevar.


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CAP√ćTULO IV - BUENA GENTE


1.

Para Tob√≠as, lo m√°s dif√≠cil de haber sido sometido durante a√Īos a un entrenamiento tan exhaustivo, fue mantener ocultas cada una de las habilidades que iba adquiriendo.

Siendo tan solo un muchacho, sus padres ya notaron que su hijo era m√°s inteligente de lo normal, pero ni de lejos pod√≠an saber lo que ten√≠an entre manos. Por ese motivo, siguieron el consejo de algunos especialistas y lo pusieron en manos del estado, «el √ļnico con medios suficientes para desarrollar todo su potencial», dec√≠an. Y vaya si lo desarroll√≥.

Con el inicio de la guerra civil, los estudios se fueron endureciendo, así como las técnicas que utilizaban. El nivel de los experimentos era tal, que de entre todos los métodos utilizados con los sujetos de pruebas, el de descargas con electrodos constituía uno de los menos desagradables, por increíble que fuera. Los peores podían dejarlos inconscientes durante varios días.

Toda aquella barbarie, contextualizada en una guerra tan recrudecida por los constantes enfrentamientos que hasta los miembros de una misma familia se mataban entre s√≠, parec√≠a casi justificada, ya que la intenci√≥n era convertirlos en esp√≠as ps√≠quicos capaces de introducirse en la mente del enemigo sin ser detectados. Tob√≠as pensaba que aquellas pr√°cticas se acabar√≠an con el derrocamiento de la Segunda Rep√ļblica Espa√Īola, «Ya no os necesitamos, muchachos. Gracias por vuestros servicios y si te he visto no me acuerdo», o algo por el estilo. Porque ¿para qu√© querr√≠a seguir el general√≠simo con aquellos atroces experimentos una vez acabada la guerra y derrotado el enemigo?

Por desgracia, Tobías no podía estar más equivocado.

Un equipo de científicos convertido en un atajo de secuestradores y torturadores, hasta ahí llegaba la ciencia en tiempo de guerra. Tobías dejaba entrever un poco de percepción extrasensorial por aquí y un poquito de intuición por allá para que continuasen con los experimentos, porque después de tanto tiempo él era el más interesado en seguir avanzando, pero lo que no podía hacer era desvelar su secreto. Su gran secreto.

Tanto llevaba all√≠ que conoc√≠a las t√©cnicas de los investigadores, sus puntos fuertes y sus debilidades, de modo que desconoc√≠an que Tob√≠as era capaz de trascender m√°s all√° de su cuerpo, que pod√≠a influir en otros de manera considerable y, lo que era a√ļn m√°s interesante, que en ciertos casos pod√≠a introducirse dentro de ellos y manipularlos a voluntad. Lo √ļnico que ten√≠a que hacer era relajarse y conseguir un v√≠nculo con la v√≠ctima.

Ese v√≠nculo sol√≠a presentarse como un recuerdo agradable, un sonido, un lugar o incluso una comida. Algo peque√Īo. Una resonancia que iba creciendo hasta apoderarse del individuo al completo, al igual que sucedi√≥ en 1940 con el famoso puente de Tacoma Narrows. Hab√≠a escuchado a los investigadores hablar del suceso y de ah√≠ le vino la idea. El puente se derrumb√≥ debido a que un viento no demasiado intenso produjo un aleteo aeroel√°stico que coincid√≠a con la frecuencia natural del puente. Poco a poco, el movimiento de vaiv√©n fue aumentando hasta que el puente acab√≥ en el fondo del r√≠o. Lo √ļnico que Tob√≠as ten√≠a que hacer era mantener esa resonancia, y no desviar su atenci√≥n en ning√ļn momento para que el puente mental no colapsara. Cualquier despiste podr√≠a acabar en un peque√Īo desastre.

A los primeros limpiadores tuvo que trabaj√°rselos durante horas, uno de los costes de la inexperiencia, pero una vez superada la barrera mental que suelen construir la mayor√≠a de los individuos, nadie pod√≠a detenerle. Los dos √ļltimos, sin embargo, fueron pan comido. En general, buscaban a gente que no se involucrase demasiado en el trabajo. Pensaban que, de ese modo, dejar√≠an tranquilos a los sujetos de las instalaciones. Personas que iban solo a trabajar y a cobrar sin hacer preguntas, lo que complicaba la tarea de entablar una conversaci√≥n con ellos. Con Andr√©s pas√≥ justo lo contrario, ya que era Tob√≠as el que no quer√≠a saber nada de √©l.

Hurgaba en los pensamientos de Andr√©s como lo hace un perro callejero que rebusca en la basura. Casi hab√≠a ara√Īado hasta su alma buscando las miserias que todo ser humano tiene, una justificaci√≥n para tomar su cuerpo, y no encontr√≥ nada. Sab√≠a a ciencia cierta que era una buena persona, demasiado buena persona. Por eso quer√≠a mantenerse alejado para no causarle problemas.

—D√©jame ayudarte —le hab√≠a dicho Andr√©s una y otra vez. Y sin saber muy bien si por la insistencia del limpiador o fruto de la desesperaci√≥n, Tob√≠as finalmente acept√≥.


2.

—Imagina que comes un gran cartucho de palomitas dulces y d√©jate llevar —le dijo a Andr√©s. Y ah√≠ la ten√≠a, la resonancia que estaba buscando le permiti√≥ meterse en su mente sin mayor dificultad y tomar su cuerpo. Una vez dentro la sensaci√≥n de culpabilidad le sobrevino y se arrepinti√≥ de haberlo hecho. Desconcertado, vag√≥ por el pasillo de un lado a otro.

—¿Ayudarme a qu√©? —se pregunt√≥ en voz alta sin encontrar una respuesta que le resultase satisfactoria.

Podría abrirse la puerta a sí mismo, claro que sí. Sacar al Tobías que ahora estaba sentado en una esquina de la celda con la cabeza apoyada en la pared, pero eso ya lo podría haber hecho en decenas de ocasiones. Una de las ventajas de la psicoquinesis. No, eso no era lo que tenía pensado. Quería descubrirlo todo sobre los experimentos que hacían con él, sobre qué pasaba con ellos después de sacarles de allí. Y eso le llevó a preguntarse cómo un triste operario de limpieza, sin vida ni contactos podría ayudarle a conseguirlo.

Curiose√≥ por los pensamientos de Andr√©s mientras se cambiaba de ropa para salir a la calle, el vigilante ya se hab√≠a asomado un par de veces y record√≥ que el turno del limpiador ya se habr√≠a acabado hace minutos. Tob√≠as esperaba que hubiera averiguado la manera de acceder a los informes, o mantenido contacto con alguien que pudiera facilitarle informaci√≥n, pero no encontr√≥ lo que buscaba. Sus esperanzas se desvanec√≠an como el pedo de una gaviota un d√≠a de viento. Al √ļnico que conoc√≠a era a Jaime, el funcionario que vigilaba la entrada de las instalaciones, y el muy in√ļtil estaba hecho un pedazo de gilipollas. Excav√≥ un poco m√°s en la psique de Andr√©s y not√≥ un quejido, un chillido lejano como el sonido de una polea que chirr√≠a. Tal vez eso le hab√≠a dolido, de modo que, aunque para √©l el motivo estaba m√°s que justificado, trat√≥ de no escarbar demasiado en el cerebro de su amigo. Tampoco era cuesti√≥n de dejarlo tonto al pobre.

—Ah√≠ est√° —dijo en voz alta, y repar√≥ que lo hab√≠a reconocido como su amigo. Algo curioso sin lugar a duda.

Andr√©s hab√≠a coincidido una vez con el supervisor, aunque el hombre ni le hab√≠a mirado a la cara. Tambi√©n se cruz√≥ con otra persona… Otro chirrido de polea.

—Lo siento, amigo —Susurr√≥ y crey√≥ que le hab√≠a escuchado pedirle perd√≥n. Tampoco hubo √©xito. La otra persona estaba de espaldas a √©l, justo cuando sal√≠a del despacho. Era una mujer. Andr√©s la salud√≥ desde el final del pasillo y esta ni siquiera le contest√≥. ¿C√≥mo cojones podr√≠a introducirse en las entra√Īas de la organizaci√≥n utilizando a un limpiador de v√≥mitos de tres al cuarto? Ese pensamiento lo guard√≥ para √©l solo.

—¡Venga! ¡Date prisa! —dijo Jaime desde la garita, asomando medio cuerpo por la ventanilla—. ¡Termina ya de recoger, que no paras de hacer ruido! ¡Las personas normales tenemos que dormir! ¿Sabes?

—¡Perd√≥n! —dijo Tob√≠as desde el cuerpo de Andr√©s.

El Tobías real permanecía sentado en la celda, y así lo haría hasta que abandonase el cuerpo de su amigo. Afortunadamente, en aquel apestoso cubículo que más tenía de celda que de dormitorio no corría peligro. Se dio cuenta de que, aunque utilizaba su garganta para hablar, la voz de Andrés sonaba algo diferente, como más aguda, y trató de imitarla con bastante éxito.
—Ya me marcho, estaba recogiendo mis cosas.

—Pues venga, aligerando que es gerundio.

Jaime dejó la paga sobre la repisa de la garita y cerró el ventanuco. Andrés recogió el dinero y se dirigió a la salida sin despedirse. Cuando estaba abriendo la puerta para salir, el vigilante emitió un silbido como si estuviera llamando a un perro.

—¡La tarjeta, zopenco! Coges el dinero y dejas la tarjeta, no es tan complicado. ¿O es que se te ha olvidado? ¿Me est√°s oyendo? —dijo se√Īalando el bolsillo de la camisa—. ¡Que dejes la tarjeta!

—¡Ah, s√≠! Perd√≥n. La he debido dejar en el guardapolvos.

—Idiota —farfull√≥ el vigilante.

Cualquier persona se hubiera dado cuenta de que Andr√©s, el verdadero Andr√©s, siempre saludaba. Buenos d√≠as, buenas tardes y buenas noches. Eso le hab√≠a ense√Īado su madre. Y lo mismo hac√≠a a la despedida. Cualquier persona habr√≠a percibido aquel tono de voz un poco m√°s grave, m√°s √°spero. Sin embargo, la √ļnica persona que lo ve√≠a entrar y salir, ni siquiera le prestaba atenci√≥n. Andr√©s era casi invisible.

Entonces fue cuando se le ocurrió la descabellada idea.

Abrió el cuarto de limpieza, recuperó la tarjeta y la dejó sobre la repisa. Tomó papel y uno de los lapiceros del bote metálico. El vigilante arrugó el gesto, pero no dijo nada. Quería que Andrés se marchase cuanto antes y eso hizo, salir sin decir ni las buenas noches.


3.

Se había alejado demasiado del edificio y le costaba horrores mantener la resonancia fluyendo sin sobresaltos, pero era necesario alejar a Andrés lo suficiente para que no alertase a nadie. Tenía que darle tiempo para pensar. En cuanto Tobías escuchó a alguien manipular la puerta de su celda decidió que era buen momento para volver. Regresó a su cuerpo por el fino canal que apenas se sostenía entre los dos y, cuando volvió en sí, se sintió aliviado, aunque a malas penas podía levantarse. Orinó en el agujero que tenía habilitado a tal efecto y alguien abrió la puerta en ese momento.

La luz cegadora del pasillo le impidi√≥ ver de qui√©n se trataba, pero lo sab√≠a de sobra. Dijo algo de volver en cinco minutos y volvi√≥ a cerrar. Se recost√≥ en el camastro deseando que, como sol√≠a suceder en la mayor√≠a de casos que quer√≠an joderle el sue√Īo, los cinco minutos fueran dos horas, y as√≠ fue. Despu√©s de trascender siempre regresaba agotado, sent√≠a su propio cuerpo como la concha de un cangrejo ermita√Īo, un viejo apartamento que volv√≠a a ser habitado. Se estir√≥ y su espalda cruji√≥ con una serie de chasquidos encadenados. Una fuerte presi√≥n en el pecho le oblig√≥ a toser hasta en cuatro ocasiones, y pens√≥ que tal vez su alma, si es que exist√≠a algo as√≠, estaba haciendo hueco para volver a colocarse en su sitio. C√≥mo odiaba esa sensaci√≥n. Solo esperaba que Andr√©s leyera la nota y le ayudase. Cerr√≥ los ojos y se qued√≥ dormido.

4.

Sentado en un banco del parque, Andr√©s miraba at√≥nito el papel que aguantaba pegado a su muslo. Con la otra mano sujetaba un l√°piz y, con la punta, apretaba tanto la nota que hab√≠a hecho un peque√Īo agujero en el final de la firma que claramente mostraba el nombre de Tob√≠as.

Lo √ļltimo que recordaba era haber estado hablando con ese tal… Tob√≠as.

—¡Oh, mierda! —dijo casi en un grito—. ¿D√≥nde est√°s? ¿Me has tra√≠do t√ļ hasta aqu√≠? ¿Y por qu√© no recuerdo nada? —grito a las cuatro esquinas del parque, pero la frondosa vegetaci√≥n no le contest√≥.

Sí, ese era el nombre, Tobías. Levantó la nota y comenzó a leer. Tal vez de ese modo averiguara cómo había llegado hasta allí y qué estaba pasando.

«Me ofreciste tu ayuda y la acepto. Gracias, Andr√©s. Espero que no te hayas asustado al verte aqu√≠ en medio».

—Hombre, pues un poco —susurr√≥ y continu√≥ leyendo.

«Si de verdad pretendes ayudarme necesito que hagas un par de cosas por m√≠. Lo que te voy a pedir es un poco delicado, pero te compensar√© como pueda. Si no est√°s dispuesto a participar en esto lo entender√©, no quiero forzarte a hacer algo que no quieres. No sigas leyendo, solo rompe esta nota y vete a casa».

Andr√©s baj√≥ la nota y respir√≥ profundamente el aire h√ļmedo, que tra√≠a aromas de tierra mojada, jazm√≠n y cipr√©s. Se permiti√≥ pensar por un momento en la familia que ya no ten√≠a, y hasta le pareci√≥ escuchar la voz de su hijita pidiendo que le ayudara. Con la mano temblorosa volvi√≥ a levantar el papel.

«Gracias de nuevo, amigo. Vamos a jugar a un juego, un juego de esp√≠as bastante peligroso, as√≠ que te pido que conf√≠es en m√≠ y que te dejes llevar. Lo primero que tienes que hacer es conseguir una gabardina y un sombrero. S√© que es complicado dado las horas que son, pero yo tambi√©n conf√≠o en ti y en que lo conseguir√°s. Es de vital importancia que sean de color negro, porque as√≠ es como visten los alemanes del Tercer Reich. P√≥ntelos y esp√©rame en la puerta del edificio a las ocho de la ma√Īana. Yo saldr√© a recogerte. Tranquilo, no te enterar√°s de nada. Si todo sale bien, cuando despiertes estar√°s sentado de nuevo en el parque. Si no…, bueno. Tal vez tendr√°s que correr un poco».


Puente de Tacoma Narrows, 7 de noviembre de 1940


CAP√ćTULO V - ENCUENTROS


1.

—¡Despierta chaval! —dijo Jaime con cierto asqueo, rozando lo repulsivo—. Lev√°ntate, hoy tenemos una visita importante y tienes que causar buena impresi√≥n. No querr√°s que te vean hecho un guarro.

—¿Qu√© hora es? —pregunt√≥ Tob√≠as y el vigilante le mir√≥ sorprendido.

—¡Hombre! ¡Eso es nuevo! ¿Desde cu√°ndo te importa a ti la hora? —Tob√≠as se encogi√≥ de hombros—. Son las seis y cuarto. ¿Desea usted algo m√°s mi se√Īor?

—No. —Recapacit√≥—. Bueno, s√≠. Una pregunta. ¿Es necesario que se√°is tan desagradables?

Jaime soltó una risotada y después tensó su cara.

—S√≠, absolutamente. No tienes ni idea de lo desagradables que podemos llegar a ser. —Por desgracia Tob√≠as lo sab√≠a demasiado bien—. ¡Venga, que no tenemos todo el d√≠a! Ya sabes c√≥mo va esto.

No tenía todo el día, desde luego que no. Ni Andrés, donde quiera que estuviera ahora, tampoco.

Tob√≠as se quit√≥ la ropa y se coloc√≥ sobre la letrina esperando a que la ducha se pusiera en marcha, tal y como hac√≠a siempre que alguien destacable decid√≠a visitarle. Al parecer, las narices de los altos cargos eran demasiado sensibles al excesivo perfume corporal. La repulsi√≥n hacia el resto de seres humanos deb√≠a de constituir un requisito indispensable para acceder a tan relevante puesto. Un √ļnico chorro de agua con fuerte olor a desinfectante cay√≥ del techo y Tob√≠as empez√≥ a frotarse, tomando la precauci√≥n de cerrar bien los ojos. Aquel l√≠quido cumpl√≠a su funci√≥n, de eso no cab√≠a la menor duda, pero resultaba de todo menos agradable. Aprovech√≥ la ocasi√≥n para acuclillarse, apretar la barriga y dejar caer un buen tronco. Con el agua disminuyendo de presi√≥n, se limpi√≥ sus partes a conciencia sin poder ver lo que hac√≠a el vigilante desde la puerta, aunque se lo pod√≠a imaginar. Cuando el ca√Īo dej√≥ de fluir, se enjug√≥ la cara con las manos y escupi√≥ para deshacerse de los restos de l√≠quido desinfectante. Al terminar, abri√≥ los ojos y observ√≥ c√≥mo el vigilante se limpiaba la mano con la pared.

Jaime se ajust√≥ los pantalones, sin desviar la vista de Tob√≠as, y se recoloc√≥ la pistola que a√ļn colgaba en su funda de cuero. Se subi√≥ la bragueta y se sorbi√≥ los mocos con ruidosa energ√≠a. Tob√≠as ten√≠a dudas sobre lo que el vigilante se hab√≠a limpiado de la mano, aunque, por la manera en la que se tocaba el paquete pens√≥ que no eran mocos. Pero eso ya le daba igual. Se aproxim√≥ a su catre, se sec√≥ el cuerpo con las s√°banas, se las sujet√≥ a la cintura y frot√≥ su incipiente barba. Ya no confiaba en que aquellos guardias salidos le dieran muchas facilidades. Alguna m√≠sera toalla de vez en cuando, un peine para no tener que utilizar sus dedos a modo de rastrillo, o una cuchilla de afeitar una vez por semana se le antojaban caprichos inalcanzables. El vigilante le lanz√≥ la ropa limpia sobre el catre —¡Oh, gracias!—, y esper√≥ hasta que estuvo vestido por completo.

Con la amabilidad que le caracterizaba, lo agarró por el brazo y lo condujo a empujones hasta la sala 81-B. Le indicó que se sentase en la silla, una silla que estaba atornillada al suelo, y lo esposó a la mesa. Pero eso también le daba igual.
Pronto sentir√≠a la presencia de Andr√©s en la puerta, o al menos eso esperaba. Confiaba en √©l. Confiaba en que hubiera conseguido la ropa y en que la resonancia fuese lo suficientemente intensa como para que el puente mental no colapsara y acabar con todo aquello. De lo contrario…


2.

—¿Borrado? ¿Reinserci√≥n? —pronunci√≥ Tob√≠as desde la sala 81-B.

Hab√≠a decidido desconectar antes de que la conexi√≥n con Andr√©s se rompiera, puesto que aquello podr√≠a haberle causado da√Īos irreversibles, pero eso dejaba al limpiador a solas en la sala 81-A, haci√©ndose pasar por un alem√°n del Tercer Reich. Casi nada. Se permiti√≥ el lujo de pensar solo un segundo en lo que aquel hombre podr√≠a estar haciendo, cagado de miedo, encerrado en una habitaci√≥n propia de una pel√≠cula de esp√≠as. Volvi√≥ a cerrar los ojos y, con los brazos cruzados a modo de almohada, dej√≥ que su cabeza reposara de nuevo en la mesa. Ten√≠a que volver.

Busc√≥ la manera de volver a conectar con su amigo, pero Andr√©s estaba absolutamente bloqueado por el miedo. Lo espole√≥ como se le hace a una vieja mula que se niega a moverse, con la intenci√≥n de que abriera su mente y le dejase pasar, pero el p√°nico hab√≠a taponado su psique de un modo demasiado eficaz. Lo ocupaba todo. Una puerta cerrada que solo pod√≠a ser derribada utilizando el √ļnico nexo que nunca fallaba a modo de ariete.

Toneladas de palomitas dulces.

Una explosi√≥n de colores y sabor a mantequilla con az√ļcar alcanz√≥ sus sentidos como un torrente desbocado. Sin embargo, no sirvi√≥ de nada, porque el miedo hab√≠a creado una coraza impenetrable en el cerebro de Andr√©s. Aquellos segundos se convirtieron en los m√°s largos de la vida de Tob√≠as, empujando la pesada carga a trav√©s de las paredes que separaban las dos salas, hasta que se le ocurri√≥ cambiar de estrategia. Se las enviar√≠a directas al fondo de su garganta, esa era la √ļnica soluci√≥n. Aquello seguramente provocar√≠a que Andr√©s vomitase o que se quedara sin respiraci√≥n, pero deb√≠a de conseguir que le dejase entrar de cualquier manera.

Andrés comenzó a sentirse mareado, y notó cómo ese sabor dulzón le subía por la garganta, pero gracias a Dios el vómito no fue necesario. Entonces se relajó, respiró profundamente y Tobías pudo, por fin, entrar en su mente de nuevo.


3.

Tob√≠as abri√≥ los ojos de Andr√©s, quien a√ļn los cerraba con una fuerza dolorosa, y se qued√≥ at√≥nito ante la presencia del supervisor. Su abanico de posibilidades se hab√≠a ido cerrando hasta llevarlo a un punto sin retorno. El plan de una entrada sin levantar sospechas se estaba esfumando, pero hab√≠a conseguido leer el informe y todav√≠a pod√≠an efectuar una salida no demasiado ruidosa. Andr√©s estaba en peligro y ten√≠a que hacer algo urgentemente, porque notaba que el puente ya ten√≠a alguna fisura...

—Hola, se√Īor Bernhard. Es un placer tenerle en nuestras instalaciones —dijo el supervisor. Le estrech√≥ la mano y sinti√≥ el sudor fr√≠o que empapaba cada cent√≠metro de su piel—. ¿Est√° usted bien? —a√Īadi√≥.

—S√≠ —carraspe√≥ —. S√≠, solo un poco cansado.

—Mandar√© que le traigan un poco de caf√©. ¿Ha podido leer el informe?

—Estaba en ello —dijo recordando que deb√≠a mantener el acento alem√°n—, casi hab√≠a finalizado cuando usted ha «aparrecido» por la puerta.

—Estupendo —dijo mientras abr√≠a el armario y conectaba los monitores que mostraban la habitaci√≥n anexa. En ellos se observaba a Tob√≠as, el cuerpo de Tob√≠as realmente, sentado en la silla y reclinado sobre la mesa—. Empecemos cuanto antes. Quiero terminar con esto.

—¿Podr√≠a traerme ese caf√© si no es «mucho» molestia…?

—Cierto, se me olvidaba. Disculpe, se√Īor Bernhard. —Se aproxim√≥ a la puerta y Bernhard, o mejor dicho, Tob√≠as en el cuerpo del que hac√≠a pasarse por Bernhard, se prepar√≥ para salir escapado conforme el supervisor se dejase la puerta abierta y liberarse a s√≠ mismo. Era suficiente con lo que hab√≠a le√≠do en el informe, y lo √ļltimo que quer√≠a era que a Andr√©s le pasase algo malo. El supervisor, que se limit√≥ a sacar medio cuerpo al pasillo, propin√≥ un grito desgarrador al vigilante—. ¡Jaime! ¿Est√°s ah√≠?

—¡S√≠! —se escuch√≥ al final del pasillo—. ¡Voy!

Se escuchó el ruido de algo caer y Tobías pensó que se trataba del libro que el vigilante estaría leyendo. Otro sonido de un nuevo objeto cayendo al suelo hizo que el supervisor se frotase la cara de desesperación.

—¡No hace falta que vengas! ¡Solo trae un caf√© para el alem√°n!

La contestación del vigilante fue silenciada con el golpe seco de la puerta cerrándose detrás del supervisor. Le invitó a que se sentara y terminase de leer el informe, las pocas líneas que le faltaban, y Bernhard así lo hizo. Andrés así lo hizo. Tobías así lo hizo.


4.

—¿Y bien? ¿Qu√© me dice? 

«Interresante» —se limit√≥ a decir sin dar m√°s informaci√≥n y apur√≥ el √ļltimo sorbo del caf√©.

—¿Cree usted que podr√≠a interesarle a su jefe?

—¿Al F√ľhrer? —pregunt√≥ y el supervisor asinti√≥—. ¡Ya! «Segurro», s√≠.

—¡Estupendo! No ser√° necesario borrarlo entonces —Malnacido—. En un par de horas podemos tenerlo todo listo para que se lo lleven. Solo d√©jeme hacer unas llamadas.

—S√≠, s√≠, s√≠. No hay problema.

Dos horas era tiempo más que suficiente para sacar a Andrés de allí sin que lo descubrieran. Después él ya intentaría escapar de alguna manera, eso no era ninguna complicación. Por fin las cosas empezaban a salirle bien. Mejor que bien.

Entonces record√≥ algo que sol√≠a decirle su t√≠a Francisca cuando era peque√Īo. Tob√≠as pasaba buena parte del d√≠a con ella a causa de que sus padres trabajaban en la capital. El trayecto siempre era a pie hasta el trabajo y se llevaba m√°s de una hora, pero como siempre, dando las gracias. La mayor√≠a de las tardes, el ni√Īo se entristec√≠a porque el sol ganaba la carrera a sus padres y, en el momento en el que ellos llegaban a casa, el cielo ya estaba cubierto de estrellas. La t√≠a Francisca, que sab√≠a mucho de tristeza, le preparaba unas meriendas que le sub√≠an la moral al m√°s pintado.

—¡Hoy es el mejor d√≠a de mi vida! —acostumbrada a decir Tob√≠as cuando la t√≠a sacaba el plato de comida, como si un trozo de pan con mantequilla y Cola Cao, o unos bu√Īuelos fueran la mejor delicatessen del mundo.

—Nunca pienses que te va demasiado bien en la vida. ¿Me escuchas? Porque si lo haces entonces vendr√° el demonio y te joder√°. —Y toda la magia de la merienda perfecta se desvanec√≠a. Luego hac√≠a una pausa, le miraba a los ojos se√Īal√°ndole con el dedo a modo de advertencia y repet√≠a a√ļn m√°s fuerte—: ¡Vendr√° y te joder√°!

Siempre le había parecido que no había ninguna necesidad de decirle algo así a un crío, pero después de unas cuantas veces casi ni escuchaba la frase. Ahora sus palabras cobraban más sentido que nunca.

La puerta de la sala se abri√≥ y asom√≥ la estre√Īida cara de Jaime, el vigilante.

—Se√Īor, ¿puede salir un momentito?

—¡No! ¡Claro que no puedo salir! ¿No ves que estoy ocupado? —dijo se√Īalando a Bernhard, y el supuesto alem√°n se atrevi√≥ a azuzar al vigilante con la mano para que se marchase.

—Deber√≠a salir, se√Īor. Hay alguien que…

—¡Me importa una mierda qui√©n est√© fuera! ¡Como si es el mism√≠simo caudillo!

—Se√Īor… —insisti√≥ Jaime tragando saliva—, dice ser Thomas Bernhard, y cuando le he dicho que eso era imposible porque el se√Īor Thomas Bernhard ya estaba reunido con usted, se ha puesto como un loco.

—Usted… —dijo el supervisor mirando al falso Bernhard—. Usted es Thomas Bernhard, ¿verdad?

Tobías asintió con la cabeza de Andrés mientras trataba de alargar el puente, para lograr que el supervisor y el vigilante también respondieran a su voluntad, pero se dio cuenta de que aquello no era Segovia y los acueductos eran cosas de los romanos. Conforme intentaba influir en sus voluntades notaba cómo Andrés se le escapaba poco a poco, y las fisuras del puente se hacían más y más grandes. El supervisor preguntó algo, pero Tobías ya casi ni le escuchaba. Definitivamente la resonancia estaba a punto de romperse.

—¡Oiga! ¡Le estoy preguntando que qui√©n es usted!

El vigilante empujó la puerta con tanta fuerza que golpeó contra la pared y saltó de los goznes. Entró en la sala, apartó al supervisor de delante del intruso, se colocó entre los dos y desabrochó la funda de la pistola que se balanceaba a un lado de su cintura.

Vendrá el demonio y te joderá, Tobías.

Vendr√° y te joder√°.




CAP√ćTULO VI - LIBERACI√ďN


1.

Tobías se percató de que el vigilante estaba sacando el arma, de modo que bajó la vista hacia el suelo de baldosas hidráulicas, unas horripilantes baldosas de rombos que conferían un aspecto más frío y tétrico a toda la instalación si cabe, y se retiró de la cabeza de Andrés, aunque solo un poco. Lo suficiente para dejar que la consciencia de su amigo le escuchase y le habló. Para cuando se hubo retirado del todo, Andrés supo, entre otras cosas, que Tobías jamás volvería a meterse dentro de su cuerpo y eso le hizo sentirse aliviado. Se giró sobre sus talones y dio la espalda al vigilante y al supervisor.

—¡Quieto! —dijo el vigilante apunt√°ndole directamente con el arma—. ¡No te muevas o te meto un tiro!

—Mirad. —Andr√©s se√Īal√≥ al monitor sin que la pistola le atemorizase lo m√°s m√≠nimo—. Se ha levantado.

En la peque√Īa pantalla se observaba a Tob√≠as quien permanec√≠a de pie con los tobillos engrilletados a las patas de la silla. Levant√≥ sus manos esposadas, pero la cadena que lo amarraba a la mesa se tens√≥ impidiendo que pudiera subirlas m√°s arriba del pecho.

—No sab√©is lo que hab√©is hecho —afirm√≥ Andr√©s. A partir de ahora y siempre, el verdadero Andr√©s.

—Jaime —dijo el supervisor—, ll√©vatelo a una celda y dile al alem√°n que estamos solucionando un peque√Īo problema. Com√©ntale que enseguida...

Lo primero que fall√≥ fue el monitor. La imagen de Tob√≠as tratando de zafarse de sus ataduras dej√≥ paso a la t√≠pica nieve que aparec√≠a cuando no hab√≠a ning√ļn canal sintonizado. El vigilante y el supervisor lo miraron at√≥nitos. Al regresar la imagen, Tob√≠as, que esbozaba una sonrisa de oreja a oreja, cerr√≥ los ojos y respir√≥ profundamente. Como por arte de magia, las esposas de sus manos se abrieron solas, al igual que los grilletes de los tobillos. A pesar de que el aparato no ten√≠a altavoces, pudieron escuchar el ruido met√°lico de cadenas al caer al suelo en la habitaci√≥n de al lado. Se apart√≥ de la mesa, y alarg√≥ las manos hacia la c√°mara, mostr√°ndoles a trav√©s del monitor que estaba completamente libre. La cara del supervisor, ya de por s√≠ blanquecina, tomaba un color gris√°ceo por momentos. Tob√≠as extendi√≥ los brazos hacia el techo y al bajarlos con un √ļnico y r√°pido movimiento, las luces de toda la instalaci√≥n se apagaron.


2.

El disparo se produjo tan pronto como se apagaron las luces. Por suerte, Tobías había advertido a Andrés que se arrojase al suelo en cuanto se quedaran a oscuras, por lo que pudiera suceder. Así fue como pudo quitarse de delante del arma con la suficiente antelación como para no recibir un taponazo en el pecho. La bala pasó rozando su oreja, aunque el estruendo de la detonación le impidió escuchar el silbido del proyectil. Otra mentira de las películas. Lo que sí experimentó fue un pitido de oídos, que unido a la oscuridad resultó terriblemente desconcertante. Cuando se palpó la sustancia viscosa que chorreaba de su pabellón auditivo supo que era sangre, y descubrió que había estado más cerca de morir de lo que pensaba.

—¡No dispares, gilipollas! —dijo el supervisor, quien se hab√≠a tirado al suelo por instinto al escuchar el disparo.

—Se me ha escapado. Lo siento.

—Bueno, ya da igual. No veo una mierda. —Tante√≥ las paredes buscando algo con lo que orientarse, pero solo consigui√≥ darse un golpe en la espinilla. Se aguant√≥ el chillido, aunque de buena gana se hubiera acordado de la promiscua madre de alguien—. ¿Le has dado?

—Creo que s√≠, porque no se mueve nada excepto nosotros. Estoy buscando la puerta.

—Espero que no lo hayas matado, tenemos que hacerle unas cuantas preguntas. —Manose√≥ el monitor y supo que hab√≠a chocado contra la estanter√≠a que lo sujetaba—. ¿No ten√≠as una linterna?

—S√≠, pero como ya era de d√≠a no pensaba que fuera a necesitarla. Est√° en la garita.

—¡Pues ve y tr√°ela, joder!

—Eso es lo que intento...

Había alcanzado el marco de la puerta y buscaba desesperadamente la manivela para abrirla, cuando escuchó un crujido fuera de la habitación. Si hubiera abierto la puerta en ese preciso momento, podría haber observado cómo chisporroteaba el mecanismo de apertura de la sala 81-B. Cada chispazo iluminaba la puerta donde se encontraba Tobías, abriéndose como si alguien proyectara esa realidad fotograma a fotograma. Acertadamente, el vigilante no llegó a contemplar la escena porque soltó la manivela de la sala 81-A y retrocedió un paso.

—Creo que la puerta de al lado se ha abierto.

—Lo s√©, no soy idiota —dijo el supervisor—. ¿Te quedan m√°s balas en la pistola?

—Solo he gastado una, todav√≠a me quedan siete. —Se llev√≥ la mano a la pistola Astra 400 que √©l mismo hab√≠a devuelto a su funda para evitar pegarse un tiro por accidente.

—Pues sal al pasillo y detenlo.

—S√≠, claro —dijo tanteando la puerta sonoramente sin ni siquiera tocar la manivela.

—¿Pero qu√© hace? ¡Abra la puerta de una vez!

—Ya voy. Una…, dos… —se dijo en voz baja—, y tres.   

Salió al pasillo como alma que lleva el diablo, trotando bajo la poca luz que entraba desde la entrada del edificio. Los zapatos con suela excesivamente desgastada, casi lisa, no eran el mejor calzado para correr sobre baldosines, por lo que al tratar de disminuir la velocidad para entrar en la garita resbaló, o eso pensó al principio. Porque su pie derecho se deslizó hacia un lado como si tuviese vida propia y su cabeza fue a dar contra el suelo, lo que provocó que se abriera una profunda brecha en el pómulo. Por un momento dio las gracias de no haber tenido la flamante idea de ir corriendo con la pistola en la mano, porque entonces podríamos estar hablando de sesos desparramados o tripas agujereadas. Medio a gatas, entró en la garita y tomó la linterna del segundo cajón. Ahora sí, sacó la vieja Astra de su funda, enfocó con la linterna hasta el final del pasillo y posó el arma encima, haciendo que coincidieran sus trayectorias por si acaso tenía que dispararla.

Una sombra se dibujó al final del corredor.

—¡Alto! —dijo Jaime mientras la pistola y la linterna traqueteaban anunciando su nerviosismo—. ¡No…, no te muevas! —fue lo √ļltimo que dijo antes de mearse encima.

—Tranquilo —dijo Tob√≠as levantando las manos—, no me voy a mover de aqu√≠.

El miedo que sentía Jaime era mejor incluso que las palomitas dulces. Tobías casi no tendría que esforzarse para entrar en la cabeza del vigilante, pero no quería descubrir toda la porquería que habría allí dentro. Así que, se sentó en el suelo con las piernas cruzadas, escuchó como Jaime gritaba algo desde el fondo, y apoyó sus manos en las rodillas antes de cerrar los ojos.

El vigilante se acercó, paso a paso, con sumo cuidado de no caerse, pero de nada le sirvió, porque cuando estaba a tan solo dos metros de Tobías, su pie volvió desplazarse hacia un lado haciendo que perdiera el equilibrio. Giró la cara para evitar golpear de nuevo con el pómulo en el suelo y golpeó con la sien. La pistola salió dando vueltas hasta chocar contra la pared. Tobías se levantó sin prisa, fue hasta el arma y la recogió. La observó un instante y, sin pensárselo dos veces, descerrajó dos tiros sobre las pelotas de Jaime. Uno impactó en el muslo y el otro hizo diana. Los gritos del vigilante comenzaron y Tobías sintió que alguien se le acercaba por detrás.

—¡No! ¡Tobias, no lo hagas! —Se trataba del supervisor que observaba la escena con la cara desencajada, aunque todav√≠a no hab√≠a avanzado lo suficiente como para colocarse donde daba la luz y Tob√≠as no pod√≠a verle.

—¿Por qu√©? —dijo con las manos en alto—. ¿Por qu√© no he de matarle? ¡Dame un solo motivo para no acabar con su miserable vida! ¡Para no acabar con la vida de todos vosotros, malnacidos hijos de puta!

La pregunta sorprendi√≥ al supervisor. ¿Porque Jaime ten√≠a familia? Mentira. Era un t√≠o solitario como casi todo el mundo por all√≠. ¿Porque ten√≠a grandes planes para su vida? Perm√≠tame que lo dude. ¿Porque eran buenas personas? Definitivamente, no. Entonces fue cuando se le ocurri√≥ la respuesta que podr√≠a salvarles.

—Porque si no lo matas tendr√°s m√°s posibilidades. Ir√°n a por ti, Tob√≠as, pero si lo dejas aqu√≠, si detienes esta locura yo puedo hacer que tu situaci√≥n mejore. Incluso puede que alg√ļn d√≠a pudieras estar en mi puesto, qui√©n sabe… Adem√°s, no tienes a d√≥nde ir. Tus padres murieron hace a√Īos…

La noticia le golpe√≥ como hac√≠a Jaime cada ma√Īana, y el supervisor casi consigui√≥ que Tob√≠as perdiera la concentraci√≥n. ¿Era posible que sus padres hubieran muerto y no supiera nada de lo que hab√≠a pasado? ¿Eran tan cabrones como para no haberle permitido ir a su entierro, o que incluso ellos mismos los hubieran asesinado? Definitivamente, s√≠.

—¿Y qu√©? Ya me buscar√© la vida —La duda se hab√≠a implantado en su cerebro. ¿Podr√≠a? ¿Realmente podr√≠a salir adelante?

El supervisor ya se encontraba en la luz y ahora Tobías podía apreciar su cara, odiosa como la de una serpiente. Aquella bestia solo sacaba la punta de la lengua, pero si le dejaba espacio suficiente estaba seguro de que le mordería. Detrás de él se recortaba la silueta de Andrés que, tímidamente, había salido al pasillo. Tobías apuntó el arma contra el supervisor.

—Vete, Andr√©s. Huye ahora que puedes.

—S√≠. —Es lo √ļnico que consigui√≥ articular despu√©s de tragar saliva.

El supervisor le agarr√≥ del brazo cuando pas√≥ por su lado y Andr√©s no tuvo m√°s remedio que plantarle un pu√Īetazo en mitad de la cara. Nunca lo hab√≠a hecho, pero fue bastante certero. Lo que no imaginaba era c√≥mo pod√≠a doler tanto el simple hecho de golpear a alguien con los nudillos. Posteriormente, cuando advirti√≥ que en la nariz del supervisor se abr√≠a una brecha de sangre, se olvid√≥ completamente del dolor que sent√≠a en la mano.

—Muchas gracias por todo lo que has hecho por m√≠, Andr√©s. —Andr√©s neg√≥ con la cabeza—. D√©jame la gabardina y el sombrero antes de irte, ya no te har√°n falta. —Andr√©s se los quit√≥ y se los lanz√≥ a los pies.

—Adi√≥s, Tob√≠as —dijo toc√°ndose la herida de la oreja, que ya no sangraba—. Espero haberte ayudado. Que tengas suerte.

—Adi√≥s, amigo. —Levant√≥ la mano que no sujetaba el arma para despedirse. 

Andrés pasó por al lado del vigilante, que trataba de cortar la hemorragia sujetándose lo poco que le quedaba de sus pelotas, y le escupió. El escupitajo fue a parar al suelo y el acto quedó un poco desvirtuado, pero el efecto fue el mismo.

—Hijo de puta —farfull√≥ Jaime con el poco aliento que le quedaba—. Te encontrar√©. Os encontrar√© y os matar√© a los dos.

Tan pronto como Andrés salió del edificio, Tobías se acercó al vigilante y le miró a los ojos sin dejar de apuntar al supervisor.

—No s√© c√≥mo vas a hacer eso estando muerto.

Los gritos, insultos y amenazas, unidos a la poca experiencia de Tobías con las armas, causaron que tuviera que gastar cuatro de las cinco balas que le quedaban para que todo volviera a quedarse en silencio.

Mir√≥ el reloj de la mu√Īeca del supervisor y supo que en unos minutos los primeros trabajadores llegar√≠an a las instalaciones. Comprob√≥ puerta a puerta que nadie hubiera presenciado lo sucedido, por si acaso, y la √ļnica que encontr√≥ cerrada fue el cuarto de limpieza. Estir√≥ la mano, cerr√≥ los ojos y la cerradura se abri√≥.

—¿Por qu√© est√°n las luces apagadas? —dijo alguien desde fuera.

Tob√≠as escuch√≥ la voz a lo lejos. Realmente casi la percibi√≥ m√°s que escucharla, as√≠ que ces√≥ en el empe√Īo de registrar la √ļltima estancia. Se dio media vuelta, recogi√≥ del suelo la ropa que Andr√©s hab√≠a dejado atr√°s, y sali√≥ justo antes de que las dos personas entraran.

La partida de ajedrez había terminado. De momento.


3.

Las luces se encendieron y los gritos volvieron a rebotar por el pasillo. La puerta del cuarto de limpieza se abrió y varios utensilios chocaron entre sí, algunos de ellos cayeron al suelo. Varias botellas de productos se precipitaron a los zapatos de quien intentaba abrirse paso para salir de allí, y la de friegasuelos vertió su contenido sobre las baldosas.

—¿Qui√©n es usted? —pregunt√≥ una de las personas que hab√≠a entrado segundos antes.

—Yo soy Thomas Bernhard —dijo sacudi√©ndose los pantalones de pinzas.

—¿Qu√© ha pasado aqu√≠? ¿Ha visto usted algo?

Ja, das ist klar. Todo. Lo he visto todo.





EP√ćLOGO


El fr√≠o de aquella ma√Īana le abofete√≥ nada m√°s abandonar el portal. Todos los a√Īos pasaba lo mismo. El verano se alargaba tanto que acababa a mitad de octubre y, para cuando quer√≠a darse cuenta, se encontraba a medio camino de casa al trabajo con una chaqueta tan fina que le pareci√≥ que iba en mangas de camisa. Por suerte, antes de llegar a comisar√≠a, pod√≠a apearse en uno de los mejores refugios de Madrid.

—Buenos d√≠as, inspector S√°nchez —dijo el camarero frotando las tazas con un pa√Īo. Era tal el volumen de clientela, que la docena y media de tazas nunca llegaba a secarse por mucha prisa que se diera en lavarlas.

—Buenos d√≠as, Enrique —afirm√≥ Ferm√≠n S√°nchez abri√©ndose paso entre la clientela.

—¿Qu√© va a ser? ¿Lo de siempre?

—Creo que hoy voy a doblar la raci√≥n, que vengo con el fr√≠o metido en los huesos.

—¡Hombre! —dijo el churrero alargando la √ļltima vocal—. Es que viene usted con la ropa justa. Un poco m√°s y sale a la calle en mangas de camisa.

—Lo que yo dec√≠a —quiso pensar, pero acab√≥ dici√©ndolo en voz alta.

—Pero est√° usted fuerte —rio el camarero.

—Ni fuerte, ni cojones. Ponme un chocolate de esos que haces en la fragua de Lucifer y media docena de porras, que se me van a caer los huevos al suelo.

—Y el cortado, ¿no?

—Despu√©s de los churros, claro. Eso no se pregunta, Enrique.

El churrero se meti√≥ detr√°s de la barra, donde un desconocido sorb√≠a un caf√© con leche en vaso de cristal. Rodeaba el recipiente con las manos, templ√°ndoselas, hecho que Ferm√≠n observ√≥ con cierta envidia. Y para m√°s inri, el tipo llevaba una gabardina que parec√≠a la mar de caliente. Hubo un momento en el que cruzaron las miradas y supuso que iba a acercarse para decirle algo, aunque se alegr√≥ de que el desconocido no lo hiciera. S√°nchez no ten√≠a el cuerpo como para conversaciones, as√≠ que, si se le ocurr√≠a tocarle las narices antes de que Enrique le sirviera el taz√≥n de chocolate, cab√≠a la posibilidad de que le soltase un pu√Īetazo en mitad de la cara y le quitase la chaqueta. Por gilipollas. Pensar en ello le hizo sonre√≠r y negar con la cabeza al mismo tiempo. 

Ahuec√≥ sus manos y sopl√≥ un c√°lido aliento en el interior que no sirvi√≥ de mucho, sin embargo, le ayudaba psicol√≥gicamente. Despu√©s las frot√≥ con energ√≠a y trat√≥ de recuperar la circulaci√≥n, pero solo consigui√≥ calentarse tras medio plato de porras. Sus c√°lculos eran bastante exactos, porque el chocolate disminu√≠a a la misma velocidad que el contenido del plato y eso le alegraba. Le jod√≠a mucho que se terminasen las porras y encontrarse con que la taza todav√≠a estaba medio llena, o lo que era much√≠simo peor, que se acabase el chocolate quedando un churro sobre el plato. Se empuj√≥ otros dos churros con su correspondiente mojeteo casi sin respirar. Restreg√≥ la servilleta por su boca tratando de eliminar el chocolate que apelmazaba algunos pelillos de su barba y respir√≥ aliviado por haber entrado en calor, a falta del √ļltimo envite en forma de aquella crujiente masa frita.

Ya no le importaba si el desconocido que no paraba de mirarle de reojo ven√≠a a tocarle las pelotas. Llegado el caso podr√≠a despacharlo con sumo gusto, o tal vez incluso le escuchase. Vete t√ļ a saber. Como si hubiera podido escuchar sus pensamientos, el hombre de la gabardina se ajust√≥ el sombrero a juego y se acerc√≥ a S√°nchez en cuanto dej√≥ la servilleta arrugada sobre la mesa.

—¿Es usted el inspector S√°nchez?

—Me da que lo sabe usted de sobra.

El desconocido asintió.

—Le espero fuera, inspector. —Dej√≥ unas monedas sobre la barra, recogi√≥ el malet√≠n del suelo y sali√≥ del local.

—Pues se va a joder, porque no voy a dejar que se me enfr√≠e el √ļltimo churro —dijo en voz alta aunque sus palabras se perdieron entre el vocer√≠o y nadie las escuch√≥—. ¡Enrique, el cortado!

—¡Marchando! —dijo el camarero y el caf√© cay√≥ al est√≥mago del inspector casi antes de salir de la cafetera.

Al salir al exterior limpiándose los labios con una servilleta que se había vuelto transparente debido a la grasa, creyó que el desconocido había desaparecido. Sin embargo, reparó en que solo se había alejado un poco, hasta una plaza cercana concretamente y, sentado en un banco, sujetaba el maletín debajo del brazo.

Por un momento pens√≥ en marcharse a la comisar√≠a y olvidar al singular tipejo, pero y si resultaba ser… Definitivamente, se hab√≠a despertado su inter√©s por averiguar qu√© querr√≠a aquel hombre misterioso con cara de loco. Mientras se acercaba, le asaltaron las dudas, y se pregunt√≥ si la curiosidad podr√≠a matar al gato, tal y como rezaba el refr√°n, por lo que estuvo a punto de darse la vuelta. 

—Me cago en todo lo cagable. Venga, Ferm√≠n, cag√ľen diez —susurr√≥. Se plant√≥ delante del banco y abri√≥ el tercer bot√≥n de la fina chaqueta, por si acaso—. ¿Qu√© es lo que quiere? ¡Vamos! ¡Desembuche o me lo llevo al calabozo por instigador!

El solo pensamiento de volver a una celda le hizo estremecerse.

—¿Instigador? Se equivoca conmigo. Estoy aqu√≠ porque usted ayud√≥ a un hombre hace unas semanas —afirm√≥ sin cambiar el gesto ni un √°pice.

—Ayudo a mucha gente —contest√≥ con su voz ruda que ahora suger√≠a un trasfondo cargado de inocencia—. A ver si usted se piensa que solo nos dedicamos a dar palizas y a hablar bien del caudillo…

—Lo s√©, le conozco m√°s de lo que usted cree.

El policía resopló y se sentó al lado del desconocido.

—Mira, chaval. Esas frases ya me las conozco todas…

—Es usted una buena persona —dijo Tob√≠as y continu√≥ hablando de manera ininterrumpida—, y su mujer y sus hijos tambi√©n lo son. Usted hace todo lo que puede por los dem√°s, incluso cosas que podr√≠an rayar la frontera de lo legal. Todo lo legal que se puede ser trabajando para un dictador, claro est√°, pero en la mayor√≠a de ocasiones usted no piensa en eso. Se centra en el trabajo, en las personas, en su motivaci√≥n para no romperle la cara al gilipollas de turno que le toca los cojones a dos manos, porque quiz√° no valga la pena pasar tres d√≠as con dolor de nudillos. A veces se plantea si le sale a cuenta perder parte de su salario mensual para subvencionar a los maltratados por la vida, buscarles un sitio para dormir, darles comida o encontrarles trabajo. Y por eso estoy aqu√≠. Usted ayud√≥ a un tal Andr√©s y sabe d√≥nde est√°. Le han preguntado por √©l tres veces esta semana, incluso le han amenazado, sin embargo, usted lo sigue protegiendo. Todas esas cosas podr√≠an llegar a o√≠dos de sus jefes y lo tendr√≠a muy, pero que muy dif√≠cil para irse de rositas, en cambio, a usted le trae sin cuidado. Usted es un trozo de carne con ojos incapaz de hacer da√Īo a nadie, a no ser que realmente se lo merezca, una perdiz en mitad del campo que desconoce la cantidad de cazadores que le acechan, un…

—¡C√°llate ya, hombre! ¡Me est√°s volviendo loco, joder!

Durante un corto espacio de tiempo se hizo el silencio. Solo se escuchaba el leve traqueteo del tranv√≠a que cruzaba la avenida y un par de se√Īoras que cuchicheaban en franc√©s y re√≠an entre dientes. Vest√≠an de manera muy similar; zapatos gruesos, faldas hechas con telas recicladas adornadas con cintas de colores, y cabello recogido cubierto con sendos pa√Īuelos color crudo. Hace unos diez a√Īos hubieran vestido mucho mejor, pero con la seda y el nailon requisado para fabricar paraca√≠das, el lujo de los a√Īos 30 resultaba casi antipatri√≥tico.

—Mira, chaval. No s√© de d√≥nde te has sacado todo eso, pero te est√°s equivocando conmigo. Yo no conozco a ning√ļn Andr√©s y no soy nada de eso que dices.

—Su cartera.

—¿Qu√©? No te entiendo. ¿Ahora me quieres robar? —dijo, y a trav√©s del hueco de la chaqueta que hab√≠a dejado abierto, ech√≥ mano a la sobaquera donde alojaba la pistola.

—Su cartera est√° rota, y las monedas se cuelan de manera constante en el compartimento de los billetes. Cuando ha ido a pagar ha pensado otra vez en tirarla, en comprarse una nueva, pero no puede deshacerse de ella porque le recuerda demasiado a √©l, y tirar la cartera ser√≠a como darle la espalda, borrar su recuerdo.

Si me deja darle un consejo, creo que debería guardarla en un cajón, comprarse una nueva y dejar esa guardada para el recuerdo y las cumplidoras polillas. Créame, no va a volver. Si alguna vez siente ganas de recuperar el poco aroma que quedará de su padre, sáquela y pasee la nariz por encima del cuero, pero deje que los muertos descansen en paz. Ellos lo necesitan tanto como usted. Descansar, me refiero.
En esta ocasión Sánchez no le interrumpió. Se dedicó a reclinarse en el banco y a encenderse un cigarrillo que le supo como si se fumara un corcho. Denso humo inundando sus pulmones tal que pura brea. Tal vez había llegado la hora de dejarlo.

—No s√© c√≥mo sabe todo eso, pero… —pausa—, me da miedo —dijo con una sinceridad tan absoluta que incluso Tob√≠as se sinti√≥ mal por lo que le hab√≠a dicho. Ahora hasta le llamaba de usted—. ¿Qu√© quiere de m√≠?

—Ya se lo he dicho antes. Necesito saber d√≥nde est√° Andr√©s, o por lo menos, que usted me diga si est√° bien, si necesita algo, porque no he podido verlo aqu√≠ —dijo atrevi√©ndose a golpear un par de veces con el √≠ndice la frente de S√°nchez.

—No puede verlo porque… —Hizo una pausa tan prolongada que las mujeres salieron de la plaza, se sentaron en la parada y tomaron el siguiente tranv√≠a—. Porque √©l me dijo que tal vez usted viniera a por m√≠. ¡Pens√© que estaba completamente loco! ¿Sabe usted? Y eso era tambi√©n lo que me dijeron los que vinieron a buscarle.

—Pero, a√ļn creyendo que estaba ido, usted ha bloqueado ese recuerdo, el pensamiento que revela d√≥nde se oculta Andr√©s y necesito… —Como un rel√°mpago que atraviesa el firmamento la idea apareci√≥ en la cabeza de S√°nchez y Tob√≠as pudo leerla al instante—. ¡Su mujer!

—¡Santo Dios Jesucristo! —dijo santigu√°ndose—. ¡Es cierto que puede hacerlo! La madre del cordero… Por favor, oiga, no meta a mi mujer en todo esto, de verdad se lo pido. Ella solo lo ha llevado a un lugar seguro.

—Pero ¿est√° bien?

—S√≠. Nosotros nos ocupamos de √©l. De momento.

—Con eso me basta. —Se puso en pie y se√Īal√≥ el malet√≠n—. Eso tal vez les ayude.

Se abroch√≥ la gabardina, se dio media vuelta y comenz√≥ a alejarse. Ferm√≠n abri√≥ el malet√≠n y, tan pronto la imagen que se reflejaba en su cristalino, atraves√≥ la c√≥rnea y lleg√≥ a la retina, su boca se desencaj√≥ como la puerta de un castillo a la que se le han roto las bisagras. M√ļltiples fajos de billetes atestaban el malet√≠n hasta los topes. Con torpeza, volvi√≥ a colocar el cierre y se puso en pie.

—¡Oiga! ¡Esto es una barbaridad!

—¡Lo s√©! ¡Pero no lo diga en voz alta!

Sánchez se acercó corriendo y continuó caminando a su lado.

—¿C√≥mo lo ha…? —Sacudi√≥ la bolsa repleta de billetes mientras los dos segu√≠an caminando—. ¡Oh, Se√Īor! Me buscar√°n por esto —dijo intentando calcular el dinero que hab√≠a dentro, aunque le resultaba imposible—. Es demasiado dinero. 

—Tranquilo, inspector. De donde lo he sacado nunca sabr√°n que lo he cogido. No se preocupe. Y por cierto, tiene que dejar de fumar, no es bueno para su salud y adem√°s sabe a corcho quemado.
Sánchez se detuvo en seco y reflexionó sobre si el desconocido le había introducido aquella idea en la cabeza. Demasiada coincidencia.

—¡Gracias! —Ninguna reacci√≥n por parte de Tob√≠as, quien ya se hab√≠a alejado una decena de metros—. ¿A d√≥nde va a ir usted ahora?

Tobías se giró y miró fijamente a Fermín. El inspector notó que una compuerta se abría en su cabeza y una corriente de aire agitó los papeles del suelo de su mente, viejos pensamientos llenos de polvo que había dejado caer hace tiempo. Entonces supo que el desconocido le iba a hablar sin abrir la boca.
—A Berl√≠n. Hay algunas cosas que tengo que arreglar, pero no se lo diga a nadie.

Fermín asintió casi temblando, y ahora no era de frío. Estrechó el maletín bajo el brazo, dio la espalda a Tobías y se marchó andando a paso ligero en dirección contraria a la comisaría.

Apret√≥ el culo, acelerando el paso como nunca lo hab√≠a hecho y not√≥ que le sudaban las axilas, las manos y hasta las pesta√Īas. El fr√≠o se hab√≠a marchado a Cuenca, o tal vez a Siberia, porque ahora mismo le ard√≠an hasta las entra√Īas. «Madre del amor hermoso. Cu√°nto dinero, Ferm√≠n». La barriga empez√≥ a dolerle como si una rata ponzo√Īosa se hubiese instalado a vivir all√≠ e hiciese un aperitivo con sus intestinos. Incluso tuvo que obligarse a disminuir el paso, porque se dio cuenta de que estaba a punto de echar a correr.

Cuando llegó, se giró para comprobar si alguien le había estado siguiendo, se secó las manos en los pantalones, miró de nuevo el contenido de la bolsa, volvió a cerrarla, se frotó la cabeza, resopló y entró en su casa con una sonrisa de oreja a oreja mientras gritaba el nombre de su mujer.