√öLTIMAS DECISIONES - LIBRO COMPLETO

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 √öLTIMAS DECISIONES
 
 
CAP√ćTULO I
LA CARTA

1.

Francesco dio un respingo al notar que alguien le tiraba de la pernera del pantalón. Por poco no dejó caer al suelo el paquete que sostenía en las manos.

—¡Hola Francesco! —dijo el ni√Īo y sali√≥ corriendo hacia su madre.

—¡Roberto! No molestes al se√Īor De Rossi —dijo alborot√°ndole el pelo.

—Pero si no es molestia se√Īora Bianchi. Y ll√°meme Francesco, al fin y al cabo nos conocemos toda la vida. Solo ha venido a saludarme. ¿Verdad Roberto?

El ni√Īo asinti√≥ y se acerc√≥ a la cristalera que daba a la avenida. El sol golpeaba con fuerza el vidrio y un gato negro restregaba su lomo a lo largo del cristal. Se tumb√≥ sobre la caliente repisa.

—¿Viene a recoger alg√ļn env√≠o de su mujer? Hace ya a√Īos que no la veo.

Clara observó cómo Francesco apartaba su mirada y cayó en la cuenta de la indiscreta pregunta.

—Lo siento, no quer√≠a meterme donde no me llaman.

—No, no. Tiene toda la raz√≥n. Eva lleva m√°s de cinco a√Īos en Berl√≠n. Al principio dec√≠a que su padre la necesitaba en el partido, pero ahora creo que era una simple excusa para marcharse. Por desgracia mi coraz√≥n nunca la ha dejado irse.

—Mi marido tambi√©n se march√≥ sin mi permiso. Parece que los dos nos encontramos en una encrucijada. —Clara sinti√≥ como se repet√≠a la mirada esquiva de Francesco. —¿Por qu√© he dicho eso? Ahora pensar√° que estoy insinu√°ndome. ¡Oh por Dios, Clara! Qu√© desastre de mujer eres… —cavil√≥ con tanta intensidad que casi pod√≠an leerse sus pensamientos.

—¿C√≥mo lo lleva Roberto? —inquiri√≥ Francesco.

—¿Lo de su padre dice? Bueno, no hay d√≠a que no se acuerde de √©l. Me pregunta que cu√°ndo va a volver de viaje, y que s√≠ ya le han curado del todo. Yo le digo que por la guerra no le permiten volver. Hay veces que me dan ganas de abrazarle y contarle la verdad. Creo que cuando lo descubra me odiar√° de por vida. Tal vez, con un poco de suerte, este maldito conflicto nos mate a todos y as√≠ no tenga que cont√°rselo.

—¡No diga eso mujer! Si se enfada ya se le pasar√° cuando tenga uso de raz√≥n. Lo importante es que usted no se rinda.

Clara se encogió de hombros y exhibió una sonrisa forzada.

—Sab√≠amos de la enfermedad de Carlo desde hace a√Īos, pero no se pod√≠a hacer nada m√°s que esperar. Al final, cuando la salud casi le hab√≠a abandonado por completo, ya no pod√≠a ni reconocerlo. No era √©l. Era un triste recuerdo del hombre que am√© durante tanto tiempo. —Hizo una pausa y tom√≥ aire—. Y cuando termin√≥ su sufrimiento, se desvaneci√≥ el m√≠o tambi√©n. Y lo peor de todo es que me sent√≠ bien, y eso me hace sentirme mal cada vez que lo recuerdo. No s√© c√≥mo explicarlo. —La voz le empezaba a fallar.

—No hace falta que expliques nada, Clara. Si necesitas algo…

Pero antes de finalizar la frase Clara negó con la cabeza y susurró un no casi pronunciado con un aliento. El nudo en la garganta había venido para quedarse.

—Cada semana venimos a mandar un telegrama a Suiza, donde se supone que est√° su padre. En realidad se lo mando a mi hermana que vive en Francia, ¿sabe?

El ni√Īo se acerc√≥ a toda prisa y estir√≥ a su madre de la plisada falda azulada.

—¡Est√° muerto! —dijo Roberto gritando—. ¡Mam√°, est√° muerto! ¡Pensaba que estaba vivo, pero est√° muerto! —Su madre lo mir√≥ con los ojos desorbitados.

El ni√Īo se√Īal√≥ al gato que dorm√≠a ocupando gran parte de la cornisa, dejando colgar sus patas al aire. La madre exhal√≥ con nerviosismo y se apart√≥ de ellos. Francesco crey√≥ que Clara vomitar√≠a en cualquier momento.

—¿Te gustan los gatos Roberto? —dijo Francesco repitiendo el gesto que hab√≠a hecho su madre removi√©ndole el cabello.

—Me s√ļper encantan.

—Pues yo tengo un gato atigrado precioso.

—¡Ostras! —dijo casi tap√°ndose la boca al mismo tiempo. Por suerte su madre hab√≠a comenzado a rellenar un formulario y no le escuch√≥—. Caramba, qu√© suerte tiene usted Francesco. ¿Puedo ir a verlo?

—No creo que sea lo m√°s conveniente, pero si alg√ļn d√≠a pasas por mi calle, Calcetines y yo nos podemos asomar a la ventana para saludarte.

—Calcetines... ¡Me gusta el nombre!

Clara continuaba con la cabeza metida en el formulario y Francesco no podía ver su cara, sin embargo podía percibir que estaba casi llorando.

— Me marcho, que estoy impaciente por abrir el paquete. Nos vemos otro d√≠a Clara. ¡Nos vemos Roberto!

El ni√Īo asinti√≥ y la madre se despidi√≥ con la mano sin girar el rostro.

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2.

Francesco estaba sentado en la acera. Entre sus piernas descansaba el paquete abierto. Sujetaba una carta y un colgante con forma de cocodrilo pendía de su mano. Las lágrimas corrían por sus mejillas. Al ver que Clara y Roberto venían calle arriba, se levantó y quiso entrar en su casa.

—¿Te pasa algo Francesco? —pregunt√≥ Clara.

—Es la carta de Eva, no puedo con esto. ¡Maldita sea! —Arrug√≥ el papel entorno al colgante y lo lanz√≥ con todas sus fuerzas—. Lo siento Roberto, otro d√≠a te presentar√© al gato —dijo con la voz rota.

—Vale.

Francesco cerró la puerta de un golpe. Clara buscó la bola de papel, la abrió y la leyó en silencio.





Clara recogió el colgante, se lo puso en el cuello y posó la mano encima.

—¿C√≥mo me hab√≠as dicho que se llamaba el gato de Francesco?

—Calcetines. Es un gato-tigre, ¿sabes?

A Clara le provocó una risita y le hizo sentirse bien. Cogió a Roberto de la mano mientras volvían hacia la casa de Francesco.

—Vamos. Al fin y al cabo, yo tambi√©n quiero conocer a alguien especial. No todos los d√≠as se tiene la oportunidad de conocer a un gato-tigre.

 
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CAP√ćTULO II
LA MUDANZA

1.
 
Desde el interior de la vivienda se apreciaba un olor dulce, ajeno al polvo y al cemento. Las paredes recién encaladas reflejaban un blanco puro. Conforme Clara entraba en el salón, el aroma se fue acentuando. En la mano llevaba una cajita abierta por la parte superior que dejó sobre la mesa, todavía cubierta con una sábana al igual que el resto de muebles. La nariz de Francesco detectó el queso ricota y comenzó a salivar.
 
—Podr√≠a reconocer esos cannoli con los ojos cerrados —dijo a Clara agarr√°ndola por la cintura.
 
—¿Y a m√≠? ¿Me reconocer√≠as? —Clara not√≥ como Francesco posaba la nariz en su cuello, y aspiraba con fuerza, lo que le provoc√≥ una risita.
 
—No hueles a cannoli. Pero... No est√°s mal. —Clara le dio un azote en el trasero—. Pensaba que ibas a venir con Roberto, ayer ten√≠a muchas ganas de ver c√≥mo est√° quedando vuestra casa.
 
—Nuestra casa, Francesco, tambi√©n ser√° tu hogar dentro de poco. Roberto est√° jugando con Calcetines. Se ha hecho una tienda de campa√Īa con las mantas que le diste. Tu comedor parece un verdadero campamento.
 
Clara recogió su pelo por detrás de la oreja y Francesco le besó en la mejilla, ella giró la cara y selló el beso con sus labios.
 
—¿Eres feliz Clara?
 
—Creo que soy todo lo feliz que puedo llegar a ser.
 
Clara quitó la tela que tapaba el viejo sillón de Carlo, el padre de Roberto y se sentó acariciando los reposabrazos.
 
—Francesco, ¿podr√≠as sacarlo a la calle?
 
—Pero Clara dijiste que…
 
—Ya s√© lo que dije, no hagas que me arrepienta. Si lo dejamos aqu√≠, cada vez que lo mire recordar√© a Carlo sumido en su tristeza, con la mirada perdida. Por supuesto que quiero recordarlo, claro que s√≠. √Čl fue el amor de mi vida, como lo eres t√ļ ahora.
 
—Y sigue siendo el padre de Roberto.
 
—S√≠, tampoco quiero que √©l lo olvide. Pero no as√≠. No de ese modo.
 
—Como t√ļ quieras Clara, lo sacar√© en cuanto termine de pintar esta pared, si te parece bien.
 
—He hablado con Mariella, su padre est√° enfermo y le vendr√° muy bien. Casi no puede levantarse de la cama. —Sus manos continuaban acariciando el sill√≥n de manera compulsiva—. Aqu√≠ seguro que podr√° descansar sin estar apartado de su familia. Carlo era incapaz de dormir debido a los dolores, siempre necesitaba mantenerse sentado.
 
—¿Est√°s bien Clara?
 
—S√≠ —dijo como si hubiera salido de un profundo trance—, estoy bien. Esos cannoli no se van a comer solos, vas a necesitar energ√≠a.

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2.

Pocos días después, Calcetines descansaba dentro de una caja de cartón y Roberto la sujetaba con tanta fuerza que la aplastaba por el centro. Francesco cerró la puerta con llave y recogió del suelo una bolsa de mimbre llena de comida. Clara intentó sujetar la caja pero Roberto la apartó de manera brusca.
 
—D√©jame mam√°, puedo hacerlo solo.
 
—¡Vale, vale! Est√° bien. ¿Crees que Calcetines estar√° contento en nuestra casa? ¿No echar√° de menos la de Francesco? —Roberto se encogi√≥ de hombros, aunque su cara se llen√≥ de preocupaci√≥n.
 
—No creo que la eche de menos —dijo Francesco quitando hierro al asunto—, Roberto se ha convertido en su mejor amigo y vuestra casa es mucho m√°s grande que la m√≠a. Siempre que estemos juntos todo ir√° bien. ¿A que s√≠? —Clara asinti√≥ con una sonrisa.
 
—¿Me prometes que nunca nos vas a abandonar?
 
—¡Roberto! ¡Claro que no! Me vas a tener detr√°s de tu oreja todos los d√≠as como no hagas bien los deberes. —Francesco le alborot√≥ el pelo y Roberto cerr√≥ los ojos con fuerza.
 
Caminaron cuesta abajo, en busca de la casa de Clara. Se ubicaba a tan solo un par de calles y el grueso de la mudanza ya lo habían hecho. Había comenzado a atardecer y las sombras empezaban a estirarse. Francesco saludó a una mujer anciana, pero esta ni tan siquiera le miró a la cara. Siempre se sentaba aprovechando una franja de sol que se colaba entre dos casas y Francesco pensó que se habría dormido. Detrás marchaba Roberto, seguía sujetando la caja con firmeza mientras observaba por un agujero como el gato se movía en el interior. La anciana levantó la cabeza cuando Clara pasó por su lado y dijo una sola palabra.
 
—Puta.
 
Clara se detuvo. Francesco se dio la vuelta y paró a Roberto, que como de costumbre permanecía ajeno a la escena. Tras unos segundos, Clara continuó su marcha y los tres llegaron a la casa.
 
—Francesco, entrad vosotros. Tengo que resolver un asunto.
 
—Clara, no le hagas caso. —Roberto ya hab√≠a entrado, abri√≥ la caja y Calcetines comenz√≥ a olisquear el mobiliario con cierto recelo.
 
—No voy a permitir que una vieja me llame puta delante de mi hijo. Si lo dejo pasar, dentro unos d√≠as me lo estar√°n llamando en todo el barrio. Eso, si no lo hacen ya.

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3.
 
Un humillo vaporoso flotaba por la cocina. El aroma a aceitunas machacadas, anchoas y tomate te golpeaba en el tabique nasal con solo entrar por la puerta. Los √ļnicos testigos del paso del tiempo eran la altura de Roberto, que hab√≠a crecido casi un palmo, y las paredes. En su mayor√≠a hab√≠an perdido el blanco impoluto y en una de ellas se estaba desprendiendo el estucado. Lo que de verdad importaba para ellos, era que aquella casa se hab√≠a convertido de nuevo en un hogar.
 
—¡Mam√°, ya estamos en casa! —grit√≥ Roberto con solo asomar la cabeza por la entrada.
 
—¿Estamos? —contest√≥ Clara desde la otra punta de la vivienda.
 
Francesco entró en la cocina y dejó una caja de contrachapado llena de herramientas, en el hueco que había entre dos muebles.
 
—He pasado por la escuela a recoger a Roberto. Hoy he terminado un poco antes.—Francesco aspir√≥ el humillo—. ¿Puedo probarlo?
 
—Todav√≠a no he a√Īadido las anchoas, espera un segundo.
 
Desde el salón se escucharon tres fuertes golpes. La madre salió corriendo, pensando que algo podía haberle pasado a Roberto, pero lo vio sentado en el suelo jugando con el gato. Su cartera de piel estaba tirada en la alfombra, se había desabrochado y un libro de hojas amarillentas sobresalía.
 
—Roberto, debes de tener m√°s cuidado con los libros, valen muy caros…
 
Tres golpes sonaron de nuevo de manera regular, fuerte y pausada. Clara abrió la puerta. Un hombre uniformado de anchos hombros se cuadró ante la presencia de la mujer.
 
—Busco a Francesco De Rossi.
 
—S√≠, un momento por favor.
 
Francesco apareció detrás de Clara, la apartó y cogiendo el papel cerró de un portazo. Se sentó en el suelo con las piernas cruzadas, junto a Roberto, y Clara hizo lo propio. Leyó la misiva sin mencionar palabra. El mentón se le empezó a arrugar y aguantó para no ponerse a llorar. Clara se tapaba la boca para disimular su aflicción, pero las lágrimas saltaban por encima de los dedos.
 
—¿Qu√© pasa mam√°?
 
Tras unos segundos Clara se recompuso. Su mano apretaba con fuerza la de Francesco.
 
—Nada Roberto, lleva la cartera a tu cuarto y l√°vate las manos. Ahora vamos.
 
—El ni√Īo hizo caso sin rechistar—. ¿Es…? —Francesco asinti√≥—. ¿Cu√°ndo tienes que irte? —dijo con la voz rota.
 
—Dentro de cuatro d√≠as. El lunes, a mediod√≠a.
 
Clara rompió a llorar desconsolada y se abrazaron. Roberto observaba la escena desde la otra punta de la casa, y aunque no podía escuchar lo que hablaban, creía entender que algo malo estaba pasando, porque su madre y Francesco llevaban varios minutos abrazados casi sin hablar.
 
—Roberto se va a morir de pena —susurr√≥ Clara—. Yo, me voy a morir de pena. —Hab√≠an deshecho el abrazo, y ahora sus cuatro manos se entrelazaban en un nudo de dolor—. Si te vas, ¿cu√°ntas posibilidades hay de que vuelvas?
 
—Pocas, supongo.
 
—Esto no puede estar pasando… No puedo quedarme sola otra vez… Tiene que haber alguna manera de evitarlo. Podemos ir con mi hermana, all√≠ no te encontrar√°n.
 
—¿A Francia? Ellos son el enemigo. ¡Nos tratar√°n de esp√≠as! Adem√°s t√ļ y Roberto no ten√©is por qu√© marcharos, aqu√≠ est√°is seguros. Esto no tiene nada que ver con vosotros. Nadie va a atacar Sicilia.
 
—No pienso dejar que te vayas Francesco.
 
—No hay ninguna manera Clara, ya lo hemos hablado muchas veces y sab√≠amos que este momento pod√≠a llegar. 
 
—¡Algo podr√°s hacer! ¡No, no puedes abandonarnos!
 
Francesco se puso de pie y se apoy√≥ en el dintel de la peque√Īa chimenea, pensativo.
—Podr√≠a cortarme un brazo, o una pierna…
 
—Oh, por Dios, Francesco. —Empez√≥ a sollozar de nuevo.
 
—¡Pero podr√≠an fusilarme igualmente por traidor! —Continu√≥ cavilando mientras Clara se deshac√≠a en l√°grimas—. No hay ninguna posibilidad, Clara. Tengo que ir al norte y manteneros a salvo.
 
Un denso humo negro salía de la cocina, y el aroma a deliciosa salsa siciliana se había convertido en un agrio hedor. Francesco acudió a la carrera y apartó la cazuela del fuego. Clara continuaba sentada en la alfombra, y emitía un susurro casi agónico que solo ella podía oír.
 
—No es posible… No es posible… Yo podr√≠a conseguir que… —La respiraci√≥n se aceler√≥ y sinti√≥ que la yugular le iba a explotar con cada latido. La luminosidad de la habitaci√≥n se desvaneci√≥, como si alguien corriese un negro velo delante de sus ojos, y se desmay√≥.

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4.
 
Durante el d√≠a siguiente casi no se hablaron. Francesco abrazaba constantemente a Roberto, y el ni√Īo le correspond√≠a con creces. Era peque√Īo, y distra√≠do, pero en esta ocasi√≥n no era ajeno a lo que suced√≠a a su alrededor.

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5.
 
Aunque todav√≠a faltaban dos d√≠as para su partida, Francesco decidi√≥ organizar sus enseres m√°s valiosos. No eran m√°s que un compendio de zapatos, herramientas de trabajo y una caja de terciopelo que conten√≠a dos plumas estilogr√°ficas, que hab√≠a recibido en compensaci√≥n por un encargo impagado. √Čl no entend√≠a de artilugios de escritura, pero le parec√≠an caras y resolvi√≥ guardarlas por si llegado el momento, necesitaba una fuente de ingresos diferente a pintar casas o arreglar ca√Īer√≠as. Clara frotaba a Roberto con una pastilla de jab√≥n cuando Francesco entr√≥ en el ba√Īo.
 
—Clara, tenemos que hablar.
 
—S√≠, enseguida voy. Roberto fr√≥tate bien por las axilas y detr√°s de las orejas.
 
—S√≠ mam√°, hasta que salga brillo —dijo burl√≥n. Clara le devolvi√≥ una sonrisa forzada y sali√≥ del cuarto de ba√Īo.
 
—Ven —dijo Roberto llev√°ndola al dormitorio. En una esquina hab√≠a dispuesto varias cajas de zapatos y otros enseres. Clara se le abraz√≥—. Esc√ļchame Clara —anunci√≥ separ√°ndola con suavidad—. Es necesario hacer esto. Esas son mis cosas m√°s valiosas, adem√°s de vosotros.
 
—Oh, Francesco… —Clara trag√≥ saliva.
 
—Esc√ļchame Clara, es importante —Clara asinti√≥—. Si no vuelvo y necesit√°is dinero, v√©ndelas. Esta ma√Īana he firmado los papeles —dijo entreg√°ndole unas llaves—. Aunque sea poco m√°s que una guarida, mi casa no tiene deudas, y si me pasa algo podr√°s disponer de ella. Todo lo m√≠o es tuyo.
 
Clara lo observaba con los ojos vidriosos, conteniendo las lágrimas. Roberto entró corriendo en la habitación, solo llevaba puestos los calzoncillos y tenía el pelo empapado. Gritaba de pura rabia.
 
—¡Mentiroso! Me dijiste que nunca nos ibas a dejar. ¡Eres un mentiroso!
 
—Roberto, no os voy a dejar, yo…
 
—Tranquilo Francesco, yo hablar√© con √©l —dijo Clara apesadumbrada, cogi√≥ a Roberto y salieron del dormitorio.
 
Aquella noche sin luna fue la m√°s oscura del mes, y Clara tuvo que usar la luz de un candil para atravesar las l√ļgubres calles. Caminaba todo lo r√°pido que pod√≠a, puesto que no quer√≠a que Francesco se despertase y viera la cama vac√≠a.
 
Llevaba puesta una peque√Īa manta sobre los hombros, sin embargo aquella noche el viento tra√≠a consigo un aliento c√°lido. Clara se asust√≥ cuando las campanas sonaron, y temi√≥ ser descubierta por alg√ļn vecino insomne. Dio un vistazo y todas las ventanas estaban cerradas, por suerte o por desgracia las tres de la madrugada era la hora ideal para delincuentes y asaltadores. Tras varios minutos de caminata, Clara aporre√≥ la aldaba de manera insistente hasta que un hombre con cara de sue√Īo la recibi√≥.
 
—¿Qu√© quiere se√Īora? ¿No ha visto usted la hora que es?
 
—Exc√ļseme, necesito hablar con el Consiglieri.
 
—¿Est√° usted loca? ¡Se√Īora, la mafia en Italia ha desaparecido, aqu√≠ no hay ning√ļn Consiglieri! ¡Caput! ¿No lee los peri√≥dicos? Todas las famiglias han emigrado a Estados Unidos o han sido asesinadas por Mussolini, el gran Mussolini. Ande, v√°yase a dormir, que va usted a coger fr√≠o. Buenas noches.
 
Clara se percató que el individuo trajeado iba a cerrar la puerta y la detuvo colocando el candil en el hueco. La hoja lo aplastó sin llegar a romper el cristal, tan solo un hilo de aceite cayó al suelo. El hombre volvió a abrirla.
 
—D√≠gale al se√Īor Mancini que su hijo va con el m√≠o al colegio —sentenci√≥ elevando el tono de manera progresiva—, y que si no sale ahora me pondr√© a gritar como una loca, como la loca que usted dice que soy, y todo el pueblo se va a enterar de qui√©n es el se√Īor…
 
—¡Shhhh! —chist√≥ el hombre de la gabardina—. Pero se√Īora, ¿al Consiglieri…? ¡Nada m√°s y nada menos! Santa Madonna.
 
—Es urgente.
 
—Pase —dijo una voz desde el interior.

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6.
 
El domingo por la ma√Īana los tres fueron a dar un paseo. Hac√≠a un d√≠a especialmente caluroso, aunque Clara eso ya lo imaginaba por el calor que hizo la noche anterior. Desde el lado norte del pueblo se pod√≠a observar una llanura repleta de naranjos, que era flanqueada por grandes campos de vid.
 
Francesco abri√≥ la cesta y tendi√≥ una tela sobre la hierba. Un generoso trozo de pan hizo compa√Ī√≠a a los tomates frescos y la carne seca. Descorch√≥ la botella de vino que guardaba desde hace varios meses y le ofreci√≥ un poco a Roberto.
 
—No le des alcohol al ni√Īo. Todav√≠a es peque√Īo para tomar esas cosas.
 
—Pero Clara, solo es un sorbo, para que lo tiente nada m√°s.
 
—Prometo portarme bien todo el d√≠a —dijo Roberto con una sonrisa de oreja a oreja.
 
—Pero solo un sorbo. Vaya pareja est√°is hechos.
 
Por la tarde estuvieron jugando a los naipes hasta que Calcetines, qui√©n gan√≥ todo el protagonismo, entr√≥ en escena. Por la noche Francesco acab√≥ la botella de vino y tras hacer el amor con Clara, juntando los dos lechos por √ļltima vez, se qued√≥ profundamente dormido.
 
En mitad de la noche, Francesco notó como alguien le zarandeaba del brazo.
 
—¿Qu√© pasa?
 
Abrió los ojos y vio a Clara junto a él. Estaba guapísima, y llevaba puesta la ropa de calle. Sobre los pies de la cama descansaba una maleta.
 
—Francesco, ¿conf√≠as en m√≠?
 
—Pues claro que conf√≠o en ti, pero...
 
—Prometiste que nunca nos √≠bamos a separar, y s√© que no est√° en tu mano evitarlo, pero en la m√≠a, s√≠.
 
—¿Qu√© has hecho, Clara?
 
—Lo √ļnico que pod√≠a hacer. Recoge tus cosas. Ya he guardado tus plumas y un par de zapatos en mi maleta, solo nos dejan llevar una por persona. Date prisa.
 
Todavía en pijama se asomó por la ventana. Un coche esperaba en la puerta con las luces y el motor apagados. En el exterior había un hombre con gabardina al que conocía a la perfección.
 
—Clara…
 
—Lo siento Francesco, no te pienso dejar marchar.
 
Clara esper√≥ en el sal√≥n junto a Roberto, que sujetaba a Calcetines. El gato se hab√≠a acostumbrado a los brazos del ni√Īo y ya no necesitaba una caja para transportarlo. Francesco se reuni√≥ con ellos a los pocos minutos y los tres salieron a la calle. Clara cerr√≥ la puerta y le entreg√≥ las llaves al hombre del coche.
 
—Se√Īora Bianchi, el gato no puede subir en el coche.
 
—El gato se viene, y punto —dijo Clara sin dejar a Roberto la opci√≥n de rechistar.
 
—¡Como usted quiera! ¡Vaya mujer se ha echado amigo! —le dijo el hombre a Francesco.
 
—No lo sabe usted bien, amigo... No lo sabe usted bien.
 
Entraron en el coche, arrancó, y desapareció calle abajo con las luces apagadas.
 

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CAP√ćTULO III
EL SOLDADO
 
1.
 
El caf√© estaba hirviendo a borbotones, de modo que apart√≥ el cazo de la peque√Īa fogata utilizando un trozo de tela para no quemarse con el asa. Aun as√≠, el dedo me√Īique roz√≥ el acero tiznado y por poco no tir√≥ el contenido sobre las mismas brasas. Hans sufr√≠a un agotamiento absoluto y el coffein-freier que les era entregado por cortes√≠a del F√ľrer, no les iba a ayudar demasiado a mantenerse despiertos, pero por lo menos estaba caliente y les quitaba el fr√≠o de encima. Verti√≥ el mejunje en una machacada taza met√°lica y al asomarse vio el fondo lleno de posos.
 
Manfred descansaba sentado en una roca en la colina, unos metros m√°s arriba. Desde su ubicaci√≥n, pod√≠a observar si alg√ļn veh√≠culo se aproximaba por la carretera del lago Maggiore. Esa era la zona por donde los italianos intentaban escapar. Divisaba a Hans acuclillado junto a la fogata que hab√≠an hecho al lado de la garita de madera.
 
Cuando Hans escuchó las piedras rodar colina abajo, supo sin girarse que Manfred bajaba corriendo porque alguien se acercaba.
 
—¡Hans! ¡Viene un Horch! —dijo Manfred mientras se ataba el casco.
 
—¿Un Horch?
 
Manfred asintió. Agarró la taza de Hans para darle un sorbo, pero el amargo aroma le hizo arrepentirse.
 
—Deja de beber esa mierda o te pondr√°s enfermo. Luego te dar√© un trozo de Scho-Ka-Kola si te portas bien —dijo Manfred golpeando a Hans en el casco.
 
—Dar√≠a mi brazo derecho por una lata de ese chocolate infernal, y lo sabes. —Se colg√≥ el fusil en la espalda y sacudi√≥ el polvo del abrigo. Apur√≥ el contenido de la taza y le entr√≥ un escalofr√≠o.
 
—A lo mejor vienen a relevarnos. —Cruzaron las miradas y se echaron a re√≠r.
—Con que nos traigan un poco de carne me doy por dichoso —dijo Hans y la boca se le hizo agua con solo pensarlo.
 
Observó que el Horch 901 se aproximaba levantando una nube de polvo y que alguien ocupaba el asiento trasero. Se puso nervioso y propinó un codazo a Manfred.
 
—Creo que es el Hauptmann —dijo Hans, y ambos comprobaron que llevaban todo el uniforme en correcto orden. Repar√≥ en que el fuego todav√≠a estaba encendido, pero no le dio m√°s importancia.
 
Del interior sali√≥ un hombre estirado, con una tez inexpresiva. Los dos soldados le saludaron con el brazo extendido y la consabida frase, y el capit√°n hizo lo propio. Sin mediar palabra se aproxim√≥ a la zona de la garita y repar√≥ en la peque√Īa hoguera que chisporroteaba ajena al peligro. El caf√© todav√≠a estaba caliente. El hombre tom√≥ la taza del soldado y arroj√≥ al suelo las pocas gotas que quedaban, luego la llen√≥ con el contenido que quedaba en el cazo y se lo bebi√≥ de un trago. Su cara permanec√≠a impasible, sin cambiar el gesto en ning√ļn momento. Sac√≥ un cigarrillo de la pitillera y lo prendi√≥ con una brasa.
 
—Me alegra saber que ustedes siguen las recomendaciones del F√ľrer, tomando coffein-freier —Aspir√≥ el cigarrillo con tanta fuerza que la punta se encendi√≥ con ira. El hombre caminaba alrededor de los dos soldados y sus altas botas hab√≠an dejado de estar relucientes—. Me van a perdonar, pero yo no puedo dejar mis vicios —dijo dando otra intensa calada—, al menos no todos.
 
El capitán se terminó el cigarro y miró el reloj. El conductor del Horch se había detenido unos cien metros más adelante, donde la carretera quedaba flanqueada por los mismísimos Alpes. Cruzó el vehículo y la vía quedó cortada sin posibilidad de escapatoria.
 
—Preparen sus armas —dijo el capit√°n—, pronto har√°n uso de ellas.

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2.
 
El gato descansaba sobre las piernas de Roberto, acurrucado como una bola de pelo. Acariciaba su lomo con suavidad, y el animal se lo agradecía con un ronroneo. Francesco dialogaba con el conductor. Empleaba un tono que, en conjunción con los sonidos del motor, era casi inaudible desde los asientos de atrás. Roberto observaba con suma atención a Francesco, y este le miraba de soslayo de vez en cuando sin abandonar la conversación con el chófer.
 
—¿De qu√© hablan? —pregunt√≥ Roberto a su madre.
 
—Anda Roberto, no seas descarado —apunt√≥ Clara.
 
El Lambda gir√≥ a la derecha y los ocupantes se tambalearon. El coche era de los √ļltimos que fabricaron en 1931. Ten√≠a m√°s de diez a√Īos, por lo que le costaba horrores mantenerse dentro de las curvas si circulaba por encima de los treinta kil√≥metros por hora. Las casas se suced√≠an a ambos m√°rgenes del camino, y las vacas y las cabras ocupaban cualquier parcela habitada. El Lambda disminuy√≥ la velocidad y cuando finalmente se detuvo, Clara tambi√©n acariciaba a Calcetines.
 
—Voy a salir a fumar un cigarrillo —dijo el conductor, y se alej√≥ lo suficiente como para no escuchar la conversaci√≥n que los pasajeros estaban a punto de mantener.
 
—Roberto, tenemos que decirte algo importante. —El ni√Īo la observaba con cara de preocupaci√≥n—. Dentro de pocos kil√≥metros llegaremos a Palermo.
 
—Ya lo s√© —dijo el ni√Īo utilizando un tonillo de hast√≠o.
 
—Claro que lo sabes, cari√Īo. Ver√°s Roberto, all√≠ tenemos que coger un barco y no podemos… —Clara lanz√≥ una mirada a Francesco pidiendo socorro, no pod√≠a continuar con la conversaci√≥n. Sab√≠a que lo que ten√≠a que decir a Roberto le iba a destrozar el coraz√≥n, se lo iba a destrozar a todos.
 
—Roberto, mira all√≠ —dijo Francesco se√Īalando con el dedo. En la villa m√°s cercana hab√≠a dos gatos subidos a una mecedora, y un tercero se encontraba sentado en la alfombra de la casa, ase√°ndose con la lengua—. ¿Quieres bajar a dar un paseo y los saludamos?
 
El ni√Īo asinti√≥. Dej√≥ al gato sobre el asiento y este se estir√≥ todo lo que las patas le daban. Roberto y Francesco se acercaron a los otros gatos que descansaban en el porche de la casa y uno completamente negro se acerc√≥ a Roberto maullando.
 
—Hola, amigo —le dijo, y el minino se pase√≥ entre sus piernas restreg√°ndose con la cola levantada—. Parece simp√°tico, ¿verdad Francesco?
 
—S√≠ que lo parece.
 
Del interior de la vivienda salió una mujer anciana con un plato lleno de comida y los animales se volvieron locos.
 
—¡Vaya! Si tenemos visita. Mirad qui√©n ha venido a veros.
 
Buonasera —dijo Francesco. La mujer no le contest√≥.
 
—¿C√≥mo te llamas ni√Īo?
 
—Roberto.
 
—H√°blame m√°s fuerte mozuelo, que estoy un poco sorda de este o√≠do.
 
—¡Roberto! —dijo el ni√Īo gritando, y la mujer asinti√≥.
 
—¿Y tu padre? ¿Tambi√©n se llama Roberto?
 
—Me llamo Francesco, pero no soy su padre —dijo con cierta dificultad.
 
Roberto cogió su mano y esbozó una sonrisa.
 
—S√≠ que lo es.
 
—Roberto… —dijo Francesco, y se le form√≥ un nudo en la garganta.
 
—¿Y qu√© os trae por aqu√≠? No creo que solamente hay√°is venido para ver a mis gatos.
 
Roberto se pregunt√≥ lo mismo, sin embargo cuando Francesco contest√≥ a la pregunta, supo enseguida lo que estaba pasando. Era un ni√Īo, pero no era tonto.
 
—Ver√° usted se√Īora.
 
—¡Se√Īorita! —concret√≥ la anciana levantando un dedo. A Francesco le arranc√≥ una sonrisa.
 
—Disculpe mi indiscreci√≥n. La verdad es que Roberto tiene tambi√©n un gato precioso, y por eso nos hemos acercado.
 
—¡No! —dijo Roberto con un grito desgarrador y sali√≥ corriendo al coche.
 
Francesco lo llam√≥, pero el ni√Īo no quer√≠a escucharle. Advirti√≥ que Roberto discut√≠a con Clara, as√≠ que se qued√≥ hablando con la anciana.
 
—¡No lo entiendo! —dijo el ni√Īo golpeando el coche con el pu√Īo cerrado.
 
—Roberto, no podemos llevarlo —dijo Clara.
 
—¿Por qu√©? ¿Es que en Suiza est√°n prohibidos los gatos? ¿Se los comen? ¿Eh? ¿Por qu√© no puede ir?
 
—Tenemos que ir en barco, y Calcetines no puede subir. Adem√°s, durante el resto del viaje ser√≠a peligroso para √©l y para nosotros.
 
Clara se ape√≥ del coche y el gato se baj√≥ con ella. Roberto lo recogi√≥ y se lo subi√≥ al regazo. Las l√°grimas sal√≠an sin dificultad, en cambio ya no berreaba como un ni√Īo peque√Īo. Se negaba en rotundo a abandonarle, aunque en el fondo comprend√≠a lo que su madre le estaba diciendo. Restregaba su mejilla por la piel del animal que comenzaba a ponerse nervioso. Salt√≥ al suelo y se uni√≥ a los otros felinos que ahora retozaban. La anciana se acerc√≥ a Roberto y a Clara, seguida por Francesco.
 
—Venid conmigo —dijo la mujer.
 
—Pero, ¿y Calcetines?
 
—No te preocupes por √©l, se est√°n conociendo. Tienen arroz y tripas de pescado de sobra, as√≠ que cuando volvamos estar√° donde lo dejaste. Vive Dios que ese gato no se alejar√° del plato de comida.
 
La mujer los llev√≥ a una peque√Īa choza donde una monta√Īa de trastos estaba tapada por una gran s√°bana. La levant√≥ por una de las esquinas y debajo se pudo observar a una gata con cuatro cr√≠as que, m√°s que gatos parec√≠an ratas sin pelo.
 
—¡Qu√© peque√Īos son! Son una monadita —dijo Roberto, y a Clara le provoc√≥ una risita.
 
—Bueno, no te preocupes, ya crecer√°n. Dentro de unas semanas estar√°n cazando ara√Īas y saltamontes. Duermen cu√°nto quieren, corren lo que les apetece y tienen muchos sitios que explorar. Ellos son libres aqu√≠, ¿sabes?
 
—¿Y no hay perros que les puedan hacer da√Īo?
 
—¡Oh! ¡Vive Dios que hay perros! Y gallinas, y patos, y cerdos. Pero los gatos son m√°s listos, y nunca dejan que los perros se les acerquen. Ellos salen corriendo —dijo dando una fuerte palmada que asust√≥ a Roberto—, y no los pilla nadie.
 
—Pero lo echar√© de menos mam√°.
 
—Ya lo s√© peque√Īo, y yo tambi√©n.
 
—Y yo Roberto —dijo Francesco—. Calcetines ha sido mi gato incluso antes de conocerte a ti, pero creemos que es lo mejor para √©l, lo mejor para todos.
 
—¿Y estar√° aqu√≠ cuando volvamos de Suiza?
 
—Roberto, no sabemos si vamos a poder volver —dijo Clara.
 
—Pero, si podemos volver —dijo Roberto, y de nuevo estaban brotando las l√°grimas a sus ojos—, ¿podremos venir a por Calcetines?
 
—S√≠ —dijo Francesco—. Si volvemos a Italia, te prometo que lo primero que haremos ser√° volver a por √©l.
 
El conductor se hab√≠a vuelto a meter en el autom√≥vil. Clara esperaba con Francesco a que Roberto terminara de despedirse de Calcetines. Estaban cogidos de la mano, y contemplaban como el ni√Īo jugaba por √ļltima vez con su amigo incondicional. Finalmente el animal comenz√≥ a corretear detr√°s de otro gato y Roberto se acerc√≥ al coche.
 
—Creo que estar√° bien.
 
—Yo tambi√©n lo creo —dijo Clara y los tres se abrazaron.
 
3.
 
A la ma√Īana siguiente ya estaban embarcados, y con m√°s esperanza que tristeza miraban hacia atr√°s, observando como la bella Palermo se hac√≠a m√°s y m√°s peque√Īa. La noche la pasaron en el norte de Italia y a pesar de que estaban agotados, solo Roberto pudo pegar ojo. Se escuchaban peque√Īas escaramuzas de la resistencia que, aunque con suma dificultad, todav√≠a actuaba en aquella zona.
 
El hombre que hasta ese instante les hab√≠a acompa√Īado se despidi√≥ de ellos, y les hizo entrega de las llaves de la camioneta con la que hab√≠an llegado. Se encontraba en un estado bastante lamentable, que nada ten√≠a que ver con el Lambda que les hab√≠a transportado hasta Palermo. Sin embargo, no era el momento de r√©plicas. Los neum√°ticos estaban enteros y ten√≠an bidones de combustible y suministros para llegar a Suiza sin problemas.
 
Ese mismo día, si todo iba bien, cruzarían el paso de los Alpes.

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4.

Los largos abrigos y el pesado armamento de los soldados contrastaba con la apariencia del capitán que, a tenor de las manchas de barro en sus botas, era liviana e impoluta. El cuarto militar permanecía dentro del vehículo, cortando la carretera unos metros más adelante, atento por si tuviera que dar alcance a cualquiera que emprendiese la huida.

—Amartillen sus armas, ya vienen.

Por la carretera ascend√≠a una vieja camioneta conducida por un √ļnico ocupante, en la parte trasera transportaba dos grandes barriles. Al percatarse de la presencia de los militares alemanes, disminuy√≥ notablemente la velocidad, y casi les pareci√≥ que pretend√≠a pararse para dar la vuelta. Finalmente, avanz√≥ hasta donde se encontraban los soldados. Hans se ajust√≥ el casco y levant√≥ la paleta de stop.
 
¡Halt! —grit√≥ temiendo que el veh√≠culo continuase y les arroyase a todos por delante. La camioneta se detuvo y el capit√°n se acerc√≥ con cautela. El conductor se recoloc√≥ en su asiento y baj√≥ la ventanilla.
 
Buonasera
 
Buonasera, come va? —dijo el capit√°n. El conductor se sorprendi√≥ al o√≠r hablar a aquel hombre en italiano y le contest√≥ con el mismo saludo. Le entreg√≥ una cartilla donde constaban sus datos, el capit√°n la recogi√≥, se la meti√≥ en el bolsillo sin mirarla y continu√≥ hablando en italiano—. ¿A d√≥nde se dirige?
 
—Voy a llevar estos barriles a Suiza. Ya sabe usted que en el norte de Italia es dif√≠cil vender alcohol ahora mismo, y en el pa√≠s vecino los precios son mejores.
 
El capitán sacó una bolsita de cuero del bolsillo y sin mediar palabra extendió varios billetes al conductor. A pesar de ser alemán, hablaba un italiano bastante decente, y había comprendido a la perfección lo que aquel hombre quería hacerle creer.
 
—¿Cu√°ntas liras quiere por los barriles? Andiamo, ponga un precio.
 
—Oh, grazie mille —dijo el italiano, m√°s nervioso que complacido—, pero me est√°n esperando en Suiza, y tengo que llevar mi cargamento. Si es tan amable de dejarme pasar…
 
—Los alemanes necesitamos beber. Vamos, no sea estirado. Diga un precio.
 
—No, de verdad, muchas gracias.
 
El italiano se ponía cada vez más nervioso, y en el rostro del capitán se estaba dibujando una amplia sonrisa. Agarró el tirador de la puerta del vehículo y la abrió de golpe.
 
—¡Salga! —La mano del capit√°n se hab√≠a deslizado casi imperceptible hasta la canana que colgaba de su cintur√≥n, y cuando el italiano se quiso dar cuenta, una Luger le apuntaba directamente a la cara—. ¡Vamos, √°bralos! ¡Abra los barriles!
 
El capit√°n se√Īalaba los barriles moviendo la pistola, y cuando el hombre baj√≥ de la camioneta, le empuj√≥ con el ca√Ī√≥n de la Luger para que acelerara el paso. El italiano agarr√≥ una palanca y solt√≥ una cincha met√°lica que sujetaba la tapa de uno de los barriles. Meti√≥ la mano dentro y la levant√≥ acto seguido. El l√≠quido rojo semitransparente del vino tinto se le escurr√≠a entre los dedos y tom√≥ un sorbo.
 
—¿Lo ve? No es m√°s que vino. D√©jenme seguir mi camino, por favor. Yo soy solo un comerciante.
 
—El otro barril.
 
—Por favor, d√©jeme marchar.
 
—¡√Ābralo!
 
El hombre ten√≠a los ojos vidriosos, y estaba a punto de ponerse a llorar. El capit√°n indic√≥ a los soldados con la mano que se acercaran a la parte trasera del veh√≠culo. Despu√©s se√Īal√≥ al barril que continuaba cerrado.
 
—¡Disparen!
 
El italiano intent√≥ decirles que se detuvieran, que abrir√≠a el barril si eso era lo que quer√≠an, sin embargo el sonido de las detonaciones apagaba cualquier palabra que quisiera ser pronunciada. El capit√°n hizo un gesto con la mano en alto, cerrando el pu√Īo y los disparos se detuvieron, pero el sonido segu√≠a rebotando en las monta√Īas una y otra vez. En lugar del transparente l√≠quido rojizo del arom√°tico vino, se derram√≥ otro fluido del mismo color, aunque m√°s espeso. El hombre lloraba desconsolado. El capit√°n descarg√≥ su Luger y el italiano no pudo hacer otra cosa que abrazar a la muerte y dejarse llevar.
 
El Horch se movió liberando el camino y se aproximó a la escena.
 
—Usted —dijo el capit√°n dirigi√©ndose a Hans—, abra el barril y compru√©belo.
El soldado obedeció. Al soltar el cierre, la cincha metálica salió despedida y le golpeó en la mano. Soltó un leve alarido y varios insultos en alemán irreproducibles. Quitó la tapa del barril y miró dentro.
 
—Est√°n muertos, hay dos personas dentro. Una es…
 
—¡Aparte! D√©jeme ver.
 
El capitán se subió a la camioneta y hurgó dentro del barril donde descansaban los cuerpos sin vida. Hans descubrió que se había hecho una raja en la palma de la mano y notaba como si el corazón quisiera salirse por la grieta.
 
—Son ellos. Sucios traidores —dijo el capit√°n y escupi√≥ dentro del barril. Se qued√≥ observando que al soldado le sangraba la mano profusamente—. ¿Est√° bien soldado?
 
—S√≠ se√Īor, solo ha sido un rasgu√Īo.
 
—Est√° bien. Usted —dijo refiri√©ndose a Manfred—. Coja la camioneta y s√≠ganos, debemos presentar los cad√°veres de los traidores al alto mando. ¿Podr√° aguantar hasta que vengan a recogerle?
 
—Me las he visto en peores situaciones.
 
—No se haga el valiente y tapone esa herida. ¡Heil Hitler!
 
¡Heil Hitler! —contestaron los tres al un√≠sono. Manfred repar√≥ en la herida ahora que Hans manten√≠a la mano en alto y le caus√≥ un escalofr√≠o, ten√≠a algunos de los huesos al descubierto.
 
Manfred apartó el cadáver del italiano hasta el asiento del copiloto y arrancaron los sonoros motores. Tras un par de maniobras, la camioneta siguió al Horch carretera abajo.
 
Hans se meti√≥ en la garita, y rez√≥ para que no se acercara ning√ļn veh√≠culo hasta que viniera la ayuda.

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5.
 
El peque√Īo botiqu√≠n met√°lico conten√≠a los √ļtiles necesarios para evitar que se desangrara. Aplast√≥ una pastilla y la espolvore√≥ sobre la herida, despu√©s la cubri√≥ con una tela blanca que pronto se volvi√≥ roja y esper√≥.
 
Se sentía algo mareado y notó como las paredes se movían. Se sentó solo un momento para evitar caerse.
 
—Solo un momento… —dijo en voz alta—. Solo un momento… Solo…
 
El ruido de un vehículo acercándose le despertó de un sobresalto. La venda improvisada estaba adherida a la herida y le dolía horrores, al igual que la cabeza.
 
En el interior había dos personas, el conductor y el copiloto. No sabía de quién se trataba, pero con toda seguridad que no eran alemanes.
 
¡Halt! —dijo levantando la mano buena.
 
Se detuvieron justo delante de él. El soldado gritó varias palabras en alemán, pero los pasajeros no le entendían.
 
—Mi nombre es Fabrizio, ella es Chiara y el ni√Īo se llama Rolando —dijo el conductor lentamente y se√Īalando mientras los nombraba.
 
Hans repar√≥ en que hab√≠a tumbado un ni√Īo en el asiento de atr√°s y sinti√≥ que no ten√≠a todos sus sentidos con √©l. La mujer era guapa, aunque su cara reflejaba puro terror. En el cuello le colgaba un precioso cocodrilo dorado y lo se√Īal√≥ con el dedo.
 
Sin pensárselo dos veces la mujer se lo quitó y se lo entregó.
 
Hans lo puso sobre la venda impregnada en sangre y cerr√≥ el pu√Īo. Se dio la vuelta y con un movimiento de brazo les indic√≥ que continuasen.
 
Chiara pos√≥ su mano a√ļn temblorosa sobre la pierna de Fabrizio y √©l la envolvi√≥ con la suya.
 
—Gracias Eva. Tu desprecio nos ha salvado —dijo Chiara y se gir√≥, observando como las monta√Īas se cerraban detr√°s de ellos.


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