NORMALIDAD
Juan era una persona normal. Al menos todo lo normal que se puede llegar a ser teniendo tres cabezas.
No nació así, sino que fueron creciendo con el tiempo. A los diez años se dio cuenta que algo pasaba cuando la verruga del cuello le metió un mordisco en el dedo. Era molesto sentir como se mezclaban los pensamientos, pero lo peor era cambiar de ropa cada vez que le crecía una cabeza nueva.
Al final cada apéndice tenía su propia voluntad. Juan, Jesús y Jorge de izquierda a derecha. Juan, el primero, era bastante tozudo. Obstinado hasta la médula, donde las cabezas se unían, siempre lograba lo que se proponía. A Jesús, el más soñador, le gustaba silbar y tararear, lo que ponía de los nervios a Jorge, quien repeinado oteaba el horizonte en busca de una buena fémina disponible.
A los treinta sus amigas Bea, Blanca, Bego y Belén se encariñaron del raro amor tricéfalo. Complicado arreglárselas con tres cabezas, la relación tenía los días contados.
Hasta que Jorge fue mordido por una verruga.
No nació así, sino que fueron creciendo con el tiempo. A los diez años se dio cuenta que algo pasaba cuando la verruga del cuello le metió un mordisco en el dedo. Era molesto sentir como se mezclaban los pensamientos, pero lo peor era cambiar de ropa cada vez que le crecía una cabeza nueva.
Al final cada apéndice tenía su propia voluntad. Juan, Jesús y Jorge de izquierda a derecha. Juan, el primero, era bastante tozudo. Obstinado hasta la médula, donde las cabezas se unían, siempre lograba lo que se proponía. A Jesús, el más soñador, le gustaba silbar y tararear, lo que ponía de los nervios a Jorge, quien repeinado oteaba el horizonte en busca de una buena fémina disponible.
A los treinta sus amigas Bea, Blanca, Bego y Belén se encariñaron del raro amor tricéfalo. Complicado arreglárselas con tres cabezas, la relación tenía los días contados.
Hasta que Jorge fue mordido por una verruga.
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