MI FUTURO PASADO

El camarero sirvió dos cervezas tan frías que la boca de las jarras todavía mantenía varias protuberancias heladas. Henry le propinó un prolongado sorbo a la suya y la devolvió a la mesa de roble con un golpe, lo que hizo que una lasca de hielo se deslizase lentamente.

—El mejor momento del día —anunció Tom que hizo lo propio con su birra.

—Sin lugar a duda —replicó Henry limpiando su mostacho de espuma con el dorso de la mano—. ¿Qué tal te va en el curro, Tom? Hace mucho tiempo que no nos vemos.

—No me puedo quejar, porque si me quejo, me largan. —Estiró una sonrisa forzada y Henry le contestó con una única carcajada.

—Igual que yo. Tú por lo menos trabajas con animales, en mitad del campo. Puedes disfrutar de la naturaleza…

—¡Oh, sí! ¡El aroma a boñiga fresca al amanecer es muy natural! Es muy… ¿Cómo dicen ahora? ¿Biológico?

—Ecológico. Creo.

—Bueno da igual. Preferiría cien millones de veces dar el callo en un sitio como el tuyo. Fresquito en verano y calentito en invierno. Eres todo un privilegiado.

—¡Pero si yo limpio la mierda de los demás igual que tú, Tom!

—No irás a comparar pasar la fregona por el suelo de un laboratorio con recoger mierda de caballo a paladas.

—Y pensar que cuando era un chaval me pasaba las tardes intentando descifrar los acertijos que la CIA ponía en su web... —dijo Henry dándole vueltas a la jarra empujando el asa con un dedo—. Te aseguro que tus animales son más inteligentes y más educados que los capullos de batas blancas y pelo engominado que hay en el laboratorio donde trabajo.

—¿No hay mujeres? —prosiguió Tom y vació más de la mitad de la bebida—. Seguro que te alegras la vista de vez en cuando.

—Por supuesto que las hay. Tres tipejas estiradas, que se maquillan como Greta, la de los Gremlins.

—¿Greta Garbo? ¿La actriz?

—¡Qué coño! —espetó Henry y apuró la jarra con cinco largos tragos—. ¿Pero en qué época vives tú, Tom? ¡Greta, cojones! ¡El Gremlin que se transforma en mujer!

—Hostia, tío. Eres muy friki.

—Es posible, sí. Aunque no me parece que sea algo malo. —Se quedó mirando por la ventana, con la vista fija en un cuarentón que llevaba de la mano a un niño pequeño—. ¿Sabes qué? Cuando paso el mocho en el laboratorio y me muevo entre los científicos, veo todo lo que hacen. Me viene a la mente el padre de Bruce Banner en la película de Hulk, aunque yo soy más como la limpiadora de La forma del agua.

—¡Tío! ¡Háztelo ver! —dijo Tom y se puso a silbar dibujando círculos con su dedo índice en la sien.

—No, joder. En serio. Conozco al personal del laboratorio, sé cuándo entran, cuándo salen, y para qué sirve cada una de las máquinas. Estoy seguro de que si me empeño, podría hacerlas funcionar si quisiera.

Tom arrugó el labio inferior demostrando indiferencia. Después también apuró su cerveza y contestó con un sonoro eructo—.

—¡Joder! Perdona, Henry. Me ha salido así, de repente. —Otro pequeño eructo trató de abrirse paso, pero cerró los labios e hinchó los mofletes para detenerlo—. Sigue, por favor.

—Si tú pudieras… Si tuvieras una…—Henry chasqueó la lengua—. ¡Bah! ¡Da igual! Te estoy aburriendo.

—¡Que no, hombre! Habla. Te estoy escuchando. ¿Si yo pudiera qué?

—Si tú tuvieras acceso a una máquina, que no digo que yo lo tenga, con la que podrías mandar mensajes al futuro… ¿La usarías sin importarte las consecuencias?

Por un momento, Tom le miró a los ojos sin ni siquiera pestañear. Se rascó la cabeza y, de golpe, soltó una risotada que pulverizó decenas de gotas de saliva en el rostro de Henry.

—¡Menuda gilipollez! ¡Camarero, ponme otra de estas! ¡Me va a hacer falta para seguir escuchando tantas idioteces!

—Vete a la mierda, Tom. Estoy hablando en serio, tronco. —Levantó la mano indicándole un dos con los dedos al camarero.

—¿Tronco? ¿Pero qué narices te pasa hoy? ¿Mandar mensajes al futuro? ¡Eso es como una cagada de pájaro en el cristal del coche! ¡No vale para nada! ¿Y tú eres el friki de las películas? ¿De qué sirve que le digas al Henry de dentro de dos años que sigues siendo igual de pringado que hace diez? ¡Como si te pica el ojete! ¡Tío! ¡Eso no vale una puta mierda! Para eso apúntalo en un papel, guárdalo en un cajón y ábrelo cuando te dé la gana. Es como esas cápsulas del tiempo que hacen los críos en el colegio. —Finalizó Tom y resopló dejando vibrar sus gruesos labios.

—Entiendo —dijo Henry sonriente, contento de haber llamado la atención de su amigo—. ¿Y si fuera al pasado?

—Bueno, en ese caso… —El camarero entregó dos nuevas cervezas que los interlocutores probaron con más calma que las primeras. En esta ocasión, Tom notó cómo la fría bebida le golpeaba en el paladar y bajaba helando su garganta, dejándole un suave dolor pasajero—. En ese caso sería interesante poder toquetear esa maquinita. Oye, Henry. Esto que estamos hablando, ¿no estarás pensando en hacerlo? Es decir, los del laboratorio donde trabajas no tienen esa máquina, ¿no?

—¡Oh! ¡No, no, no! Es solo una teoría. ¡Pues claro que la tienen, idiota! ¡Te lo llevo diciendo desde hace un rato!

—Hostias —dijo Tom tapándose la boca con la mano—. Hostias, hostias, hostias —farfulló entre los dedos—. ¿Y ellos pueden mandar mensajes al pasado? ¿En serio?

—Eso parece. Aunque solo mandan mensajes que llaman «de control». Nada que pueda resultar peligroso.

—Estoy flipando ahora mismo. Podríamos ganar mucha pasta con eso.

—Esa es la idea, sí.

—¿Y a qué momento del pasado? ¿Dos semanas? ¿Dos meses?

—Algo más…

—Algo más… ¿Cuánto?

—Bueno, ellos pueden afinar más, pero en mi caso los mensajes se enviarían al momento justo en el que la máquina se puso en marcha en el año 2010.

—Pero en ese año tú todavía no trabajabas en el laboratorio. ¿Verdad?

—Correcto. Ese es el problema.

—¿Y no hay una manera de ajustar eso?

—Mírame, Tom. ¿Tú me ves cara de científico?

—Te veo cara de pajillero, pero me caes bien.

—Que tonto eres. Bastante que me he enterado de cómo ponerla en marcha. Parece que de manera automática envía los mensajes al primer momento que le es posible hacerlo, y eso es cuando la encendieron por primera vez.

—Vale —dijo alargando la primera sílaba—. Entonces, según tú, cuando el tipo que fabricó el aparato lo encienda verá tu mensaje. ¿Es así? —Henry asintió—. ¿Y qué le dirás? «¿Hola, soy el tío que vaciará tu cubo de basura dentro de unos años? ¿Me puedes pasar a mí mismo cuando me veas, la combinación ganadora de la lotería que te voy a mandar?»

—Sí, pero no exactamente así. Tratándose de un evento único, como puede ser el caso, es de suponer que ese tío esté rodeado de gente bastante poderosa. ¿Tu primo Denis sigue siendo bueno con los ordenadores?

—El mejor.

—Pues antes de hacer nada necesitaremos que nos consiga algo de información.

—Dalo por hecho.

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—Vamos, Dave. ¡Póngalo en marcha! Por el amor de Dios. Estamos todos esperando —dijo un hombre trajeado que presionaba el interfono.

—Sí, señor. En seguida, señor.

El operador de la máquina se puso unos cascos para protegerse los oídos y retiró la cubierta de plástico que escondía un pequeño botón rojo. Lo pulsó y la máquina empezó a generar un zumbido cíclico cada vez más intenso, como si se tratase de una turbina que se está acelerando. Los hombres trajeados, que se encontraban detrás del cristal protector, se taparon los oídos y tras cinco minutos una señal luminosa parpadeante en la gran pantalla les hizo aplaudir.

☲ RECIBIENDO MENSAJE ☱

Un general uniformado, con más condecoraciones que tela en el traje, les ordenó mantenerse en silencio mientras varias líneas de texto se iban escribiendo como si una máquina las estuviera mecanografiando letra a letra.

La comitiva de hombres trajeados observaba el panel casi sin pestañear. Cuando la pantalla se llenó, el texto comenzó a desplazarse hacia arriba con cada nueva línea. Después una serie de números sin sentido comenzaron a emerger uno detrás de otros formando líneas interminables. Finalmente, tras varios minutos el cursor se detuvo.

Pasados unos segundos el texto desapareció y se mostró en la pantalla una nueva señal parpadeante.

☲ MENSAJE FINALIZADO ☱

—No es posible —dijo alguien desde atrás.

Otro hombre trajeado trató de realizar una llamada, sin embargo el general le arrebató el teléfono de las manos antes de que pudiese ni siquiera encender la pantalla.

—Ni se les ocurra decir nada de lo que han visto. —Otro hombre, el cual sudaba hasta por la papada, agarró la manivela de la puerta, pero esta no se abrió—. De aquí no se mueve nadie. Entreguen sus teléfonos al capitán Robberts. Compruebe eso, capitán. Si es verdad lo que ponía ahí, publiquen el código tal y como nos lo han solicitado.

—Pero no sabemos con seguridad quién ha podido enviar ese mensaje, señor.

—Si es cierto lo que dicen, da igual quien lo haya enviado. Hay que publicar el código, destruir la máquina y rezar. No tenemos otra opción.

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Henry untó tanta mantequilla en la tostada que la masa amarillenta era casi más gruesa que la capa de jamón cocido. Preparó la bandeja con el sándwich e incluyó un vaso de zumo de naranja, no sin antes tomar un sorbo para comprobar si estaba lo suficientemente dulce. La acidez de la bebida le hizo salivar, de modo que le añadió un poco de sirope y lo removió vigorosamente.

Se sentó frente al ordenador y, como cada tarde, desplegó la página de la Agencia Central de Inteligencia. Nunca había conseguido resolver los acertijos de la CIA, pero le resultaba entretenido mirarlos mientras merendaba y, en ocasiones, ocupaba gran parte de las tardes con ellos.

La primera secuencia de números le resultaba familiar y no sabía por qué. En cierta ocasión, determinó que si alguna vez tenía que codificar algo lo haría igual que en la película de… No era posible. Resultaba absurdo, porque para eso él mismo tendría que haber escrito aquel código. Un hormigueo le subió desde el estómago y empezó a escribir posibles combinaciones. Total, por intentarlo no perdía nada. Tras varios folios llenos de tachones rodeó las palabras «silencio, lotería y Tom», y lo volvió a comprobar. Era correcto. Los únicos números que no había utilizado eran una combinación y una fecha.

En la parte inferior de la página web un nuevo letrero anunciaba que si eras capaz de descifrar el enigma debías enviar la solución por correo electrónico y un agente se pondría en contacto contigo para reclutarte. Llevaba tiempo tratando de resolver aquellos acertijos y nunca había visto aquel enorme letrero, de modo que pensó que si enviaba la respuesta tendría una corta vida. Estaba claro. Y si alguien lo resolvía y, en lugar de ponerse en contacto con los espías, lo que quería conseguir era cobrar el premio, solo tenía que cerrar la página y seguir conectándose todas las tardes como si nada hubiera pasado. Eso y llamar a Tom para contárselo. Solo a Tom. Aunque tal vez no fuera buena idea utilizar el teléfono. Notó cómo el puntero del ratón se movía. Definitivamente no lo era.

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—¿Todavía no lo ha resuelto nadie? —preguntó el general. Bajo sus ojos ahora se mostraban dos grandes bolsas debido al agotamiento.

—No, señor. Hemos recibido varios mensajes, pero, según nuestros técnicos, nadie ha dado con la solución.

—¿Y los técnicos tampoco han podido resolverlo?

—No, señor. Ellos dicen que necesitan una clave decodificadora para poder hacerlo, y desconocen cuál puede ser. No encuentran ninguna relación entre los números.

—¡Maldita sea! —dijo el general golpeando la mesa con el puño cerrado—. Disculpe, capitán. Tengo que llamar al presidente y despedirme de mi familia, por suerte todos ellos ya están fuera del continente americano. Me temo que nosotros jamás volveremos a ver un nuevo amanecer.

—Fue un placer servir con usted, mi general —dijo el capitán saludando con la mano en la frente.

—Le honra haber permanecido aquí hasta el último momento —contestó el general y, poniéndose firme, le devolvió el saludo militar.

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Dos meses después Henry y Tom se sentaban delante del televisor con el boleto de lotería en la mano. Cuando la locutora terminó de recitar la combinación ganadora se quedaron petrificados por unos segundos. Luego rompieron a reír y después a llorar. Tan pronto como consiguieron recuperar la compostura Tom lanzó la pregunta.

—¿Cómo sabía la CIA la combinación que iba a salir ganadora?

—No tengo ni idea, aunque me temo que, por el enorme letrero que pusieron al final de la página, ellos tampoco sabían la respuesta. Supongo que nadie más ha sabido resolverlo. ¡Oh, madre mía! Me va a dar algo —Henry se puso la mano en el pecho y notó cómo su corazón latía cada vez más fuerte.

—Entonces, ¿cómo lo has resuelto tú? Tienes que explicármelo.

—¿Sabes qué tienen en común Help me Rhonda, On Brodway y Downton?

—Ni idea.

—Pues trae un par de birras y disfrutemos de la película.

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CURIOSIDADES DEL RELATO:


De acuerdo con la Teoría de la Relatividad General de Einstein, el tiempo se ve también afectado por la gravedad. Ya está comprobado que los relojes de satélites en órbita muestran una ligera diferencia de tiempo con los relojes de la Tierra si no se los actualiza para ser compensados.

El Dr. Ronald Mallett sabía que la gravedad podría afectar al tiempo, y que la luz podía crear gravedad. Reflexionó y reflexionó, y luego en su momento golpeó “Eureka”. ¡Rayos láser!

Recordó de su anterior trabajo con láseres que un anillo láser crea luz circulante. “Tal vez la luz circulante haría lo mismo con la gravedad que un agujero negro en rotación”, pensó. Se preguntó si un anillo láser podría ser utilizado para girar el tiempo/espacio en un círculo presente, futuro y de retorno al pasado.

Si el láser podía crear tal círculo, la información podría ser enviada al pasado en forma binaria. Los neutrones giran, explicó Ronald Mallet. Una cadena de neutrones podría ser dispuesta de tal forma para que algunos neutrones estuviesen arriba y otros abajo, representando 1s y 0s respectivamente, creando así un mensaje binario.


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Es bastante probable que vosotros tampoco sepáis qué tienen en común Help me Rhonda, On Brodway y Downton, y que todavían no sepáis en qué código se ha basado Henry para codificar el mensaje, o sí. Para aquellos nostálgicos del cine de los 80 no os será difícil recordar aquella escena en la que los amigos de un robot con alma humana se encontraban encerrados en una cámara frigorífica sin posibilidad de escapar con vida. El androide, con cadenas de tanque en lugar de piernas, se las ingenió para enviar un mensaje de rescate codificado.
 
Os dejo un artículo donde podréis ver desarrollada toda la historia, y más abajo os dejo el vídeo de la película donde Rhonda, la protagonista, descubre que Johnny 5 le ha dejado un mensaje en clave y tiene que acudir a su rescate. Me parece una escena sublime y, si os apatece, podéis aprovechar para volver a ver a la película.
 
Aquí tenéis el artículo: Las canciones del rescate de Cortocircuito 2.
 
Y aquí os dejo el vídeo del rescate y algunas escenas finales (no las veáis si tenéis a mano la peli). ¡A disfrutar!



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Comentarios

  1. 👏🏻👏🏻👏🏻😅yo también quiero la combinación de la primitiva 🤣🤣💪🏻✍️😘

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    1. ¡Y yo! Los científicos se piensan mucho las cosas. ¡Me importará a mí la continuidad del espacio-tiempo! 😄🍻

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  2. Me han encantado los detalles del hielo en la jarra de cerveza... es como si estuviera bebiendo con ellos.
    Por otro lado, me horroriza pensar en el poder de las máquinas.
    Un bonito momento. Gracias

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    1. Es maravilloso que hayas podido saborear esa cerveza. 🍺

      El poder de las máquinas siempre viene supeditado al humano que las maneja, tal vez eso lo realmente peligroso.

      Gracias a ti por leerme cada semana. 🙋🏻‍♂️📖💙

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  3. Yo tb quiero tener una máquina para saber un montón de cosas es fantástico mira que a mí los relatos de ciencia me atrapan menos pero este es genial eres bueno , muy bueno con tus relatos .por favor quiero los resultados de la primitiva 😆😆😆

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    1. Los resultados de la primitiva serían demasiado, yo solo me conformo con una máquina que me diga dónde están las cosas que he perdido.

      ¿Estarán en un universo paralelo? ¿Hay un duende que las esconde por las noches?👣

      ¡Venga ya! Se me acaba de ocurrir otro relato...

      😄📖💙

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