NOMBRE EN CLAVE: TOBÍAS - PARTE 1





La temperatura en el interior del edificio era más que agradable, de modo que se desabrochó el abrigo sin prisa y se lo colgó en el antebrazo. Se levantó el sombrero de fieltro, se acercó a la ventanilla del vigilante y tocó el cristal con los nudillos. El cristal era demasiado grueso como para producir el sonido que esperaba, aunque el funcionario sacó su nariz de la novela de igual modo. Eso sí, colocó el marcapáginas en su sitio antes de cerrarla.

—Buenos días. Soy Thomas Bernhard.

El acento del hombre era claramente alemán, lo que no le resultó extraño al funcionario. Quizá un poco exagerado, pero él solo hablaba español y chapurreaba algo de inglés, así que no era nadie para juzgarlo y, lo que es más, por allí pasaban toda clase de personajes de diferentes países, cada cual más peculiar. Un tío con pinta de nazi, que hablaba raro y demasiado repeinado, no era nada fuera de lo normal en aquellas instalaciones.

—Un momentito, caballero. —Dijo Jaime, el vigilante, mientras bebía un poco de agua.

Había obtenido la plaza hace bastantes años, algo así como veinte, de modo que las aventuras para él habían terminado. Se limitaba a pasar lista, como le decía su mujer en tono irónico, y a poner el cazo a final de mes. Tomó la carpetilla de control de accesos de la bandeja que descansaba sobre el escritorio y buscó el nombre del tipejo en el listado.

—Por supuesto. Esperrarré un momentito. España está llena de momentitos —alegó el alemán forzando tanto el acento que casi resultaba cómico. Jaime lo miró por encima de las gafas, aunque no le dio más importancia al comentario. Rarito e imbécil.

—Bernhard, Thomas. Aquí está. Llega usted un poco temprano. ¿Es la primera vez que viene? Su cara me es familiar —preguntó mirándole a los ojos, pero Bernhard ni siquiera parpadeó. Tomó el bolígrafo que estaba sujeto a la tablilla con un cordel e hizo una pequeña equis en la casilla en blanco al lado del nombre. Rarito, imbécil y rancio. El paquete prémium—. Firme aquí, por favor.

—Sí, sí, sí. Por favor, tengo bastante prisa.

—Claro. No hay problema. ¿Cuál es su número de acceso?

El funcionario levantó la hoja de firmas y una cartulina opaca que tenía debajo, doblándolas por la pinza, y comprobó otro listado. Bernhard entrecerró los párpados y recitó el número de memoria.

—071909301216.

—¿Nombre en clave del sujeto?

—Tango.

Recordaba a los sujetos Bravo, Belén según la llamaban los científicos, ya que sonaba más amable, y a Foxtrot, o como todos lo conocían, Francisco. Los dos habían desaparecido de las instalaciones desde hacía semanas, y no parecía que fueran a volver. Francisco sobre todo porque, antes de desaparecer, arrancó media oreja del supervisor de un solo mordisco.

—Está bien. Voy a avisar al supervisor.

Levantó el teléfono y, tras dialogar durante unos segundos, colgó y volvió a llamar a otro número. «Está aquí», fue todo lo que dijo. Rebuscó en los cajones y extrajo un grueso sobre color crudo sin ninguna inscripción. En él, sujeta con un clip, la mitad de una cuartilla de papel con solo tres palabras escritas indicaba el destino del sobre: «Para el alemán». Debajo de la frase, un amplio garabato del supervisor cubría gran parte de las palabras de la nota, lo que denotaba una soberbia infinita. La firma típica de alguien que se considera por encima de los demás, aunque realmente fuera un soplapollas. Bernhard estaba empezando a sudar, a pesar de que ya no llevaba la chaqueta, y su pulso se estaba acelerando. Sentía que algo no iba bien.

—¿Lleva usted su identificación?

—Por supuesto. —Sacó la cartera del bolsillo y mostró su carné.

El funcionario lo sujetó, comprobó la foto de Bernhard y le dio un vistazo a los datos personales. El tal Bernhard se le acercó, y pudo oler su perfume, un empalagoso olor a palomitas que le golpeó como un mazo. De pronto, recordó que el sábado tenía una fiesta de cumpleaños y no había comprado ningún regalo. El cumple de su amiga Andrea. ¿O tal vez la fiesta había sido la semana pasada? ¿O hace veinte años?

—Vaya, creo que estoy teniendo un «déjà vu» de esos.

—¿Disculpe? —dijo Bernhard, pero no obtuvo respuesta.

A Jaime le sobrevino la imagen de una larga mesa que Andrea solía colocar en el jardín. Bandejas de sándwiches, refrescos y galletitas saladas por doquier. Andrea tenía doce años y él por lo menos trece, o treinta y tres. Daba igual, ese olor a palomitas dulces era realmente maravilloso. Devolvió el carnet a Bernhard mientras el pegajoso aroma continuaba inundando su cerebro.

Todavía no había guardado el documento cuando el funcionario se dio cuenta de que lo había mirado por inercia, como de manera automática, y no recordaba haber leído el nombre del tal Bernhard. Su mirada había pasado por encima del carnet como el que ojea un periódico y tiene a alguien ladrándole en la oreja, escupiendo palabras a las que no prestas atención, pero que igualmente no dejan que te concentres. La única solución era volver a leer el mismo párrafo una y otra vez hasta que la persona se cansaba de hablar, sin embargo, no estaba dispuesto a pedirle a aquel alemán estirado que le devolviera el documento con la pobre excusa de que no lo había comprobado correctamente. Eso era poco profesional, y además la foto coincidía, así que no le dio mayor importancia.

—Tenga esta tarjeta identificativa. Debe colocársela en el bolsillo de la camisa y… —Se detuvo en la explicación—. Bueno, qué tontería. Usted ya sabrá de sobra cómo funciona esto.

—Sí. Nosotros, en Berlín, también solemos llevar colgada nuestra identificación y entregamos esos ridículos pases para visitantes.

—Entiendo. Nunca he estado en las instalaciones de Alemania, pero veo que sus jefes son igual de tocapelotas que los nuestros.

—¿Toca pelotas?

El funcionario hizo una pausa. No se sentía con ánimos de explicar lo que era un tocapelotas a aquel pedazo de tocapelotas. Además, cabía la posibilidad de que el alemán fuera contando por ahí que el vigilante de la entrada iba insultando a sus jefes, así que no le pareció buena idea comentar la definición del insulto.

—Da igual. Solo tenga en cuenta que debe llevarla en todo momento y, lo que es más importante, devuélvala al salir.

La tarjeta era bastante sencilla, una gran letra uve sobre fondo grisáceo con la leyenda «VISITANTE» escrita debajo. El alemán sujetó la pinza de la tarjeta al bolsillo de su camisa y esperó a que el funcionario saliera de su garita. Jaime giró la llave, dio un golpecito a la puerta de madera maciza, y bajó la manivela para comprobar que estaba cerrada.

—Por favor, sígame señor Bernhard.

El alemán asintió y respiró aliviado. El pasillo era lo suficientemente largo como para perder la cuenta de las puertas que iban pasando. Estas eran de acero, un acero tan robusto que se asemejaban a las de las cajas fuertes de los bancos, y las luces, blancas como las de los quirófanos, no dejaban un solo rincón sin iluminar. De hecho, había tanta luz que sus sombras se estiraban y se encogían con timidez mientras caminaban. El sonido hueco de sus pasos era el único sonido que se escuchaba, lo que le hacía pensar que estaban solos en esa ala, o bien... El funcionario se detuvo ante la puerta número 81-B, se giró y posó el índice sobre sus labios. Un letrero que colgaba sobre el tirador advertía que había un ensayo en marcha y que no se podía molestar. Estaba tan cerca. Solo tenía que introducir el código para abrir la puerta y…

—Pase aquí —dijo abriendo la sala 81-A, justo al lado de la anterior—. El supervisor vendrá en unos minutos. Me ha dicho que le entregue este sobre.

—Gracias —Entró en la sala, donde no encontró más que una mesa con una silla a cada lado y un armario de aproximadamente su misma altura. Iba a hacer un comentario sobre el mueble en el momento que, detrás de él, se escuchó un golpe metálico y el funcionario cerró la puerta con doble vuelta de llave.




—Me cago en mi suerte —dijo el supuesto alemán, cuyo acento había desaparecido por completo en un abrir y cerrar de ojos. La habitación olía a tabaco y a sudor rancio, al igual que en las otras ocasiones, y el armario estaba cerrado como de costumbre. Solo el supervisor tenía la llave, de modo que no le quedó más remedio que tomar asiento, dejar su sombrero en una esquina de la mesa y retirar el hilo sellado con cera para leer el contenido del informe.






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