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VLAD

En la aislada ciudad de Yurga, donde los ecos de la antigua Uni贸n Sovi茅tica resuenan con demasiada intensidad, Vlad se oculta de los fantasmas del pasado. El retiro que saborea se ve truncado por una mujer que lo pone todo patas arriba: una bella ucraniana de pelo rubio, Svetlana, de la que cuentan historias casi incre铆bles... Saber m谩s.

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NOMBRE EN CLAVE: TOB脥AS - PARTE 6

Publicado el 12 de NOVIEMBRE de 2021 a las 17:00 h

Tob铆as se percat贸 de que el vigilante estaba sacando el arma, de modo que baj贸 la vista hacia el suelo de baldosas hidr谩ulicas, unas horripilantes baldosas de rombos que confer铆an un aspecto m谩s fr铆o y t茅trico a toda la instalaci贸n si cabe, y se retir贸 de la cabeza de Andr茅s, aunque solo un poco. Lo suficiente para dejar que la consciencia de su amigo le escuchase y le habl贸. Para cuando se hubo retirado del todo, Andr茅s supo, entre otras cosas, que Tob铆as jam谩s volver铆a a meterse dentro de su cuerpo y eso le hizo sentirse aliviado. Se gir贸 sobre sus talones y dio la espalda al vigilante y al supervisor.

—¡Quieto! —dijo el vigilante apunt谩ndole directamente con el arma—. ¡No te muevas o te meto un tiro!

—Mirad. —Andr茅s se帽al贸 al monitor sin que la pistola le atemorizase lo m谩s m铆nimo—. Se ha levantado.

En la peque帽a pantalla se observaba a Tob铆as quien permanec铆a de pie con los tobillos engrilletados a las patas de la silla. Levant贸 sus manos esposadas, pero la cadena que lo amarraba a la mesa se tens贸 impidiendo que pudiera subirlas m谩s arriba del pecho.

—No sab茅is lo que hab茅is hecho —afirm贸 Andr茅s. A partir de ahora y siempre, el verdadero Andr茅s.

—Jaime —dijo el supervisor—, ll茅vatelo a una celda y dile al alem谩n que estamos solucionando un peque帽o problema. Com茅ntale que enseguida...

Lo primero que fall贸 fue el monitor. La imagen de Tob铆as tratando de zafarse de sus ataduras dej贸 paso a la t铆pica nieve que aparec铆a cuando no hab铆a ning煤n canal sintonizado. El vigilante y el supervisor lo miraron at贸nitos. Al regresar la imagen, Tob铆as, que esbozaba una sonrisa de oreja a oreja, cerr贸 los ojos y respir贸 profundamente. Como por arte de magia, las esposas de sus manos se abrieron solas, al igual que los grilletes de los tobillos. A pesar de que el aparato no ten铆a altavoces, pudieron escuchar el ruido met谩lico de cadenas al caer al suelo en la habitaci贸n de al lado. Se apart贸 de la mesa, y alarg贸 las manos hacia la c谩mara, mostr谩ndoles a trav茅s del monitor que estaba completamente libre. La cara del supervisor, ya de por s铆 blanquecina, tomaba un color gris谩ceo por momentos. Tob铆as extendi贸 los brazos hacia el techo y al bajarlos con un 煤nico y r谩pido movimiento, las luces de toda la instalaci贸n se apagaron.

El disparo se produjo tan pronto como se apagaron las luces. Por suerte, Tob铆as hab铆a advertido a Andr茅s que se arrojase al suelo en cuanto se quedaran a oscuras, por lo que pudiera suceder. As铆 fue como pudo quitarse de delante del arma con la suficiente antelaci贸n como para no recibir un taponazo en el pecho. La bala pas贸 rozando su oreja, aunque el estruendo de la detonaci贸n le impidi贸 escuchar el silbido del proyectil. Otra mentira de las pel铆culas. Lo que s铆 experiment贸 fue un pitido de o铆dos, que unido a la oscuridad result贸 terriblemente desconcertante. Cuando se palp贸 la sustancia viscosa que chorreaba de su pabell贸n auditivo supo que era sangre, y descubri贸 que hab铆a estado m谩s cerca de morir de lo que pensaba.

—¡No dispares, gilipollas! —dijo el supervisor, quien se hab铆a tirado al suelo por instinto al escuchar el disparo.

—Se me ha escapado. Lo siento.

—Bueno, ya da igual. No veo una mierda. —Tante贸 las paredes buscando algo con lo que orientarse, pero solo consigui贸 darse un golpe en la espinilla. Se aguant贸 el chillido, aunque de buena gana se hubiera acordado de la promiscua madre de alguien—. ¿Le has dado?

—Creo que s铆, porque no se mueve nada excepto nosotros. Estoy buscando la puerta.

—Espero que no lo hayas matado, tenemos que hacerle unas cuantas preguntas. —Manose贸 el monitor y supo que hab铆a chocado contra la estanter铆a que lo sujetaba—. ¿No ten铆as una linterna?

—S铆, pero como ya era de d铆a no pensaba que fuera a necesitarla. Est谩 en la garita.

—¡Pues ve y tr谩ela, joder!

—Eso es lo que intento...

Hab铆a alcanzado el marco de la puerta y buscaba desesperadamente la manivela para abrirla, cuando escuch贸 un crujido fuera de la habitaci贸n. Si hubiera abierto la puerta en ese preciso momento, podr铆a haber observado c贸mo chisporroteaba el mecanismo de apertura de la sala 81-B. Cada chispazo iluminaba la puerta donde se encontraba Tob铆as, abri茅ndose como si alguien proyectara esa realidad fotograma a fotograma. Acertadamente, el vigilante no lleg贸 a contemplar la escena porque solt贸 la manivela de la sala 81-A y retrocedi贸 un paso.

—Creo que la puerta de al lado se ha abierto.

—Lo s茅, no soy idiota —dijo el supervisor—. ¿Te quedan m谩s balas en la pistola?

—Solo he gastado una, todav铆a me quedan siete. —Se llev贸 la mano a la pistola Astra 400 que 茅l mismo hab铆a devuelto a su funda para evitar pegarse un tiro por accidente.

—Pues sal al pasillo y detenlo.

—S铆, claro —dijo tanteando la puerta sonoramente sin ni siquiera tocar la manivela.

—¿Pero qu茅 hace? ¡Abra la puerta de una vez!

—Ya voy. Una…, dos… —se dijo en voz baja—, y tres.

Sali贸 al pasillo como alma que lleva el diablo, trotando bajo la poca luz que entraba desde la entrada del edificio. Los zapatos con suela excesivamente desgastada, casi lisa, no eran el mejor calzado para correr sobre baldosines, por lo que al tratar de disminuir la velocidad para entrar en la garita resbal贸, o eso pens贸 al principio. Porque su pie derecho se desliz贸 hacia un lado como si tuviese vida propia y su cabeza fue a dar contra el suelo, lo que provoc贸 que se abriera una profunda brecha en el p贸mulo. Por un momento dio las gracias de no haber tenido la flamante idea de ir corriendo con la pistola en la mano, porque entonces podr铆amos estar hablando de sesos desparramados o tripas agujereadas. Medio a gatas, entr贸 en la garita y tom贸 la linterna del segundo caj贸n. Ahora s铆, sac贸 la vieja Astra de su funda, enfoc贸 con la linterna hasta el final del pasillo y pos贸 el arma encima, haciendo que coincidieran sus trayectorias por si acaso ten铆a que dispararla.

Una sombra se dibuj贸 al final del corredor.

—¡Alto! —dijo Jaime mientras la pistola y la linterna traqueteaban anunciando su nerviosismo—. ¡No…, no te muevas! —fue lo 煤ltimo que dijo antes de mearse encima.

—Tranquilo —dijo Tob铆as levantando las manos—, no me voy a mover de aqu铆.

El miedo que sent铆a Jaime era mejor incluso que las palomitas dulces. Tob铆as casi no tendr铆a que esforzarse para entrar en la cabeza del vigilante, pero no quer铆a descubrir toda la porquer铆a que habr铆a all铆 dentro. As铆 que, se sent贸 en el suelo con las piernas cruzadas, escuch贸 como Jaime gritaba algo desde el fondo, y apoy贸 sus manos en las rodillas antes de cerrar los ojos.

El vigilante se acerc贸, paso a paso, con sumo cuidado de no caerse, pero de nada le sirvi贸, porque cuando estaba a tan solo dos metros de Tob铆as, su pie volvi贸 desplazarse hacia un lado haciendo que perdiera el equilibrio. Gir贸 la cara para evitar golpear de nuevo con el p贸mulo en el suelo y golpe贸 con la sien. La pistola sali贸 dando vueltas hasta chocar contra la pared. Tob铆as se levant贸 sin prisa, fue hasta el arma y la recogi贸. La observ贸 un instante y, sin pens谩rselo dos veces, descerraj贸 dos tiros sobre las pelotas de Jaime. Uno impact贸 en el muslo y el otro hizo diana. Los gritos del vigilante comenzaron y Tob铆as sinti贸 que alguien se le acercaba por detr谩s.

Suelo de baldosas hidr谩ulicas

¡Un abrazo, lectores!

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Comentarios

  1. V铆ctor acabo de leer el relato ,tengo la ligera impresi贸n de que todav铆a no ha acabado muy bien lo que Tob铆as le hizo a Jaime,y por fin libre . Pobre Andr茅s tan valiente y tan solidario eso me ha gustado mucho

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    1. Andr茅s es enorme, y para eso hace falta cerrar la historia con un ep铆logo.馃槑

      No va a resolver nada, la historia ya est谩 terminada, pero hay que dejar la puerta abierta para la saga.馃摎

      Un abrazo fuerte y gracias por estar ah铆 todas la semanas. 馃槝馃摉馃挋

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