LAS NOCHES DE RANDALL - LIBRO COMPLETO

CAP√ćTULO I - MEMENTO MORI

1.

La fiesta en casa de Thomas Carver no hab√≠a resultado exactamente un √©xito para todos los participantes, y mucho menos para √©l. El est√ļpido anfitri√≥n hab√≠a terminado bajo las s√°banas con una tal Juliette, algo que envidiaba la mayor√≠a de los babosos asistentes. En cambio, solo a un aut√©ntico gilipollas se le ocurrir√≠a acostarse con Juliette la nueva, Juliette sin apellido, Juliette la novia de Randall Summers. Y la mala jugada no ven√≠a por haberse tirado a la pareja de otro, sino por lo que pas√≥ despu√©s. Randall no ten√≠a manera humana de saber si lo hab√≠an hecho o no, sin embargo, estaba casi seguro de ello, a pesar de que se hab√≠a ausentado de la fiesta diez minutos antes de que Thomas le bajase las bragas a Juliette. Randy, como sol√≠an llamarle, era muy buen chaval, pero a la vista de los dem√°s, demasiado inocente.

—¡Ey, Randy! —le dijo uno de sus colegas solo unos d√≠as atr√°s—. ¿Has visto lo que hace la guarra de tu novia? Se est√° morreando con el segurata de la disco.

—Te aseguro que no. Esa que has visto no era ella. Seguramente se le parecer√≠a, eso es todo —dijo Randy mientras, en el callej√≥n de atr√°s, un t√≠o cachas sin una pizca de cerebro le met√≠a la lengua a Juliette hasta el cielo del paladar.

Ahora Randy se alejaba de la fiesta y de cualquier posibilidad de una vida junto a Juliette. Antes de llegar al parque percibi√≥ que alguien se le acercaba por detr√°s. Si se hubiera tratado de alguna otra chica de la fiesta, los tacones la hubieran delatado al instante, pero las Vans de Christine eran dif√≠ciles de detectar. Casi le hab√≠a tocado la espalda cuando Randy se gir√≥ de s√ļbito y ambos se asustaron al cruzar las miradas. Christine Anderson, la guapa Christine que siempre sacaba a su amigo Randy de los pozos de pena donde √©l solito sol√≠a meterse, le salud√≥ agitando su mano abierta en el aire, como si se encontrase al final de la calle en vez de delante de sus narices.

—Hola, Randy. ¡S√≠ que te has marchado pronto! No te has bebido ni una sola copa de ponche —dijo recogi√©ndose el pelo en una coleta. Randall la observ√≥ y se oblig√≥ a apartar la mirada—. √öltimamente est√°s muy raro, tienes peor cara que mi profesora de ciencias.

—¿La se√Īora Watkins? ¡Qu√© horrible debo estar! —La chica solt√≥ una risita y despu√©s del chiste se qued√≥ pensando en qu√© excusa poner—. Bueno, sabes que padezco del est√≥mago —dijo tirando de hemeroteca y se frot√≥ la barriga—. He cenado en casa y no me ha sentado del todo mal, as√≠ que prefiero no arriesgar.

—¡Pero si no has tomado ni un refresco en toda la noche! ¿Quieres que paremos en Denny's? Est√° abierto hasta el amanecer y a m√≠ me vendr√≠a bien un trozo de tarta. ¡Adoro su tarta de manzana!

—Eres muy amable, Christine, pero tengo que volver a casa —dijo con cierta aspereza.

—¿No ser√° por Juliette? Porque, cr√©eme que no sabe lo que se pierde dejando que vuelvas t√ļ solo.

—No, que va. Despu√©s de la discusi√≥n que tuvimos en el jard√≠n de Thomas, he dado nuestra relaci√≥n por terminada. Tampoco hay que hacer un drama. —Hizo una pausa y sinti√≥ que el aire se pon√≠a tan espeso que podr√≠a cortarlo con una daga—. Yo no puedo, o m√°s bien no quiero seguir su ritmo. Ella simplemente tiene que vivir su vida, y yo la m√≠a. Vamos, por decir algo.

La coletilla remat√≥ la peor explicaci√≥n que hab√≠a dado nunca. No quer√≠a contarle a Christine el motivo real por el que lo hab√≠an dejado y, por suerte, la chica que caminaba a su lado lo entendi√≥ a la perfecci√≥n. Cruzaron la cerca de palos que delimitaba el parque y lo atravesaron bajo los extravagantes neones de los cines AMC. Al lado, el letrero de Denny’s y el del Cadillac Lounge quedaban en segundo plano. Encararon la perpendicular, iluminada por unas cuantas farolas salpicadas que vert√≠an una tenue luz sobre las aceras. Ella ameniz√≥ el trayecto tarareando «I wanna dance with somebody» hasta la esquina de la calle donde viv√≠a Randy y, al girar, desaparecieron las luces parpadeantes de la cartelera que ya se encontraba al otro lado del parque. Ella levant√≥ su mano para dejarla caer suavemente sobre el brazo del muchacho, quien no mostr√≥ intenci√≥n alguna de apartarse.

—¿Seguro que no quieres tomar aunque sea un caf√©?

Randy ote√≥ las monta√Īas que se levantaban sobre el horizonte, y un resplandor rojizo le hizo saber que era hora de acostarse.

—Gracias, Christine. Te lo agradezco de verdad, puede que seas lo mejor que me ha pasado en toda la semana, pero dentro de poco se har√° de d√≠a y ma√Īana tengo un mont√≥n de cosas que hacer.

—Pero si ya terminaste en la facultad, ¿no? Por lo menos no te he vuelto a ver por all√≠.

—S√≠. Termin√© hace... Un par de semanas —dijo intentando no desviar la vista a la izquierda, lo cual delatar√≠a su burda mentira—, ahora estoy con las pr√°cticas en el hospital —Eso √ļltimo era verdad, en parte.

—Bueno, pues te dejo, se√Īor ocupado. —Su est√≥mago rugi√≥ en se√Īal de desaprobaci√≥n.

—La tarta te llama —anunci√≥ Randy—. Te acompa√Īo de vuelta hasta el parque si quieres, no tengo mucho m√°s tiempo.

La chica aceptó la oferta aunque solo fuera por estar un rato más junto a él y desandaron el camino. Se detuvieron al borde del parque y, pasados unos segundos, ella continuó caminando sin despedirse.

—¡Christine! —grit√≥ mientras la chica se alejaba golpeando los barrotes de la valla con la mano, camino de la cafeter√≠a—. ¿Nos vemos alg√ļn d√≠a para ir al cine o algo?

—¿O algo?

—S√≠, bueno… Menudo idiota estoy hecho —pens√≥.

—Mmm… ¡No lo s√©, tengo un mont√≥n de cosas que hacer! —contest√≥ canturreando, gir√≥ sobre un pie y su cabello se alborot√≥ quedando suspendido en el aire. Randall agach√≥ la cabeza—. ¡Pero el mi√©rcoles a las ocho podr√≠a hacer un hueco! ¿Pel√≠cula y palomitas?

—Mejor solo pel√≠cula —pens√≥, pero respondi√≥ formando un c√≠rculo con el pulgar y el √≠ndice en el aire.

Ella solt√≥ una sonora palmada y le regal√≥ una sonrisa antes de alejarse corriendo. Entre los √°rboles, una sombra que les espiaba zarande√≥ las ramas de un peque√Īo arbusto antes de desaparecer.


2.

—¡Hostia puta! ¡Menudo polvo! —espet√≥ el imb√©cil de Thomas haci√©ndose a un lado en la cama. Iba desnudo de cintura para abajo, en cambio, todav√≠a conservaba la sudorosa camisa a cuadros con la que hab√≠a pasado el d√≠a.

—¿A follar como un conejo lo llamas t√ļ echar un polvo?

—Como un conejo o no, acabamos de hacerlo mientras que Randy vuelve a casa √©l solito. Bueno, √©l solo no, porque me han dicho que Christine sali√≥ detr√°s de √©l como una perra en celo. Me da que esta t√≠a te quiere levantar el novio.

—¿Christine? ¿Est√°s seguro? ¿Cu√°ndo te han dicho eso?

—Cuando baj√© a buscar los condones, har√°... unos quince minutos.

La chica rio a mandíbula batiente con una risa sarcástica propia del mismo demonio.

—¡Ay, muchacho! Eso fue hace solo cinco, como mucho. Ven, anda. Ac√©rcate y no te preocupes por ellos —dijo extendiendo el brazo. √Čl se acerc√≥ y ella bes√≥ su cuello.

—Thomas, ¿crees que podr√≠amos hacerlo otra vez?

—¡Ni de co√Īa! Este parajito ya no se levanta ni aunque le des alpiste del bueno. Adem√°s, tengo ganas de beberme una cerveza. Como dice mi padre, «Un polvo al d√≠a y la cerveza siempre fr√≠a».

—Est√° bien, como t√ļ quieras. Solo deja que te d√© un beso de buenas noches.

El muchacho cerr√≥ los ojos y arrug√≥ los labios mientras apartaba las s√°banas con los pies para levantarse. Juliette le apretuj√≥ las mejillas y abri√≥ la boca dej√°ndole ver c√≥mo le crec√≠an dos enormes colmillos, largos y afilados. Thomas no daba cr√©dito a lo que estaba viendo. Trat√≥ de gritar, pero ella apret√≥ a√ļn m√°s fuerte su cara y no pudo m√°s que emitir un par de gemidos ahogados que se le escaparon por la nariz.

—No es posible, los vampiros no existen —se dijo para s√≠ mismo mientras trataba de seguir respirando, pero pronto todo eso le dar√≠a igual. Como si alguien hubiera hurgado en su cerebro buscando el bot√≥n de desconexi√≥n y lo hubiera encontrado. Ahora se sent√≠a feliz. Se olvid√≥ de que ten√≠a brazos con los que defenderse y una vida a la que aferrarse. Supo que aquella zorra chupasangres lo iba a matar y no le import√≥, de hecho, lo estaba deseando. Necesitaba morir y ella era la √ļnica que pod√≠a entregarle ese premio.

Juliette lami√≥ los morros de Thomas y sinti√≥ c√≥mo sus facciones se relajaban. Le gir√≥ bruscamente la cabeza y envolvi√≥ su garganta con la boca para quebrar su gaznate de un mordisco. Un hilillo de sangre descendi√≥ hasta el cuello de la camisa y una sonrisa apareci√≥ en el rostro del muchacho antes de exhalar el √ļltimo suspiro ahogado.

 
 


CAP√ćTULO II - MORS AB ALTO

1.

Randall pensaba bastante a menudo en Christine, aunque cada vez que entraba en el hospital, todas aquellas series y pel√≠culas que hab√≠a devorado en los √ļltimos d√≠as revoloteaban en su cabeza y no le dejaban pensar en otra cosa. Vampiros, hombres lobo y otros seres de ficci√≥n le acompa√Īaban en sus escarceos nocturnos. De todos ellos, con el que m√°s se identificaba era con ese chupasangre llamado Louis, un vampiro que no quer√≠a matar para alimentarse. Sonaba id√≠lico. Eso s√≠, le hab√≠a trastornado el personaje de aquella ni√Īa de tirabuzones dorados obligada a permanecer eternamente joven. Cruel y despiadada, caprichosa y malcriada. Igual que Juliette.

Los aspersores ronroneaban con lentitud sobre el c√©sped de la instalaci√≥n, y el suelo encharcado le obligaba a zigzaguear para no mancharse de barro. Randall pens√≥ que si fuera el puto Dr√°cula podr√≠a haber levitado por encima de los charcos en lugar de saltar de un lado para otro como si fuera un jodido ni√Īo. Total, no hab√≠a nadie fuera que pudiera descubrirle. Dejando la puerta principal a un lado, rode√≥ el edificio y se situ√≥ entre dos enormes abetos. El viento se hab√≠a tomado la noche libre, y solo se escuchaban los ruidosos camiones que circulaban por la alejada autov√≠a. El aroma de las vigorosas cal√©ndulas que crec√≠an alrededor del camino, se hab√≠a vuelto imperceptible para Randall. Ahora olores tan caracter√≠sticos como la hierba reci√©n cortada carec√≠an de importancia, sin embargo, pod√≠a oler las feromonas de otros seres, la sangre o el miedo.

Tras inspeccionar visualmente la fachada encontró la marca que había dibujado con anterioridad en la repisa de la ventana, una sutil mancha vertical que bien podría tratarse de la cagada de un pájaro de no ser por la otra línea que la cruzaba, y se ubicó debajo.

—La equis marca el lugar —se dijo en voz baja.

Sin moverse de su posici√≥n examin√≥ los alrededores con una mirada r√°pida por √ļltima vez, puesto que lo √ļltimo que pretend√≠a era ser descubierto, y comprob√≥ que llevaba el material de repuesto en el bolsillo palpando la superficie. D√°ndose un peque√Īo impulso, salt√≥ los diez metros que le separaban de la ventana sin mayor dificultad. Aterriz√≥ con suavidad sobre la cornisa y descorri√≥ la pesada hoja.

El responsable de los estudiantes en prácticas ya le había dado permiso para entrar en el edificio, de modo que podía hacer y deshacer en mitad de la noche sin que nadie se percatase de su presencia.

Se dej√≥ caer al interior de la estancia y sus zapatos cortaron el silencio. Sin mover un solo m√ļsculo, permaneci√≥ de pie hasta que tuvo la certeza de que nadie le hab√≠a o√≠do. Cerr√≥ la puerta de la habitaci√≥n bajando la manivela para evitar el chasquido y se acerc√≥ a la paciente.

Postrada en la cama, la mujer respiraba gracias a que una m√°quina bombeaba aire a sus pulmones de manera regular. Su piel blanquecina cobraba un ligero color ros√°ceo a la altura de los p√≥mulos, casi hundidos. Al acercarse, Randall tropez√≥ con el carrito del monitor que reflejaba el latido, pero la mujer estaba muy lejos de poder escuchar el ruido met√°lico y, menos a√ļn, de percibir c√≥mo Randall desenchufaba el aparato. Desconect√≥ el suero realizando un h√°bil corte en el tubo, se llev√≥ el conducto de pl√°stico a la boca y se sent√≥ en el catre junto a la paciente.

El brazo de la mujer cayó a un lado de la cama, aunque Randall determinó que ya lo colocaría después en su sitio. Succionó con tal fuerza que el líquido transparente del tubo se volvió rojo casi al instante, y el muchacho continuó chupando hasta que fue imposible sacar una sola gota más de aquel cuerpo inerte. Saboreó la pastosa sangre en el paladar y no le resultó desagradable, pero la sensación no era ni parecida a la que plasmaban en las películas. Nada de gorgoteos lascivos, nada de sonidos roncos y ahogados. Nada. Tan solo un agradable sabor duradero, como el que le producía la carne que solía tomar en la barbacoa del tío Phil, o tal vez ni eso. Ahora ya no podía pensar en carne de ternera a la brasa, ya que el solo hecho de rememorar su intenso aroma le provocaba desagradables arcadas.

La piel de la mujer se torn√≥ de un color gris√°ceo sepulcral, y sus mejillas perdieron cualquier atisbo de rubor que pudiera quedarles. Randall sac√≥ el tubo embolsado que llevaba en el bolsillo y lo cambi√≥ por el que hab√≠a seccionado, conect√°ndolo de nuevo a la bolsa de suero como si all√≠ no hubiera pasado nada. Nada excepto que en la cama, antes se encontraba una persona viva y ahora un cad√°ver exanguinado, al igual que hab√≠a sucedido con los otros tres enfermos terminales de los √ļltimos d√≠as.

Apart√≥ el pensamiento antes de volver a conectar la m√°quina de electrocardiograma, con la intenci√≥n de no sentirse culpable por el crimen que acababa de cometer. En cambio, durante la √ļltima semana, ya hab√≠a visto varias veces c√≥mo el respirador insuflaba aire en los pulmones de un cad√°ver y las im√°genes se superpon√≠an en su retina.


2.

Se encaram√≥ a la ventana mientras la m√°quina del electrocardiograma emit√≠a un pitido continuo y, tras ojear por √ļltima vez la escena, se percat√≥ de que el brazo de la mujer continuaba ca√≠do a un lado y el camis√≥n se le hab√≠a descolgado dejando el hombro al aire.
Pensó en que no podía dejarla así, todo el mundo tiene derecho a morir con dignidad, tal y como apuntó el propio hijo de la mujer que ahora yacía en su lecho de muerte. Y aquello incluía aquella extremidad colgante y aquel hombro descocado.

Con ambas manos recogi√≥ el brazo de la mujer y lo acurruc√≥ a un costado. Agarr√≥ el camis√≥n, que dejaba entrever uno de los pechos, y recoloc√≥ la prenda con los ojos cerrados. Ya ten√≠a bastante con la imagen del respirador bombeando aquel cuerpo inanimado, como para a√Īadir la del seno de la pobre mujer a su repertorio de recuerdos para olvidar. Subi√≥ el tirante y not√≥ algo m√°s fr√≠o incluso que su propia carne. Tante√≥ con la mano y descubri√≥ una cadena. Tambi√©n se hab√≠a descolgado y ca√≠a a un lado del cuello.

—¡Oh, joder! —grit√≥ sin contemplaci√≥n alguna.

Abri√≥ los ojos y observ√≥ c√≥mo su piel ard√≠a. Sobre la palma de su mano, un crucifijo plateado mostraba la imagen de Jes√ļs, rodeado de un fuego purificador que consum√≠a la carne de Randall.

Lo solt√≥ de golpe y, tras un par de soplidos, apag√≥ el peque√Īo incendio, aunque la silueta de la cruz qued√≥ tatuada en forma de herida. La mano le dol√≠a sobremanera, pero no se trataba de un terrible dolor como el que sinti√≥ a√Īos atr√°s, cuando se quem√≥ la pierna con la moto de su primo Peter. Entonces la piel se qued√≥ pegada al tubo de escape y su herida palpit√≥ al comp√°s de los latidos de su coraz√≥n, creciendo con cada pulsaci√≥n. Ahora, el dolor que le hab√≠a causado la cruz era mucho m√°s seco, un dolor hu√©rfano de vida. Observ√≥ el crucifijo sobre el pecho de la mujer y sinti√≥ una enorme presi√≥n detr√°s de las c√≥rneas, como si fueran a explotarle. Le entraron ganas de bufar como los vampiros de las pelis, y la simple idea de hacerlo le pareci√≥ disparatada aunque necesaria. Como buenamente pudo contuvo el bufido.

El prolongado pitido del electro había atraído la curiosidad de alguien que manipulaba la manivela de la puerta y el poder del crucifijo, tan visible, le invitaba a abandonar la estancia, de modo que hizo lo que se suponía que tenía que hacer. Bufó como un gato erizado y se lanzó por la ventana sin mirar atrás para desaparecer en la noche.


3.

El jardín se abarrotaba de jóvenes que consumían ponche y cerveza en cantidades industriales. Y aunque muchos de ellos pronto necesitarían vaciar sus vejigas, ninguno había sido invitado a entrar en la casa, por lo que una jauría adolescente se vería abocada a regar las plantas de la madre de Thomas durante toda la noche. Varias veces.

—Juliette, necesito respuestas —dijo casi a gritos debido a que la m√ļsica de la fiesta se elevaba por encima de cualquier conversaci√≥n.

—Vamos, cari√Īo —dijo acariciando el ment√≥n de Randall—, sabes que no te las puedo dar. Te lo he dicho decenas de veces, tienes que descubrirlo por ti mismo. ¡De lo contrario no ser√≠a divertido! —espet√≥ y rio a carcajadas.

—¿Divertido? ¿Te parece divertido? ¿Qu√© piensas hacer con Thomas? Te he visto hablando con √©l en la entrada, y no parec√≠a que fueras con muy buenas intenciones.

—¿Thomas? ¿Ese idiota pretencioso? —dijo en un intento de confundirle. La cara del muchacho segu√≠a impasible, mensaje que ella recibi√≥ al momento—. ¡Vaya, no eres tan tonto como cre√≠a!

—¿Te ha invitado a entrar en la casa?

—Todav√≠a no, pero puedo apa√Ī√°rmelas.

—Juliette —dijo y mir√≥ a su alrededor para comprobar si le estaban observando—, a mis amigos, no. Escoge a cualquier otro.

—¡Pero si no es tu amigo! ¡Es un gilipollas!

—Juliette, no.

—¿Ah, no? ¿Y qu√© me vas a hacer?

—Si le haces da√Īo... no seguir√© contigo. —Titube√≥—. S√© que t√ļ me has convertido, pero si atraviesas esa puerta hemos terminado. T√ļ por tu camino y yo por el m√≠o —dijo, y Juliette arrug√≥ el labio. Despu√©s estir√≥ la sonrisa todo lo que pudo y se encogi√≥ de hombros.

—¡Chicos! —dijo una voz desde el interior de la vivienda refiri√©ndose a los invitados que beb√≠an y bailaban en el jard√≠n, incluidos los dos chavales que orinaban en el muro —. ¡Entrad a la casa, la fiesta todav√≠a no ha terminado!


4.

Sentada en el borde de la cama decidi√≥ que hab√≠a cometido un error. Su cuerpo desnudo de curvas perfectas y piel lechosa era iluminado por una √ļnica vela que titilaba. Se levant√≥ y se dispuso a ponerse la ropa. La fiesta hab√≠a sido una mierda, como ya esperaba, pero por lo menos hab√≠a saciado su sed con Thomas, otro imb√©cil que si no era virgen poco le faltaba. Juliette quer√≠a que lo vieran all√≠, muerto con las pelotas al viento y su rid√≠culo pene retra√≠do. Imaginaba a los polic√≠as reconociendo la escena del crimen mientras alguno hac√≠a alg√ļn chiste sobre los atributos del chaval y le hizo gracia. Sin embargo, las marcas que le hab√≠a dejado en el cuello eran completamente visibles, y tampoco era cuesti√≥n de iniciar una caza de vampiros por exhibir unas pelotas arrugadas.

Cuando termin√≥ de vestirse, la vela ya no era m√°s que una leve gota de luz a punto de evaporarse. Ajust√°ndose la vaporosa blusa determin√≥ que no ten√≠a que haber convertido a ese tal Randall. En lugar de comportarse como un aut√©ntico vampiro, lo √ļnico que hac√≠a era chupar sangre de enfermos y seguir relacion√°ndose con humanos. S√≠, Randall hab√≠a sido su gran error. Tarde o temprano lo descubrir√≠an, tarde o temprano lo perseguir√≠an y tarde o temprano vendr√≠an a por ella tambi√©n, as√≠ que, m√°s bien temprano que tarde, tendr√≠a que ocuparse de √©l. Y eso no era bueno, porque que un vampiro mate a otro vampiro es el peor de los cr√≠menes que puede cometer. Deber√≠a pararlo cuanto antes y obligarle a volver, era su √ļnica opci√≥n.

Recogió la vela, derramó la cera derretida sobre la mesilla y la llama recobró su fulgor. La aproximó al cuerpo de Thomas para observarlo. Su boca se había abierto como un buzón y Juliette trató de cerrársela, pero se abrió nuevamente.

—Pat√©tico —dijo agach√°ndose y acerc√≥ la llama a una esquina del edred√≥n. La habitaci√≥n se ilumin√≥ como si fuera de d√≠a y pronto Thomas estuvo envuelto en una gran bola de fuego.

Volvi√≥ a pensar en Randall y en aquella chica, Christine, justo antes de saltar por la ventana y escapar de las llamas. Ten√≠a que vigilarlos. Se le pas√≥ por la cabeza una idea espantosa. Randall, ese imb√©cil que rapi√Īaba sangre de moribundos, si se lo planteaba podr√≠a convertir a su nueva novia para, los dos juntos, ir a por ella. Podr√≠an matarla, y eso s√≠ que no lo pod√≠a permitir.
 
 
 

LAS NOCHES DE JULIETTE

CAP√ćTULO III - ACTUS MORTIS

1.

La voz de Juliette le llamaba casi en un susurro. Un susurro que tan solo sonaba en su cabeza. «Cruza el parque», dec√≠a. «Ven, Randall. Solo t√ļ puedes salvarla». Y eso hizo. Cruz√≥ el parque corriendo m√°s r√°pido que nunca, dando enormes zancadas que casi se convert√≠an en un prolongado vuelo. Por un momento experiment√≥ lo que sienten los astronautas cuando van al espacio, esa ligera y placentera sensaci√≥n de ingravidez que era incapaz de disfrutar, porque la ira hab√≠a devorado cualquier otro sentimiento en su interior. Cuando lleg√≥ al centro del parque la sensaci√≥n de ingravidez desapareci√≥, y volvi√≥ a caminar como el ser humano que ya no era. Para el ojo inexperto hubiera resultado imposible encontrar a las dos mujeres en aquella oscuridad absoluta, pero no as√≠ para el ojo de un vampiro, no as√≠ para Randall, y la visi√≥n le dej√≥ petrificado.

Juliette sujetaba a Christine por detr√°s. Sus afiladas u√Īas le inmovilizaban el cuello con firmeza, clav√°ndose en su carne como dos garras infernales. La u√Īa del dedo pulgar se adentraba en la piel a la altura de la yugular, y aunque tan solo le hab√≠a producido una peque√Īa herida sangrante que creaba un riachuelo rojo de unos cent√≠metros, no quer√≠a ni pensar qu√© pasar√≠a si Juliette decid√≠a apretar sus garras. En el suelo, una navaja ensangrentada era testigo de que Christine se hab√≠a defendido. Bien por ella.

—Mira lo que me ha hecho tu zorrita —dijo Juliette meti√©ndose el dedo √≠ndice por una raja que casi le atravesaba la mejilla—. Randall, pensaba darte una segunda oportunidad, intentar que volvieras a m√≠ y, quiz√°, convertir tambi√©n a tu nueva novia, pero por tu cara creo que no vas a querer volver conmigo. ¿Verdad, mi amor?

Randall mostró sus colmillos como lo hace un animal salvaje, advirtiendo a su enemigo de que se está metiendo en un terreno pantanoso. Estaba tan cerca de Juliette que era capaz de distinguir el olor de su sangre, y podía afirmar que resultaba mucho más apetecible que la de Christine, más apetitosa que la de las personas que había asesinado en el hospital, e incluso olía mucho, pero que mucho mejor que los filetes que preparaba su tío Phil. El aroma dulce de la sangre de Juliette le obligó a inhalar con fuerza y, al hacerlo, su lengua golpeó el paladar de manera compulsiva.

—¡Oh, mira! ¡El chico bueno se est√° enfadando! ¡Pues si quieres salvarla tendr√°s que portarte mal! Tendr√°s que ser un ni√Īo malo —dijo de manera burlona.

La afilada garra atravesó la yugular de Christine como si hubiera agujereado un globo de agua, y un fino chorrito bermellón salió proyectado. Los colmillos de Juliette se alargaron y perforó su cuello con un sonoro mordisco. Para cuando Randall las alcanzó, la frágil piel de Christine manaba sangre a borbotones y la vampira la absorbía a placer. Randall trató de separarlas sin éxito alguno, ya que la fuerza de aquel ser era inconmensurable. Discernía sobre cómo conseguir que la soltase cuando el instinto le sacudió como lo hace una ola contra un acantilado. La herida en la cara de Juliette ya se estaba cerrando, sin embargo, el aroma era cada vez más dulce, cada vez más apetitoso.

—Vuelve Randall, regresa a m√≠ —dijo Juliette sin mover los labios, puesto que los ten√≠a demasiado ocupados con el cuello de Christine, y Randall lo escuch√≥ en su cabeza a la perfecci√≥n—. Vuelve. Ahora.

Atraído por el pálido cuello de Juliette su boca se tornó en unas terribles fauces y ella sonrió complacida, creyendo que Randy se uniría a la fiesta. El bueno de Randy. Y en cierto modo así fue. Atenazó con tanto ímpetu el cuello de la vampira que la dura piel se quebró con un chasquido y se vio obligada a soltar de golpe a Christine, quien cayó al suelo prácticamente muerta.

El hecho de que un vampiro beba sangre de otro, representa un ritual extremadamente íntimo, un acto que los vincula en un estado de placer mucho más allá del que puedan gozar dos simples humanos. Por ese motivo Juliette se dejó llevar en sus brazos mientras él seguía comprimiendo sus mandíbulas como lo hace un león con el cuello de una gacela. Succionó permitiendo que el dulce sabor inundase su boca, y le encantó, no como aquel regustillo metálico que tenía toda la otra sangre. Ella sintió que Randall chupaba con demasiada intensidad, de modo que trató de zafarse del mordisco, pero él la sujetó por la nuca para que no se moviese y siguió succionando. Para cuando ella se quiso dar cuenta de que la estaba matando, ya era demasiado tarde y estaba demasiado débil como para escapar.

—Randy, no. No lo hagas… —fue todo lo que pudo decir antes de que su piel se quedase mustia y seca, y sus ojos se hundieron en sus cuencas.


2.

—¡Christine! —dijo Randall y observ√≥ que su cuello ya no sangraba, posiblemente porque no quedaba demasiada sangre que pudiera escapar por los agujeros.

Se sentó a su lado, la levantó y se la llevó sobre sus piernas. La chica respiraba con dificultad, pero a fe que no tardaría en dejar de hacerlo. Acarició su cara todavía tibia y besó su mejilla con la punta de los labios.

—Lo siento, Christine. Es todo culpa m√≠a.

—Ay√ļdame, Randy —dijo ella con palabras que no sal√≠an por su garganta, sino que eran pronunciadas con un suspiro.

—¡No puedo! ¡Ella te ha mordido! ¡No hay nada que yo pueda hacer!

—S√≠ que lo hay.

—No, Christine. Eso no. Esa bestia me transform√≥ en lo que soy en contra de mi voluntad. ¿C√≥mo voy a hacerte pasar por lo mismo? —dijo se√Īalando sus colmillos, todav√≠a impregnados con la sangre de Juliette— Ni siquiera s√© lo que soy.

Christine, venciendo la fatiga que sentía, levantó la mano y acarició su cara. Trazó las curvas de sus facciones hasta que se detuvo en los colmillos. Randy pudo observar que sus ojos se apagaban tan rápido como lo hace una vela cuando alguien la sopla con fuerza, y el ruido de aquel absurdo soplido bloqueó sus pensamientos. La sonrisa que ella siempre proyectaba se desvanecía por segundos.

—Hazlo, por favor. Lo descubriremos juntos.

Las l√°grimas se acumulaban atrapadas en sus vidriosos ojos, ojos humanos con los que mir√≥ por √ļltima vez el rostro de Randy, y por primera vez observ√≥ el rostro del mal. Los apret√≥ dejando resbalar las l√°grimas que bajaron hasta las comisuras de su boca. Randy asinti√≥, aunque ella ya no pod√≠a verlo, y tom√≥ la navaja del suelo.

—¿Siempre juntos? —susurr√≥ Randall, y ella lo repiti√≥ con un hilo de voz.

Ah√≠ estaba otra vez, flotaba en el aire ese olor inconfundible. Era el miedo. Pod√≠a sentir c√≥mo, la todav√≠a humana Christine, exhalaba el pestilente aroma por cada poro de su piel. Randall acerc√≥ la navaja a su mu√Īeca y la abri√≥ de un tajo, para permitir que su sangre, casi negra y espesa, cayera a borbotones en la boca de Christine.

—Siempre juntos —volvi√≥ a sellar el acuerdo con sus palabras, pero ella ya no contest√≥.
 
Christine había muerto.




LAS NOCHES DE CHRISTINE

CAP√ćTULO IV - POST MORTEM

1.

Las puertas del cine se abrieron y el p√ļblico comenz√≥ a salir al exterior. A pesar de que se trataba de una pel√≠cula de terror, todos bromeaban y comentaban la cinta. Algunos de ellos tomaron la acera del Cadillac Lounge hacia arriba y otros entraron en el local, pero la gran mayor√≠a se qued√≥ conversando unos minutos m√°s en la misma fachada del cine.

El aire se volvi√≥ m√°s fr√≠o y una brisa h√ļmeda zarande√≥ las hojas sobre la acera del parque. Suaves r√°fagas de viento trajeron gotas de lluvia que pronto se intensific√≥ hasta convertirse en una fuerte tormenta. Como si hubieran lanzado un petardo en mitad de la multitud, la gente se dispers√≥ march√°ndose en todas direcciones. Dos de ellos tomaron la err√≥nea decisi√≥n de acortar el trayecto hasta casa cruzando el parque.

En las pel√≠culas de vampiros, sobre todo en las que se filmaron a primeros y mediados del siglo XX, el protagonista siempre entraba en escena con una recua de rel√°mpagos que iluminan la escena. No sol√≠a haber ninguna tormenta a la vista, pero las exhalaciones cruzaban el cielo nocturno a√Īadiendo intensidad a la aparici√≥n del vampiro m√°s importante del reparto, y si encima se a√Īad√≠a una risa burlona de fondo, la secuencia ejerc√≠a un atroz impacto sobre el espectador.

Si aquella noche en el parque se hubiera filmado la escena de una película, con toda probabilidad, un rayo hubiera cruzado el firmamento en el instante que Juliette se incorporó, levitando a más de un palmo del suelo. A los pocos segundos, el siguiente relámpago hubiera iluminado la perversa sonrisa de la vampira, al tiempo que un trueno hubiera roto el silencio de la noche. Pero aquello no era ficción. Juliette avanzaba flotando sin llamar la atención arropada por el manto oscuro, mientras una intensa y sonora lluvia empapaba sus ensangrentadas ropas.


2.

Al presionar con fuerza sobre el corte, la mu√Īeca de Randall dej√≥ de sangrar. La boca de Christine rebosaba el oscuro man√° que hab√≠a surgido de aquel que quer√≠a convertirla, pero ella era incapaz de engullirlo. Randall zarande√≥ su mand√≠bula convencido de que su cuerpo inerte ya no pod√≠a completar la transformaci√≥n, sin embargo, el espeso l√≠quido baj√≥ por el es√≥fago de la chica de manera paulatina justo antes de que empezase a llover.


3.

Christine observaba las interminables paredes que, repletas de un horripilante papel pintado, flanqueaban el largo pasillo. El suelo forrado de moqueta roja absorbía el ruido de sus pasos, lo que le hizo pensar que, llegado el caso, también ocultaría la presencia de cualquiera que se le acercase. Podrían estar acechándole por la espalda en ese mismo momento. Giró sobre sus talones y solo las llamas de los candelabros se movieron, lo que le tranquilizó. Determinó que el corredor era tan extenso que resultaría casi imposible sorprenderla.

Recapacit√≥. ¿D√≥nde estaba? Lo √ļltimo que recordaba era el parque, pero ¿qu√© hab√≠a pasado all√≠? Recorri√≥ el corredor acariciando los candelabros y, al pasar la mano por encima de las llamas, comprob√≥ que el fuego no le hac√≠a da√Īo alguno, ni siquiera una ligera molestia. Le atenaz√≥ un intenso dolor en el cuello y los recuerdos le asaltaron sin previo aviso. Juliette la hab√≠a matado, una jodida vampira hija de puta hab√≠a acabado con su vida. Ya no pensaba si aquello era posible, si era racional o no, puesto que hab√≠a visto a Randall con sus propios ojos succionar hasta la √ļltima gota de sangre de aquella perra. Lo que se preguntaba era si tal vez se encontraba en el purgatorio y si alguien, quiz√° el jefe del infierno o del cielo, si acaso alguno de los dos exist√≠a, la estaba esperando al final del pasillo.

—No lo hag√°is —dijo una voz oscura y gutural, pero all√≠ solo estaba ella revisando cada rinc√≥n de la estancia. La voz parec√≠a provenir de todos los sitios y de ninguno a la vez.

—Que no hagamos ¿qu√© exactamente?

—No mat√©is a mi hija. Est√° prohibido. —Y la √ļltima palabra son√≥ deformada, algo as√≠ como «prohibiiiiiro».

—Si con matar a su hija se refiere a la puta de Juliette, no se preocupe. Ya est√° muerta. —Esboz√≥ una sonrisa.

—No lo est√° —dijo la voz, y la sonrisa de Christine se borr√≥ al instante—. Deb√©is dejarla marchar.

Le pareció ver algo a lo lejos, una especie de borrón. Al concentrarse en descubrir qué forma tenía, aquella sombra se acercó a ella con tal rapidez que se vio obligada a dar un paso atrás. La figura se detuvo a tan solo una decena de metros. Era una suerte de vampiro de tez monstruosa, orejas puntiagudas que parecían fundirse con su cabeza, ojos amarillentos y largos colmillos. Aunque lo que realmente le horripiló fue la visión de aquellos labios retraídos que dejaban expuesta prácticamente toda la dentadura. Cerró los ojos por un instante y cuando los abrió, el ser había avanzado hasta colocarse justo delante de su cara.

—¡Est√° prohibido! —dijo y se esfum√≥ con el siguiente parpadeo.

Las velas del pasillo se apagaron y el habitáculo se quedó completamente a oscuras. Sintió como si la agarraran del pecho, pero no desde fuera. Fue como si una mano aplastara sus órganos vitales y tirase de ella hacia arriba. Se descubrió elevándose en la oscuridad más absoluta mientras notaba cómo sus órganos intentaban salirse de su cuerpo, atravesó el techo intangible y después se precipitó durante unos segundos que le parecieron horas. Lo siguiente que vio fue a Randall reclinado sobre ella.


4.

—Hay alguien ah√≠ —asever√≥ uno de los chavales que corr√≠a por el parque elevando su voz por encima del murmullo de la lluvia, y se detuvo en seco al observar que los pies de la mujer no tocaban el suelo.

—¿Est√°s viendo eso? —contest√≥ el otro que tambi√©n se hab√≠a parado. Estir√≥ de su chaqueta para taparse la cabeza, y evitar as√≠ que se deshiciera su trabajado tup√©.

—¿Est√° flotando?

—Hostias, no creo t√≠o. No puedo verlo bien, ser√° un efecto raro por la lluvia. —dijo Mike convenci√©ndose a s√≠ mismo—. ¿No es Randall el que est√° tirado en el suelo?

—Yo qu√© s√©, t√≠o. Yo me piro —dijo el otro al tiempo que escapaba pisoteando los charcos del camino. Salt√≥ por encima de una peque√Īa valla y sali√≥ por un lateral del parque sin mirar atr√°s.

El otro chaval volvió a bajarse la chaqueta permitiendo que el agua le calase, y se aproximó a la mujer que aparentemente flotaba para comprobar que aquella levitación no tenía nada de aparente, que sus pies se separaban un palmo del suelo y que avanzaba a voluntad sin ni siquiera moverlos.

—¿Randall? ¿Est√°s bien?

La voz de Mike no llegó a los oídos de su amigo, pero sí a los de la mujer que al escucharlo se paró de golpe. Juliette giró la cabeza y mostró al joven del tupé chorreante sus ojos hundidos y un aterrador rostro esquelético.


5.

—¡Juliette! —grit√≥ Randall. Se hab√≠a incorporado y simulaba la silueta de un pistolero, esper√°ndola de pie con las piernas separadas—. ¡D√©jalo en paz! ¡Ven a por m√≠ si es lo que quieres!

Juliette se limit√≥ a emitir un bufido gutural, aunque consigui√≥ que dejase de centrarse en Mike. Randal continu√≥ grit√°ndole, tratando de distraerla mientras se acercaba a ella con la intenci√≥n de facilitarle la huida a su amigo, pero el pobre muchacho estaba paralizado por el miedo. Un miedo que apestaba en mitad de la lluvia como los vestuarios del equipo local despu√©s del partido. Juliette apunt√≥ a Randall con la mano, realiz√≥ un movimiento de mu√Īeca y sali√≥ propulsado hacia atr√°s con tanta fuerza que se estamp√≥ contra un grueso √°rbol y parti√≥ el tronco con su espalda. Tras la colisi√≥n, su cuerpo gir√≥ por el aire de manera aleatoria y cay√≥ Randall entre los √°rboles varios metros m√°s all√°, quedando maltrecho sobre el fango.

La piel ya cadavérica de la mano con la que había atacado a Randall se resquebrajó debido al sobresfuerzo, y algunos huesos y tendones quedaron a plena vista. Bajó el brazo sin prisa y continuó avanzando en dirección al muchacho, a quien le costaba reconocer a Juliette bajo la demoníaca imagen de la mujer que quería matarle.

A pesar de haber sobrevivido a los colmillos de Randall, Juliette se hab√≠a quedado casi sin sangre. Padec√≠a tantos da√Īos que, un ataque tan sencillo como el que acababa de efectuar, la dejaba todav√≠a m√°s d√©bil. Su vista tampoco estaba en √≥ptimas condiciones como para ver con tanta lluvia, pero no la necesitaba para encontrar a Mike. Adem√°s del miedo que emanaba aquel chaval, percib√≠a el aroma de su sangre a√ļn sin que hubiera brotado fuera de su cuerpo.

Randal consiguió regresar al camino arrastrándose entre los árboles y, aunque fue incapaz de ponerse de pie, observó que Christine sí se había levantado y se alejaba de él. Le había dado la espalda.

—¡Christine! —grit√≥ Randall. Pero no le hizo caso y, aunque le doli√≥ que ni siquiera levantase la mano a modo de despedida, no le sorprendi√≥ que lo dejase tirado en aquella mezcla de fango y esti√©rcol, despu√©s de todo el mal que √©l le hab√≠a causado.

—¿Randall? ¿Qu√© narices es lo que pasa? —berre√≥ Mike.

—¡Mike, tienes que irte de aqu√≠ cagando leches! —Notaba como sus costillas rotas se recompon√≠an bajo su piel, y tal vez una v√©rtebra o dos volv√≠an a estar en su sitio, pero no pod√≠a casi moverse—. ¡Juliette va a por ti y yo no puedo hacer nada para detenerla!

—T√ļ no —dijo Christine que pas√≥ corriendo por su lado mientras sujetaba un tabl√≥n que hab√≠a arrancado de la cerca—, pero yo s√≠.

Est√° prohibido, record√≥. «Prohibiiiiro». Pero aun as√≠ continu√≥ avanzando cada vez m√°s r√°pido bajo la intensa lluvia, y por un momento dej√≥ de tocar el suelo. Para cuando Juliette se quiso dar cuenta de que Christine iba a por ella, una tabla de madera atravesaba sus costillas de atr√°s hacia delante, y su oscuro coraz√≥n se deten√≠a ensartado en la improvisada estaca. La propia trampa de lluvia que ella misma hab√≠a elaborado para que no la descubrieran se volvi√≥ en contra suya.

La lluvia se detuvo en el mismo instante en el que el cuerpo de Juliette cayó al suelo, y Christine supo en el acto que iban a tener muchos problemas por haber hecho algo prohibido. Mike se había esfumado y pensó que, con suerte, tal vez el chaval no habría presenciado la escena, aunque tampoco le hubiese importado probar cómo sabía su sangre. Regresó con Randall que ya casi había conseguido levantarse. Al encontrarse de frente, ambos se percataron que lucían unos enormes colmillos afilados y sus rostros reflejaban pura rabia. Sus facciones se relajaron y sus rostros volvieron a parecer humanos. Christine le agarró la mano entrelazando sus dedos y esbozó una sonrisa.

—As√≠ se mata a un vampiro. Idiota —dijo ella, aunque la √ļltima palabra no se entendi√≥ muy bien porque cuando la pronunci√≥, sus labios ya casi estaban toc√°ndose.



 †

LAS NOCHES DE CHRISTINE

FINAL EXTRA EXCLUSIVO PARA SUSCRIPTORES

EP√ćLOGO - LARVAE CONVIVIALES

1.

El recuerdo de la muerte es lo que anima a vivir, a seguir adelante a pesar de las adversidades o penurias que se cruzan en nuestras vidas. Es por ese motivo que, desde los tiempos de la antigua Roma, los esclavos llevaban a la mesa en mitad de la «gustatio» un esqueleto de plata de tama√Īo natural, para recordar a los comensales la certeza de que todo se acaba, y celebrar as√≠ la vida disfrutando de cada momento al m√°ximo.

Esa costumbre ha quedado arraigada durante milenios, hasta el punto que no es necesario recordar que la muerte vendr√° un d√≠a a por nosotros mostrando un macabro esqueleto en mitad de la cena de Nochebuena, por ejemplo. Sin embargo, seguimos reuni√©ndonos alrededor de una mesa para celebrar, y nos agasajamos con manjares tratando de conseguir un √°gape √ļnico y mejor que el anterior, si cabe. Ese estado de calma que nos brinda deleitar de la comida y del momento, ese grado de satisfacci√≥n, de felicidad al fin y al cabo, nos envuelve en una especie de aura que hace que incluso nuestra sangre sepa diferente, mucho m√°s apetitosa, mucho m√°s pura.

Por ese motivo, el banquete de fin de a√Īo era el mejor momento para cazar, y eso Randall y Christine tambi√©n lo sab√≠an.




2.

En la mesa de al lado, una familia de cinco comensales atacaba sus platos como si no hubieran comido en a√Īos. El padre se inclinaba por los variados aperitivos y, que Randall hubiese contado, hab√≠a repetido hasta seis veces la cazuelita de ternera estofada con trufa. La hija adolescente y el ni√Īo peque√Īo se inclinaban m√°s por el pescado al horno con emulsi√≥n de verduras confitadas, y la madre deb√≠a de tener alg√ļn problema de intolerancias, porque la pobre solo com√≠a gambas desde que se hab√≠a sentado en la mesa. El √ļltimo miembro, el abuelo, se limitaba a masticar verduras asadas mirando con recelo al cebado yerno.

Posiblemente el abuelo era el √ļnico cuya sangre no tendr√≠a un sabor tan agradable, no por la vejez en s√≠, sino por la envidia. La envidia ol√≠a fatal, apestaba a sangre rancia y alejaba a los vampiros. Tal vez ese era uno de los motivos por el que todos los envidiosos hijos de puta del mundo nunca mor√≠an a manos de un chupasangre. Su aura estaba tan podrida como el agua de una ci√©naga.

A Mike le encantaba comer, y cuando lo hac√≠a su llamativa fragancia era √ļnica. Aquella noche en el parque, hace ya tres a√Īos, Juliette percibi√≥ su olor incluso a trav√©s de la lluvia, y eso que tan solo se hab√≠a alimentado a base de palomitas con mantequilla derretida, Coca Cola light y perritos industriales. Eso s√≠, Mike eligi√≥ la opci√≥n Hot Dog Supreme, con cebolla, queso y extra de pepinillos, las cuatro veces que visit√≥ el puesto de comida.
 
La cena que ahora todos tenían delante, a excepción de Mike que ya casi se la había terminado, superaba con creces aquellos perritos grasientos, por lo que el aroma del mortal tapaba el de los vampiros, y su hambre voraz cubría sobradamente la necesidad de vaciar los platos de Randall y de Christine. Literalmente, Mike comía por tres.

En las otras ocho mesas en su mayoría comían distraídos, y algunos de ellos hablaban tan alto que casi berreaban, debido al efecto causado por el vino y la cerveza.

La √ļnica mesa que no pod√≠an controlar desde su posici√≥n era la que se encontraba en la otra esquina de la sala y, por lo que Randall hab√≠a percibido, ninguno de ellos com√≠a.

Los camareros, en su mayoría, parecían casi normales. Uno de ellos, el que les servía comida en su mesa, cuando trajo el pescado tenía restos de salsa tártara en la comisura de la boca, lo que resultaba bastante cómico. Al acercarse, Christine inhaló su dulce aroma. Era una mezcla de venganza y satisfacción, algo que sin duda hacía salivar a cualquiera que temiese a los crucifijos. Comentó el detalle de la mancha de salsa con Randall y desde aquel momento decidieron llamarlo el Tártaro, mote que a Christine le causó una prolongada risa que le obligó a descorrer la cremallera de la chaquetilla roja que llevaba puesta, pero no demasiado. Tampoco quería levantar sospechas.

Observ√≥ c√≥mo otros tres camareros tomaban refrescos detr√°s de la barra entre plato y plato, pero a√ļn le quedaban dos a los que no hab√≠a visto que se llevaran nada a la boca, y tampoco pudo detectar su aroma. El de piel morena y pelo ensortijado se hac√≠a cargo de la caja registradora adem√°s de servir, eso s√≠ que lo sab√≠a, y el que era rubio y de piel blanca parec√≠a su subordinado. Minutos antes hab√≠a escuchado una conversaci√≥n que hab√≠a mantenido el rubio con el de la salsa t√°rtara. Al parecer, el T√°rtaro le indicaba lo que deb√≠a de hacer, pero al rubio no parec√≠an gustarle las √≥rdenes de su compa√Īero, porque torci√≥ el gesto y le sac√≥ el dedo.

—¡Le ha ense√Īado el dedo palabrota! —apunt√≥ el ni√Īo de la mesa de al lado, y su padre le propin√≥ una suave colleja indicando que no deb√≠a meterse en los asuntos de los camareros. —Est√°n trabajando y lo que menos les apetece es aguantar los comentarios de un ni√Īo repelente.

El rubio se guard√≥ el dedo al escuchar la observaci√≥n del ni√Īo y el T√°rtaro le dijo que era un cabez√≥n, que su cabeza era tan grande que nunca podr√≠a ser chef porque no le entrar√≠a el gorro de cocinero. El comentario hizo re√≠r a buena parte del sal√≥n, momento que Randall aprovech√≥ para tomar el plato de Mike y cambiarlo por el suyo.

—¿Est√° buena la carne, Mike? —pregunt√≥ Randall.

—Bastante bien, s√≠. Si acaso tu filete un poco seco, el m√≠o estaba m√°s jugoso.

—Perfecto —dijo Randall y reclam√≥ la presencia del rubio—. Disculpe —Levant√≥ una esquina del plato y pinch√≥ la carne un par de veces con el tenedor—. ¿Puede probar este rosbif? Creo que est√° demasiado seco.

—Claro, se√Īor.

El camarero cortó un pedazo de la zona donde Mike todavía no había comido y se lo metió en la boca.

—¿Y bien?

—Mmm… —ronrone√≥ mientras masticaba—. Bastante seco, s√≠. Se lo cambiamos enseguida, disculpe las molestias.

—No se preocupe, era solo por confirmar la evidencia. —Aunque Randall no se refer√≠a exactamente al rosbif. Reclam√≥ la confirmaci√≥n de Christine con los ojos y ella asinti√≥—. Puede retirarlo.

—Pero no hab√≠a terminado… —dijo Mike cuando el camarero ya no pod√≠a o√≠rles.

Christine le lanzó una mirada colérica que le hizo callar al instante.

—¿Cu√°ntos has contado, Randy?

—Creo que nueve, quiz√° diez con el de la caja.

—¿Y la de la mesa central?

—¿Qui√©n? —pregunt√≥ Randall y despu√©s se fij√≥ en ella.

Tuvo que inclinarse indiscretamente para verla, pero no le result√≥ dif√≠cil mantener el equilibrio de la silla con dos patas. Era una mujer esbelta que jugueteaba con su copa de vino y re√≠a junto al resto de integrantes de la peque√Īa mesa redonda, tres hombres de mediana edad. Ella hab√≠a dejado caer uno de sus zapatos de tac√≥n y su pie descalzo revoloteaba en la entrepierna del que se encontraba enfrente.

—¿Lo has visto ya o no?

—Pero ¿qu√© tengo que ver? Simplemente est√° charlando y bebiendo vino, bueno, e intentado llevarse al huerto a un idiota baboso.

—¿Seguro que es vino?

Randall observó cómo la mujer volvía a beber de nuevo. Parecía vino, sí, pero la densidad era ligeramente superior y un poco más oscuro, nada que pudieran apreciar tres hombres demasiado ebrios y sobradamente lascivos.

—Tienes raz√≥n. Doce, entonces.

La mujer se levantó y se marchó al servicio contoneando las caderas. Los tres hombres rieron e hicieron varios comentarios al que se levantó y fue tras ella.

—Mike, vete —dijo Christine enfund√°ndose los guantes de cuero negro que ten√≠a preparados sobre la mesa.

Mike sab√≠a de sobra lo que pasaba inmediatamente despu√©s de que Christine se los pusiera, y no pretend√≠a estar a menos de un kil√≥metro cuando empezase la verdadera fiesta. As√≠ que se quit√≥ la servilleta de los pantalones tan r√°pido, que estir√≥ del mantel y por poco no provoca un peque√Īo desastre. Se levant√≥ y sali√≥ por la puerta sin ni siquiera despedirse del camarero de pelo ensortijado.

—Voy a comprobar la cocina —dijo Randall—, vuelvo enseguida. No hagas nada hasta que vuelva.

—Randy, ya me conoces. No me pidas que haga promesas que luego no pueda cumplir.

—En fin, me dar√© prisa. —Cruz√≥ el sal√≥n abroch√°ndose los botones de la chaqueta y atraves√≥ la doble puerta.



3.


—Es una pena que se marchen sin haber probado el postre.

—S√≠, una verdadera pena, pero mi marido no se encuentra muy bien y ha tenido que ir al ba√Īo. Por eso si me saca la cuenta voy adelantando antes de que salga.

—Su marido… Vaya, le hac√≠a a usted m√°s joven. ¿Cu√°ntos tiene? ¿Veinte? ¿Veintiuno?

—S√≠, bueno. Es una larga historia. La cuenta, por favor.

—Claro, claro.

El camarero seleccion√≥ la mesa en la pantalla del ordenador y la impresora escupi√≥ la nota al instante. Christine se qued√≥ mirando la puerta de los ba√Īos para disimular, pero ten√≠a el rabillo del ojo puesto en la cocina, sin embargo, no se apreciaba ning√ļn movimiento a trav√©s del ventanuco y Randall parec√≠a que no ten√≠a prisa por volver.

—¿Con tarjeta o con efectivo?

—Efectivo, efectivo —dijo Christine, introdujo la mano en el bolsillo de la chaquetilla y dej√≥ pasar unos segundos. Continuaba mirando a la cocina sin ning√ļn resultado.

—¿Qu√© pasa? ¿No lleva bastante dinero? ¿Necesita esperar a su marido para que pague la cuenta?

Esa sí que era buena.

—No, querido. Ya me valgo por m√≠ misma. Esta cuenta la pago yo. —Sac√≥ la mano del bolso, agarr√≥ la del camarero y dej√≥ caer un pu√Īado de monedas.

Las monedas de plata quemaron su palma desnuda como si de brasas al rojo vivo se tratase. Aunque nada más sentir la quemazón retiró la mano como por acto reflejo, el pulpejo se le desgarró despidiendo un apestoso humillo similar a cuando el padre de Christine quemaba la piel de los pollos para quitarles las plumas. Ahora ella ya no podía olerlo, en cambio, lo que sí pudo percibir fue el miedo que el vampiro despedía, al intentar avisar de su presencia a los que todavía se encontraban sentados. Las monedas continuaban su viaje descendente desde la mano mutilada como a cámara lenta, cayeron sobre la barra y salieron desparramadas en todas direcciones. Una de ellas rodó de manera hipnótica hasta que por fin perdió inercia y quedó parada sobre un lado.
 
Christine se apresur√≥ en bajar la cremallera de su chaquetilla hasta abajo, dejando al descubierto una canana repleta de peque√Īas estacas que llevaba cruzada sobre su pecho. Supuso que el vampiro controlaba alg√ļn tipo de dominaci√≥n mental porque, a pesar de que ella ya no era humana, not√≥ c√≥mo trataba de aplastar su voluntad para obligarle a girar la cabeza y dejar su cuello expuesto.

—Todav√≠a no te has enterado de nada, ¿verdad? —dijo Christine abriendo la boca y mostrando dos enormes colmillos que no paraban de crecer.

El vampiro la miraba perplejo. Todos los cazavampiros con los que se había encontrado eran humanos. No acababa de comprender que una vampira quisiera matar a uno de los suyos, y mientras miraba su mano maltrecha, las monedas desparramadas y pensaba en todo ello, dos estacas atravesaron su pecho con la misma velocidad que si hubieran sido disparadas con una ametralladora. El cuerpo del vampiro cayó de lado, y quedó tendido a la vista de todos.

Algunos chillidos desconcertados dieron paso a un murmullo creciente. La mayor√≠a no comprend√≠a lo que estaba pasando, y solo las personas m√°s cercanas se atrevieron a apuntar que la mujer de la chaqueta roja lo hab√≠a matado, al observar que el hombre ten√≠a algo clavado en la zona del coraz√≥n. Los √ļnicos que sab√≠an a la perfecci√≥n lo que suced√≠a eran los de la mesa del fondo, que ya se hab√≠an levantado y se dirig√≠an hacia la posici√≥n de Christine sin levantar mucho revuelo.

La puerta de la cocina se abrió y Randall hizo acto de presencia. Sujetaba un enorme cuchillo en una mano, y una cabeza sangrante en la otra. Nadie le miraba, porque todos estaban pendientes de Christine, y los vampiros de la esquina ya casi habían llegado a su altura.

—¿Llego tarde? —grit√≥ Randall y la muchedumbre enloqueci√≥ al observar c√≥mo sujetaba la cabeza decapitada de los pelos. La estampida fue general.

En medio del tumulto, Randall lanzó el cuchillo y uno de los vampiros perdió su mano al tratar de detenerlo. Varias estacas silbaron hasta alcanzar sus objetivos, cuatro en total.

De los tres que quedaban en pie, uno sobrevoló a los humanos rezagados y fue directo hacia Randall, que lo recibió con los brazos abiertos y un mordisco en plena garganta. Cuando lo hubo dejado seco, tan seco como Juliette en la noche lluviosa del parque, lo dejó caer al suelo, sacó una daga de plata y se la hundió en el corazón.

Había transcurrido apenas medio minuto desde que Randall apareciera en el salón con la cabeza cortada y, sin embargo, ya habían acabado con todos los vampiros excepto dos, los que ahora corrían hacia Christine.

Uno de ellos subi√≥ por la pared para adelantar a los √ļltimos humanos en salir y se abalanz√≥ sobre ella exhibiendo unas enormes garras que utiliz√≥ para atenazarle los hombros. Manchas de sangre manaron del cuerpo de Christine atravesando la chaquetilla, sin embargo, ella mantuvo la sonrisa. Con un giro de brazos, se zaf√≥ de las garras del vampiro y atraves√≥ su sien utilizando una estaca con tanta energ√≠a, que se introdujo en su cabeza por completo. El vampiro se desplom√≥ sobre la caja registradora que se abri√≥ de golpe, pero antes de que las monedas tocasen el suelo, Christine ya le clav√≥ otra estaca en el pecho y el cad√°ver del chupasangre qued√≥ tendido bocabajo.

—¡Est√° prohibido! Lo sab√©is. √Čl os lo habr√° dicho, igual que nos lo ha transmitido a todos nosotros. ¡No se puede matar a otro vampiro! Alg√ļn d√≠a vendr√° a por vosotros y os sacar√° las entra√Īas mientras se bebe vuestra sangre. —El √ļltimo vampiro observ√≥ c√≥mo la r√°pida mano de Christine se deslizaba como una sombra hasta la canana, pero no pudo hacer nada m√°s que emitir un grito ahogado justo antes de Randall separase la cabeza de su cuerpo.

—Alg√ļn d√≠a —dijo Christine y se volvi√≥ a guardar las dos √ļltimas estacas—, pero hoy no.

La sala había quedado vacía a excepción de Christine y Randall, además de los cuerpos sin vida que se esparcían por todo el comedor. Los gritos de fuera todavía se escuchaban, pero se iban amortiguando en la distancia.

—Esta vez no han conseguido matar a nadie —dijo Christine.

—Vamos mejorando.

—Lo malo es que esta vez me he quedado sin comer.

—¡Vamos, Christine! ¡Ten√≠as vampiros por todos lados! Si no has comido es porque no te ha dado la gana.

—La pr√≥xima vez ser√° —dijo quit√°ndose uno de los guantes y, antes de retirar el segundo, recogi√≥ las monedas de plata una a una y se las guard√≥ en el bolsillo de nuevo. Todas menos la que se hab√≠a quedado de pie sobre un lado, esa se qued√≥ all√≠, impasible, esperando a que alguien la encontrase.

Tanto la barra donde se encontraba la caja como el resto de la sala, se encontraba impregnada de sangre de vampiro. Peque√Īas o grandes manchas, algunas de ellas simples salpicaduras, pero todas ellas oscuras y espesas. Quiso decirle que la sangre que realmente le gustaba era la humana, y que prefer√≠a pasar hambre que volver a beber el p√ļtrido l√≠quido viscoso que √©l tanto ansiaba, aunque supuso que para entonces √©l no tendr√≠a m√°s remedio que matarla. Recapacit√≥, y resolvi√≥ que se lo har√≠a saber en otro momento, tal vez dentro de cien o doscientos a√Īos. As√≠ que, en lugar de cont√°rselo, se acerc√≥ a Randall, se abrazaron y se besaron de manera dilatada.

—¿Qu√© hostias ha pasado aqu√≠? —dijo una voz femenina desde atr√°s.

La habían olvidado por completo. Era la vampira de la mesa central que se acercaba a ellos haciéndose la despistada. Christine tiró mano de las dos estacas que le quedaban con una rapidez pasmosa, aunque Randall fue capaz de sujetarle los brazos antes de que acabase con la vampira. Sorprendida, Christine lo miró y se encogió de hombros.

—¡Tu cena! ¡Venga, antes de que nos ataque!

—Ah, s√≠ —dijo sin demasiado entusiasmo, aunque igualmente se lanz√≥ sobre ella y mordi√≥ su cuello.

El hombre que la hab√≠a acompa√Īado sali√≥ de los servicios con los morros llenos de pintalabios y, al ver la sangr√≠a de cuerpos, se puso a gritar como un poseso. Randall supuso que, al final, parec√≠a que la pareja solo hab√≠a pasado un buen rato contra la pared del ba√Īo.

—¡Espera un momento! —dijo Randall, pero ya era demasiado tarde. Christine emiti√≥ una serie de gorgoteos lascivos, sonidos roncos y ahogados que le hicieron succionar m√°s y m√°s fuerte hasta que acab√≥ con la vida de la mujer.

Para cuando abrió los ojos, el hombre de los labios emborronados ya se había marchado corriendo y Randall la miraba negando con la cabeza.

—Ups… —dijo ella relami√©ndose la sangre que chorreaba de su labio inferior.

Y Randall no tuvo más remedio que echarse a reír.


 






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